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Marcello Carmagnani, Le connessioni mondiali e l’Atlantico, 1450-1850

Giovanni Casetta1

Fondazione Luigi Einaudi

Historia mexicana,


Si consideramos las afinidades de muchos de los argumentos abordados, aunque también su contextura general, podemos decir que esta última investigación de Carmagnani se ubica como un corolario, ampliado en temas específicos, de sus dos estudios precedentes: L’altro Occidente. L’America Latina dall’invasione europea al nuovo millennio1 [El otro Occidente. América Latina desde la invasión europea hasta el nuevo milenio] y Le isole del lusso. Prodotti esotici, nuovi consumi e cultura economica europea, 1650-18002[Las islas del lujo: productos exóticos, nuevos consumos y cultura económica europea, 1650-1800]. El primero de estos estudios describe las formas en que el continente americano se moldeó en la estela de los aportes culturales, materiales y productivos, así como de las relaciones sociales que Europa vertió en el Nuevo Mundo. El segundo estudio explica la forma en que los productos americanos, aunque también asiáticos, ingresaron a los países europeos, con todos los efectos que tuvieron en lo subsecuente, modificando los modelos de consumo y las necesidades de sus poblaciones, y dando origen a nuevas visiones culturales y a una dinámica social diversa, que juntas contribuyeron a debilitar al Antiguo Régimen.

En este libro, Le connessioni mondiali e l’Atlantico [Las conexiones mundiales y el Atlántico], la triangulación entre Europa, África (Occidental) y América (la vertiente atlántica) tiene un papel central. En el estudio de las conexiones entre los tres continentes, como Carmagnani las saca a la luz, no es difícil pensar que tras esta profunda reconstrucción histórica se hallan las enseñanzas de Max Weber, al menos allí donde las tramas de la historia económica y social son más profundas en este autor, y especialmente de Fernand Braudel y la historiografía de los Annales, con sus tres paradigmas teóricos: Economies, Sociétés, Civilisations. No es casualidad que en la primera página del libro aparezca una cita de este historiador francés que resume las características de toda su investigación: “la historia es la representante de todas las ciencias sociales del pasado”.

Esta línea de pensamiento, con todos los instrumentos que ofrece a los estudios históricos, me parece particularmente evidente en los capítulos primero y cuarto de la obra de Carmagnani: en el primero, que describe la aproximación progresiva, la conquista y el dominio europeo del Atlántico; y en el cuarto, más propiamente económico, que explica las características y la función del sistema de las plantaciones, con sus relaciones sociales de producción específicas, y con el papel de sus productos en los intercambios y el comercio mundial.

La lectura del primer capítulo (titulado significativamente “La sfida dell’Atlantico” [“El desafío del Atlántico”]) es de una afabilidad incontestable. Aquí, el autor nos informa sobre el conocimiento científico gradual de las corrientes oceánicas y sus movimientos, de los vientos y las mareas, favorables o desfavorables para la navegación, de la percepción y medición de las distancias marítimas. También nos presenta la evolución de los instrumentos náuticos, el creciente papel de las flotas oceánicas, el desarrollo de los arsenales, puertos y astilleros navales, primero en Europa y luego en América. Además, reconstruye las etapas de la conquista atlántica, empezando con el descubrimiento y los asentamientos en las islas (Azores, Madeira, Canarias) y en la costa occidental de África, que dieron vida a los primeros contactos y acuerdos comerciales con los gobiernos locales, en especial por contrastar las razias de los portugueses, hasta la llegada a América.

