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De paces, pactos, pacificaciones y tiempos de paz en la historia mexicana1

Marta Terán*

Instituto Nacional de Antropología e Historia

Historia mexicana,


Muchos libros se entregan en los finales de año y comienzan a circular por las librerías en los primeros días del siguiente. El otoño de 2018 puso tres en la mesa sobre la paz y la guerra. Vine por el que se titula Guerra, un libro bien editado, agradable, que reúne a un selecto grupo de autores coordinados por Juan Ortiz Escamilla, en una colección de libros ilustrados dirigida por Enrique Florescano para la Secretaría de Cultura. El libro se integra con textos agudos escritos para todos, con una buena bibliografía de apoyo y vinculados para autorizar un panorama de conjunto. Escriben, además de los autores ya mencionados: Rodrigo Martínez Baracs, Cecilia Sheridan Prieto, Luis Fernando Granados, Héctor Strobel del Moral, Javier Garciadiego, Jean Meyer, Ariel Rodríguez Kuri, Carlos Illades, Teresa Santiago y Mauricio Tenorio Trillo.

El libro insiste en la importancia de la memoria como la materia de la historia e introduce brevemente el tema de la guerra para analizarla en la historia de Mesoamérica, de la Nueva España y de México. Se hizo para remediar el escaso entendimiento y mala memoria sobre lo cerca que ha estado siempre la guerra para los mexicanos en el tiempo largo y en el reciente. El libro se adentra en el pasado mesoamericano siguiendo culturas en una síntesis épica desde los tiempos remotos hasta las guerras que ganaron primero los mexicas para levantar su imperio y luego perdieron contra los españoles. Eso selló una paz que no se conocía; los españoles liberaron a las poblaciones de sus señores naturales e implantaron una cultura que trajo paz de siglos a una población que casi desaparece por las enfermedades que contrajeron de los conquistadores. La pax hispánica destruyó el pasado, pero también se basó en originales procesos de pacificación y ganancia cultural no desprovistos de conflictos: hubo para los naturales de estas tierras, que pagaron con inmensas obligaciones, una protección real y nuevas leyes, una nueva religión, se redujo a la población en pueblos, se crearon las repúblicas de indios, anidaron tradiciones. Aunque en el norte la conquista prosiguió hasta la independencia y la guerra se volvió una forma de vida entre pactos breves que dejaron paz, o mala paz, contra chichimecas primero y luego contra apaches y comanches, amén de la incursión de otras potencias europeas. Cecilia Sheridan explica cómo, en un estado de permanente guerra, “la paz marca entonces la diferencia fundamental entre el mundo civilizado y el mundo bárbaro a partir de la premisa de que la civilidad es condición de paz”.

