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Sobre Ariadna Acevedo Rodrigo y Paula López Caballero (eds.), Beyond Alterity. Destabilizing the indigenous other in Mexico

Mario Rufer1

Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco

Historia mexicana,


En El susurro del lenguaje, Roland Barthes1 previene sobre algo crucial: si la idea de autor está en crisis, es porque el original no existe. Ninguna escritura, ningún gesto sígnico, esto es, ninguna representación, es original. Está basada en escrituras previas, es siempre de algún modo una tachadura, una sobreescritura. Será Michel Foucault quien tome esta perspectiva y nos enseñe que, si el original no existe, lo que sí tiene plena existencia en la arena de la política es el gesto de fijar ese original, de patentar su inauguración en una casi siempre pomposa trama de efectos. En su célebre texto “Nietzsche, la genealogía y la historia”;2 el pensador francés urde argumentos para mostrar que el origen siempre es accidente y que el gesto de monumentalizarlo, de inscribirlo en un momento inaugural de la historia, es redituable para las instancias del poder y, en el caso específico de la historia-disciplina, para el Estado moderno.

Me atrevería a plantear que Beyond Alterity, el libro colectivo coordinado por Paula López Caballero y Ariadna Acevedo Rodrigo , publicado en inglés por Arizona University Press, hace eco de estas dos premisas. En las dos partes (1. Tierra y gobierno; 2. Ciencia) que integran los 12 capítulos y un epílogo, los análisis demuestran que ningún origen -identitario en este caso- es puro ni estable más allá del gesto político que lo hace aparecer como tal. Y ese gesto político de fijación es profundamente efectivo como producción de subjetividades, como estética de la existencia y como práctica de gubernamentalidad.

La alteridad y el archivo

En la introducción, las autoras marcan una premisa, una tesis y una pregunta (entre varias) que resaltaría. Por un lado, dicen “este libro cuestiona las formas en que la identificación de ciertas personas como indígenas ha sido tácitamente y casi automáticamente, asociada con la alteridad” (p. 1). Páginas más adelante formulan la tesis y la pregunta:

[…] en términos más abstractos, la contribución de este libro radica en separar analíticamente la categoría de la experiencia. Cuando consideramos a la gente que solemos agrupar o que se autoagrupan bajo la categoría de indígenas, es necesario que nos preguntemos: ¿qué hacen juntos, más allá de la identificación que la categoría induce? ¿Cuál es la historicidad de la categoría misma, más allá de la población que de esa manera es designada? (p. 19).

Desde aquí se urde la noción de que “más allá de la alteridad -beyond alterity” significaría poder asumir que “ser otros” es una de las tantas formas posibles -socialmente determinadas- en que puede existir la población denominada (y autodenominada) “indígena”. En definitiva, me parece analíticamente desafiante que el libro se preocupe no centralmente de los modos en los que la otredad indígena es excluida, jerarquizada, racializada, vitrinizada o glorificada en México, sino por las modulaciones discursivas (en las disciplinas, en las instituciones) y las prácticas institucionales e instituyentes por medio de las cuales la otredad es moldeada, hecha existir como perdurable y en la mayoría de los casos, más o menos estabilizada.

Diría además que los antropólogos e historiadores que escriben este libro parecen desnaturalizar esa premisa por medio de una lectura crítica de las tres características con las que Derrida3 explicaba el poder ilusorio y fantasmático del archivo: el arconte, la autoridad y la consignación. Por el arconte Derrida se refería al lugar, al espacio que se torna disputa y trasiego de las posibilidades de la historia. Los autores de este libro, a partir de escudriñar en fuentes no necesariamente tradicionales y con el ojo puesto en destronar la solemnidad de la evidencia -sin por eso dejar de trabajar con un corpus empírico impresionante, indagando por ejemplo en revistas de antropología, como hace Paula López mostrando claramente que, mientras el primer indigenismo parecía haber señalado prima facie quién era indígena, durante la década de 1940 el debate todavía era no sólo candente sino altamente disonante entre los intelectuales de Estado sobre qué explanandum designa ese explanans; esto es, no había ninguna claridad acerca de qué atributo era suficiente o necesario para que algunos fueran considerados indios y desde qué perspectivas.

Sobre la autoridad, como sabemos, Derrida hablaba de la fuerza de ley que el archivo introducía: una práctica cuya iteración, cuya repetición, era capaz de producir aquello que en efecto se suponía que indagaba. Con una sutileza peculiar, autores como José Luis Escalona, Gabriela Torres Mazuera y Vivette García, hacen una desnaturalización de esa autoridad a partir de preguntas singulares. Centrándose en el Proyecto Chiapas de Harvard y en la obra específica del antropólogo Evon Vogt, Escalona indaga en la construcción casi mitificada del mundo maya como una “historia encapsulada” que permite comprender los imaginarios dominantes sobre la persistencia india en tanto reliquia del pasado al sur del país. Torres Mazuera muestra con profusa evidencia histórica y etnográfica de qué forma la autoridad que unía casi inequívocamente a algo como “cosmovisión indígena” con la propiedad comunal y el uso colectivo que suturaría los pueblos de indios con los ejidos posrevolucionarios no se sostiene y, en todo caso, coloca a la premisa que sustenta ese argumento en el terreno de la ideología. A su vez, desde un texto para mí fascinante por lo ajeno que me resulta ese terreno, el capítulo de Vivette García muestra la circularidad peligrosa que rodea las argumentaciones aparentemente tan bien autorizadas científicamente alrededor del “genoma mexicano”. Este texto muestra a cabalidad, con un análisis de los procedimientos protocolares que rodean al proyecto del genoma, de qué forma la concepción inicial de éste ya es, de algún modo, “culturizada”. Y presupone la ancestralidad -y la primacía temporal de la prístina pureza- en la selección de la muestra que pretende. En palabras de García, “la ciencia institucional sigue concediendo un lugar para la alteridad indígena en la genómica mestiza contemporánea” (p. 268). A su vez, la autora evidencia cómo la circularidad del “problema indio” -esa que Roger Bartra ya había señalado como la esquizofrenia de glorificar al indio monumento y denostar como padre de todos los males al indio presente-4 se hace cabal en la ciencia contemporánea: la alteridad prehispánica es glorificada como fuente de excepcionalidad genética, a la vez que su presencia en el genoma mexicano contemporáneo es considerado un motivo de intervención biomédica: el indio prehispánico, como no podía ser de otra manera, es la causa matriz de la diabetes y la obesidad.