El siguiente capítulo (“La ripartenza. La nascita del mondo atlantico” [“El nuevo comienzo. El nacimiento del mundo atlántico”]) explica los esfuerzos europeos por conquistar América. El primer gran obstáculo se derivó de la catástrofe demográfica que golpeó a las poblaciones amerindias, mas no a las africanas, razón por la cual los europeos se vieron obligados “a activar nuevos mecanismos para obtener la mano de obra necesaria”: de allí el inicio del sistema esclavista, primero en el Caribe español y en el inglés (Barbados), y después en Brasil, donde se impusieron las plantaciones de caña de azúcar, aunque también del empleo de inmigrantes europeos como siervos blancos, presentes particularmente en Maryland y Virginia, zonas que comenzaban a producir y exportar tabaco. La interacción entre las zonas atlánticas europeas, africanas y americanas alcanzó su pleno desarrollo en la primera mitad del siglo XVII, al incrementarse los intercambios intercontinentales de mercancías y mano de obra, cuya importancia aumentó con la explotación extractiva de los metales preciosos americanos. Naturalmente, los nuevos modos de producción agrícola e industrial originaron fuertes contrastes sociales, rebeliones de amerindios y esclavos negros, que obligaron a los propietarios a establecer con estos grupos de población formas de mediación o acuerdos que dieron pie a una suerte de pluralismo legal (el regional al lado del metropolitano) que sería esencial para el éxito subsecuente del impulso independentista.

En el tercer capítulo (“Il consolidamento del mondo atlantico” [“La consolidación del mundo atlántico”]), aprendemos que “entre 1650 y 1850, el mundo atlántico se convirtió en el actor principal de las conexiones mundiales”, y que las relaciones triangulares permitieron “superar definitivamente el viejo orden mundial”. Todo esto conllevó la formación de “enlaces inéditos entre economía y sociedad”, con efectos visibles sobre todo en la intensificación del vínculo entre producción y comercio, así como en el incremento del sistema crediticio, los cuales, en conjunto, determinaron la creciente importancia de las redes mercantiles. A partir de este punto, el autor examina los cambios que se produjeron en Europa como resultado de su involucramiento en el mundo atlántico africano y americano, como la urbanización, el desarrollo de los puertos, las dinámicas comerciales, el nuevo consumo de productos atlánticos (azúcar, tabaco, café, cacao), y el incremento de la circulación monetaria derivada del flujo de metales preciosos, provenientes primero de África y luego de América. Tampoco África, al menos su parte centro-occidental, salió ilesa de estas transformaciones, en especial si pensamos en la trata de esclavos y en su extraordinaria relevancia para los países americanos, pero también porque favorecieron la recomposición social, económica e incluso política de los diversos Estados africanos, que además se vieron perjudicados por el carácter asimétrico de los intercambios comerciales con Europa y América. En síntesis, como sostiene Carmagnani, nos hallamos ante un alto índice de provecho mercantil del comercio atlántico -muy superior al comercio entre los Estados europeos-, cuyos mayores costos “fueron pagados por las poblaciones africanas y criollas americanas, mientras que en América los actores privilegiados fueron los propietarios y, en Europa, los comerciantes ingleses, holandeses y franceses”.

En un capítulo específico (“Piantagioni. L’originalità dell’Atlantico” [“Las plantaciones. La originalidad del Atlántico”]), se ofrece una reconstrucción del modelo histórico de las plantaciones, elemento fundamental de la triangulación atlántica, a partir de su nacimiento en Brasil, Barbados, el Caribe y algunas zonas de la América británica continental: Maryland y Virginia (donde prevaleció la producción de tabaco), Carolina del Sur y Georgia (donde se impusieron los cultivos de arroz y algodón). Este capítulo describe con precisión la forma productiva de las plantaciones, los varios intentos de reducir sus costos de producción, la consecuente mejora de las vías de comunicación, y la introducción paulatina de sus productos en las redes mercantiles y financieras más idóneas para abastecer los mercados europeos. Por supuesto, se presta una atención particular a la organización del trabajo que caracteriza el modelo productivo de las plantaciones: la esclavitud y la mano de obra servil. De cualquier forma, la plantación no sólo fue una institución jerárquica “que se manifestó en el nivel geográfico y territorial, en el nivel productivo y social”, sino que también fue “una institución política, capaz de organizar a los gobiernos locales y regionales que permitieron a los Estados del Antiguo Régimen extenderse dentro de las zonas del mundo atlántico forjando alianzas con la clase plantadora”.