Después el libro nos traslada al turbulento siglo XIX de guerras que inaugura la de independencia, la primera guerra civil y generalizada, terriblemente devastadora como nos trasmite Juan Ortiz Escamilla, en la que la paz solo puede vivirse como excepción por una relativa lejanía, como la de la provincia de Mérida; su guerra, de castas, comenzó unos años después de la independencia, como otras guerras de alcance regional que el libro Guerra no trata: son muchas. Pero para éstas y las siguientes decimonónicas apuntan los autores notas que vuelven interesante saber, por ejemplo, cómo convivían en paralelo ambas situaciones de guerra y de paz o cómo se alternaban los tiempos de paz y los de guerra, a veces muy rápido, o qué tipo de paz hubo después de cada guerra. Probablemente hubo generaciones que no conocieron la paz porque también se sufrieron guerras por las intervenciones extranjeras, siendo la estadounidense, que explica el libro, la menos entendida y más nociva porque la paz significó la pérdida de un inmenso territorio. A ello puede sumarse que las guerras entre mexicanos por el poder y la forma de la nación nunca cesaron hasta arribar a la guerra de reforma, la que también explica el libro, cuyo sosiego por fin condujo a una paz republicana en sus últimas décadas, breve paz que se rompió con las guerras del siglo XX que el libro narra a continuación: la primera, la revolución mexicana con sus respectivas guerras, la segunda, la intermitente y sentida guerra cristera. México participó también en la segunda guerra mundial y pasada ésta, llegaron esos “treinta gloriosos” años de paz que introduce Ariel Rodríguez Kuri, en los que se experimentó una vocación y disfrute de la paz en el mundo. Si bien, el siglo XX no es el siglo de la paz solo por la que nos remite al ciclo del desarrollo estabilizador, pues, para que eso sucediera, las décadas que siguieron a la revolución se cargaron de acciones y procesos tanto pacificadores como de paz: el acuartelamiento de las tropas, el fin de los levantamientos armados y hasta las colonias agrícolas militares redundaron en un desarme que creó las primeras condiciones para la paz; el reparto agrario trajo paz, el estado asistencial procuró también la paz, lo mismo que la incorporación de México en la ONU, la OEA y la FAO: el PRI civilista de los siguientes gobiernos fue el beneficiario de esa paz. Después de 1968 el panorama cambió con las guerras culturales y las no convencionales, como la llamada “guerra sucia”. Aunque no fue propósito de Guerra explicarlas todas, ya se dijo, hace falta un capítulo sobre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional de los indios de Chiapas en su guerra contra el Estado mexicano. Hubiera contrastado bien con el penúltimo capítulo, cuyo tema es el agujero profundo de la guerra contra la delincuencia, el narcotráfico y la guerra entre malhechores desde 2006, tiempo en el que puede reconocerse una cierta paz pública empañada por una “paz de mala entraña” y una guerra violenta en entidades federativas completas, así como en franjas anchas de la sociedad con grandes números de muertos y deudos y un malestar general.

El libro Guerra concluye dejando a un lado el tema que convocó para subrayar, en el último capítulo a cargo de Mauricio Tenorio Trillo, titulado “La paz, la excepción (1810-2006)”, la no solo escasa sino también discutible y mal estudiada paz. Vine por un libro que pusiera en orden el conocimiento acerca de las guerras para una búsqueda sobre la paz en la historia mexicana y, al lado, encuentro el segundo libro por comentar, también de Mauricio Tenorio Trillo, La paz. 1876, que explica de manera muy compleja un periodo prístino de la paz en Occidente significado por un discurso de la política, del arte, de la ciencia, la filosofía y el humanismo. En él se analiza la experiencia mexicana junto con otras europeas y americanas y, en ese sentido, el mencionado capítulo a cargo de Tenorio Trillo es una síntesis de una parte de La paz. 1876, la que encuentra su núcleo temático en la paz porfiriana de finales del siglo XIX, si bien detecta y comenta los tiempos de paz y reflexiona sobre aquello que ha sido la paz después de la Independencia. Pero la mesa de la paz y la guerra nos reserva un texto sobre la paz desde aquí, ya que el tercer libro del otoño de 2018 es una entrega notable y erudita: Hacia lapazperpetua (1794), de Immanuel Kant, en una edición bilingüe alemán-español, cuya traducción, estudio preliminar, notas, índices y tablas pertenecen al filósofo Gustavo Leyva; un libro dedicado a las mejores líneas de aquel que imaginó un futuro sin la necesidad de la guerra y escribió cómo lograrlo en razón de las situaciones, libro que renueva las traducciones al castellano de dicho texto, posee un complejo acompañamiento crítico y una bibliografía especializada con útiles incisos, por ejemplo, para dirigirnos hacia los textos acerca de la paz de por sí y la noción de la paz perpetua antes y después de Kant, a quien debemos agradecer su conocimiento de la independencia de las colonias americanas y de la revolución francesa, habiendo vivido las guerras europeas del siglo XVM. No es que no se conociera este texto fundamental del derecho y la política, se entiende, ya que en la mesa de libros está también un magnífico breviario que lo trata, de W. B. Gallie, Filósofos de la paz y de la guerra. Kant, Clausewitz, Marx, Engels y Tolstoi (México, FCE, 1980). Complace que desde México se esté estudiando Hacia lapazperpetua de Kant con ese rigor para fomentar el interés por su lectura y relectura a la luz de nuestro ahora, casi medio siglo después, por cierto, de la primera publicación mexicana de dicho texto: Fundamentación de la metafísica de las costumbres; Crítica de la razón práctica; Lapaz perpetua (estudio introductorio y análisis de las obras de Francisco Larroyo, México, Porrúa, Colección Sepan Cuantos..., 1972).