En el último capítulo del libro (“Le costanti delle rivoluzioni atlantiche” [“Las constantes de las revoluciones atlánticas”]), Carmagnani traza el rumbo que siguió el proceso revolucionario, que inició en algunas zonas de la América continental inglesa, continuó en Francia, para después volver a atravesar el Atlántico con la revolución haitiana y las guerras de independencia de la América española. Estas revoluciones “marcaron el inicio de las grandes transformaciones que ocurrieron en el mundo occidental entre el último tercio del siglo XVIII y la primera mitad del XIX”. Del nuevo valor universal de la libertad se pasó a la fase política y social que caracterizó el final del Antiguo Régimen y el nacimiento de nuevas formas de gobierno representativo. Las ideas de este proceso innovador echaron raíces en América y pusieron en movimiento, especialmente en la zona atlántica del Caribe, una importante serie de revoluciones y rebeliones. El autor estudia todo este proceso por medio de la evolución de las codificaciones constitucionales que las revoluciones atlánticas expresaron en dos fases: la primera de 1775 a 1810 y la segunda iniciada con el Congreso de Viena, ambas sacudidas por las tensiones entre radicalismo y moderación, que definieron los resultados políticos y sociales de las revoluciones. En este contexto, “el peso de los intereses previos al proceso revolucionario continuó preponderando y determinó la identificación de la representación de los intereses nacionales con las élites propietarias”. De allí que Carmagnani concluya con una reflexión esencial que es imposible no compartir, y que va más allá de las esperanzas también comprensibles de los muchos abanderados de la democracia, como Alexis de Tocqueville o el poeta Walt Whitman: “es difícil afirmar que la democracia haya nacido de las revoluciones atlánticas”.

Cabe notar que quizá en el libro resulten un poco vagos los efectos de la presencia europea sobre las poblaciones africanas, no tanto materiales (pues los intercambios hacían confluir en África armas, herramientas, tecnología), sino sociales, de la mano del fenómeno macroscópico del tráfico de esclavos, y más en general culturales (religión, organización familiar y política). Es cierto que, por otra parte, la menor atención del autor sobre los problemas africanos puede atribuirse sin duda a que los aportes de la historiografía sobre este continente son más limitados, menores respecto de las demás zonas atlánticas estudiadas por Carmagnani. Sin embargo, incluso en el caso de África el libro expone intuiciones y trayectos que pueden resultar útiles para estudios posteriores más profundos.

Las interacciones y conexiones, resconstruidas en el libro con base en las etapas históricas, que conformaron el mundo atlántico como se presenta a los ojos del hombre contemporáneo, permiten evidenciar características de identidad y continuidad de ese mundo, de las realidades humanas, amerindias, afroamericanas y africanas, que aún no son tocadas plenamente por la globalización, o que al menos siguen ofreciendo resistencia a sus efectos hegemónicos, generalizadores y homologadores.

La comprensión del libro que, cabe destacar, es de una ejemplar claridad expositiva, se ve facilitada por la presencia de varios instrumentos auxiliares de la lectura, como gráficas, mapas y cuadros, así como por una amplia y actualizada bibliografía que nos permite medir la complejidad y profundidad de esta última investigación de Carmagnani. Por todas estas razones, es deseable que el libro sea traducido y difundido, cuanto antes, en los países de lengua castellana e inglesa.





Notas al pie:

1.

fn1Marcello Carmagnani, L’altro Occidente. L’America Latina dall’invasione europea al nuovo millennio, Turín, Einaudi, 2003.

2.

fn2Marcello Carmagnani, Le isole del lusso. Prodotti esotici, nuovi consumi e cultura economica europea, 1650-1800, Turín, UTET, 2010; versión en español disponible: Las islas del lujo. Productos exóticos, nuevos consumos y cultura económica europea, 16501800, traducción de Vito Ciao y Esther Llorente Isidro, Madrid, El Colegio de México y Marcial Pons, 2012.


3.

fn3Traducción de Adriana Santoveña


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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 4 (280) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 7 de abril de 2021. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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