Estos libros de 2018 se complementan si se trata de hacer un rastreo de la paz tanto en el pensamiento de Occidente como en la historia global y en la historia mexicana. Se agradecen para una paz que parece inalcanzable ahora que puede entenderse relativamente mejor lo que sería un estado de paz para uno, para muchos, las naciones o el mundo. La paz, como la guerra, son palabras que han sido utilizadas en todas las épocas y lugares y parecen haberse significado con el surgimiento de las aldeas y las culturas desde que éstas ameritaron aislarse o extenderse. En griego como en latín la paz significaba lo contrario de la guerra. Platón, que vivió casi por entero en tiempos sangrientos, decía que la guerra nacía de las comodidades del cuerpo, así como entendía a la paz como el mayor bien para un estado (Las Leyes). En los libros comentados se puede seguir la exégesis de la paz partiendo de Platón, como hace Gustavo Leyva en torno a Kant, o de Cicerón, como lo hacen Juan Ortiz y Mauricio Tenorio. Vale señalar que este último, además de explicar por qué 1876 y qué pasó en el mundo, en la segunda parte de La paz. 1876 hace una exégesis sobre el tema en Occidente, cuyo seguimiento corre hasta detenerse pausadamente en algunos pensadores de los siglos XIX y XX y arribar hasta el pacifismo gandhiano, el mejor discurso para negar la guerra, apartado que complementa con otro sobre imágenes que se inicia con el altar a la paz de Augusto, Ara Pads, la primera estampa que arroja la red cuando se le consulta sobre la paz de los romanos durante la expansión del imperio. Cada quien podrá acudir a sus autoridades para investigar y citar y siempre encontrará parecidas definiciones de la precaria paz a partir de la necesaria y gloriosa guerra.

La palabra paz valió primero para describir la pública tranquilidad y quietud en los reinos, lo que venía después de una guerra. La paz llegaba a costa de algo, podía ser nada favorable o una esclavitud para los supervivientes. Por milenios se obtuvo la paz o rindiendo tributos o ganando guerras, el pactum era el tributo y en latín la palabra significaba “contribución” (en la época de Kant casi un millón de personas tributaban para el rey español en la Nueva España). La paz podía solicitarse enviando a embajadores con presentes y ofreciéndose de súbditos, como hicieron los purépechas y muchos otros pobladores queriendo salvarse de la conquista: hubo nómadas chichimecas que se asentaron siguiendo a Vasco de Quiroga. Ahora bien, para conocer sus usos primeros en castellano, Corominas tomó las palabras de Gonzalo de Berceo, cuyos escritos muestran cómo pasado el primer milenio la paz había crecido en conceptos: pactar, pacífico, pacificar, y otros que significaban formas para obtener la paz, además de por la guerra, y ya también se le consideraba un atributo del ser, al introducirse con el cristianismo en el pensamiento común el concepto de paz personal; paz concebida, originalmente, como una virtud del Espíritu Santo. Después de Kant la paz fue teorizada por otros grandes pensadores de Occidente que, reconociendo en la ubicua y permanente guerra la generación de los valores humanos más altos, vislumbraban la paz solo como un ideal, una excepción o paréntesis breves de mundos convulsionados, en los últimos siglos, por el desenlace de las conflagraciones entre naciones pares y sus alianzas, o de las guerras internas de cada imperio o nación.

Lo interesante es que el mencionado ensayo breve y provocador sobre la no guerra en México de Tenorio Trillo: “La paz, la excepción (1810-2006)”, y su complejo y políglota libro titulado La paz. 1876, comparten ideas y redacciones, como el autor advierte, y uno de los párrafos compartidos con más intención encierra las últimas palabras del libro Guerra:

Si la historia revela que la paz es un asunto tan excepcional e intrincado, ¿cómo sabemos que la vivimos? ¿Cómo se logra? He ahí la moraleja que el historiador se abstiene de pronunciar. Porque si ha de aleccionar con el cómo se conquistó la paz en el pasado, corre el riesgo de ser Maquiavelo antes que Gandhi. Y es que la guerra es horrible y complicada, pero no es un misterio histórico. La paz, sí.

Tal conclusión del estudio de la paz en el mundo ciertamente vale para la historia mexicana: la excepcional e intrincada paz es un misterio histórico. La paz solo se ha vivido por la lejanía con la guerra, conviviendo con la guerra, a la salida de guerras o casi en forma general, pero en muy contadas décadas. Desde luego, existe el estudio histórico de todo lo demás que prospera en tiempos de paz, pero el estudio de la no guerra no es el estudio de la paz. La pax hispánica, la paz de la era republicana y la paz priista deben tener sus conexiones; sin embargo, estudiarlas no resultaría suficiente. Tal vez se pueda conocer más abordando los procesos que han tenido lugar en nombre de la paz. Pacificar, aparte de exterminar o aplastar, significa reconciliar a los opuestos o discordes, pero también obtener pactos: en ese sentido, por ejemplo, el movimiento trigarante fue pacificador. Las campañas contra el bandolerismo del pasado y las del presente ¿qué tanto se asemejan o distinguen? En la historia mesoamericana, novohispana y mexicana realmente no se carece de información sobre pactos, paces, pacificaciones y tiempos de paz. Sería deseable que esta provocación de Ortiz y de Tenorio lograra acreditar el estudio de la paz en la historia mexicana, de la que hay mucho que saber y comparar por épocas, lugares, temas o enfoques. ¿Cómo se hizo, por ejemplo, la pacificación de nuestros flancos: las fronteras norte y sur y los mares, o bien, cómo se hizo la paz en las fronteras interiores en el siglo XIX pensando en las fronteras internas de México en el siglo XXI? Queda por analizarse el calado y número de las muchas guerras regionales y cómo volvió a reconciliarse la gente.

Los libros mencionados llaman a la creación de un espacio académico con esa clave para reconocer mejores líneas de investigación relacionadas con las distintas actitudes del Estado y de la sociedad. En el florecimiento de México cuando ha habido paz y en su resistir en la guerra, en sus pactos, en las buenas y aun hasta en las malas acciones pacificadoras pueden leerse vocaciones de paz y aspiraciones a la tranquilidad que conviven con las necesidades de guerra y de violencia. Pacificar en sus finales acepciones conduce a la calma, a sosegar, aplacar, es decir, aquietar las cosas insensibles, turbadas o alteradas, serenar, poner las cosas otra vez en su lugar, componer, rehabilitar, reconstruir. Eso justificaría otros análisis temáticos a través del tiempo, para abordar algunas culturas alternativas y movimientos culturales como el hippie del siglo XX u otros del xxi en busca de paz con justicia y dignidad, como el de Javier Sicilia de 2011 o el pacifismo gandhiano mexicano, o bien, la revolución amorosa y la cultura del perdón. En el contexto de una sociedad crispada por la violencia en todos lados que pide justicia a la intemperie ¿hasta dónde es posible alcanzar la felicidad social, individual, la paz? Podemos estudiarlo pensando en lo que Kant manifestaba con vehemencia, según Gallie: que “tenemos derecho a planear y actuar como si pudiéramos hacerlo, con objeto de sustentar nuestro esfuerzo para asegurarnos de que así sea”.





Notas al pie:

1.

fn1Sobre Juan Ortiz Escamilla (coord.), Guerra, México, Secretaría de Cultura, Colección Historia Ilustrada de México (Enrique Florescano coord.), 2018, 283 pp. + ilustraciones, ISBN 978-607-745-762-6; Mauricio Tenorio Trillo, La paz. 1876, México, Fondo de Cultura económica, 2018, 298 pp. +ilustraciones, ISBN 978-607-165-915-6; e Immanuel Kant, Hacia la paz perpetua, traducción, estudio preliminar, notas, índices y tablas de Gustavo Leyva, México, Fondo de Cultura Económica, Universidad Autónoma Metropolitana, Universidad Nacional Autónoma de México, Colección Biblioteca Immanuel Kant, edición alemán-español, 2018, 55+cxlv pp. ISBN 978-607-16-5913-2 (FCE) y 978-607-30-0768-9 (UNAM).


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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 69, Núm. 4 (276) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 18 de marzo de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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