Finalmente, el poder de consignación quizá sea el más difícil de destronar -por más opaco a su develamiento-. El poder de consignación del archivo estaría dado, para Derrida, en la capacidad de organizar, clasificar y sistematizar que todo archivo cultiva para que aquello que se estructura en torno a la fluidez, a la contradicción y al caos en el poder social de significar, aparezca en la superficie como un todo más o menos ordenado a partir de la intervención de una acción que es eminentemente política. En este sentido, la acción de consignación produce un sistema posible de enunciados sobre aquello que se pretende, “acervo para bucear una vez producido el objeto”. Todos los textos de este libro develan de forma crucial el poder de la consignación y no sólo eso, sino que, me atrevería a decir, crean rutas metodológicas para futuras investigaciones aludiendo al poder de destronar.

Identidad y alteridad

Uno de los elementos que rescataría como “punto alto” de este libro es la sagacidad para pensar el problema de la identidad no a partir de los atributos (a un sujeto, a una comunidad, a un pueblo) sino a partir de las circunstancias eminentemente políticas que conducen a la atribución de identidad y a la producción de diferencia. Mientras leía el libro, no pude dejar de recordar el gran texto de Stuart Hall, “¿Quién necesita identidad?”.5 Fundamentalmente porque el sociólogo jamaiquino llamaba la atención sobre un doble proceso alrededor de la noción de identidad: por un lado, su inadecuación con la fluidez de la historia, con el campo de apertura nunca resuelto que significa el trabajo de representarnos (y de ser representados) ante los demás. Hall proponía la noción de identificación en este punto, y no de identidad. La identificación como un proceso discursivo nunca acabado pero que, además, permite pensar en la identidad como un hecho social y político que se puede ganar, perder, sostener, abandonar, y que está en inextricable relación con la heteroglosia constitutiva del discurso político: las disciplinas, las instituciones, los actores sociales y políticos están en una constante pugna por lo que llamaría yo una “administración de los recursos significantes”. Diría que este libro se posiciona en este marco teórico, pero con una salvedad clave para comprender los procesos contemporáneos: duda abiertamente de la ingenuidad a partir de la cual sería posible la espontánea invención de las identidades por parte de grupos, de pueblos o de comunidades. Indagando de forma pertinente en casos específicos, tanto el trabajo de Paula López como el de Peter Guardino, el de Diana Lynn y el de Emilio Kourí, nos permiten acercarnos a la dificultad incluso de considerar a la comunidad como el sustrato último que proporcionaría la legitimidad de un “hablar por” los sujetos indígenas. Paula López pone un signo de interrogación a la comunidad como una unidad significante creada en un esfuerzo particular de una etapa del Estado posrevolucionario para pasar de los aspectos lingüísticos que definirían “lo indígena” a aquellos que los harían culturalmente aglutinantes. Aquí, el texto de Guardino a partir de diferentes casos permite leer también de qué modo lo comunal es un recurso político que se adapta y se define en contraposición (pero no necesariamente con anterioridad) al Estado moderno. El de Kourí, a su vez, destaca la imposibilidad de hablar en una perspectiva de larga duración sobre la cohesión y la función-comunidad (desde un pueblo de indios) sin alteraciones.

Si bien no forma parte de un argumento central del libro -quiero decir, no es un libro que esté destinado a discutir la noción de comunidad-, sí creo que en momentos como este, en que asistimos algunas veces a reflexiones algo romantizadas o atávicas sobre lo comunal, la comunalidad y la comunidad, es preciso el ejercicio de lectura de Beyond Alterity que muestra, justamente, que la pregunta por lo político tiene que ir siempre en dirección a una historización crítica que eluda la búsqueda de sujetos prístinos. En este mismo tono, el texto de Elsie Rockwell es uno de los que evidencian a cabalidad, a partir de un caso específico de un pueblo indígena de Tlaxcala, cómo la oralidad y la escritura no fueron en absoluto la criba que escindía la permanencia y la fuerza de la escritura (el logos) contra la fugacidad, la ausencia de “firma” y la opacidad de la tradición oral (el mito). Rockwell evidencia a sujetos que combinaron desde el tardío siglo XIX formas de escritura y códigos de la oralidad para volverse sujetos al -y sujetos del- Estado y la modernidad con una capacidad política notable.

En este sentido diría que se trata de un libro en algún punto iconoclasta. Sus páginas concentran ideas que quizá ciertos representantes de movimientos sociales o de grupos definidos tomarían como irreverentes. Y eso es exactamente lo que me interesa rescatar. Porque si hay algo que el multiculturalismo liberal produjo de manera conflictiva es la solemnización de la noción de identidad: la producción incesante de grupos indígenas (aunque no solamente) como reliquias a ser reconocidas, vitrinizadas y organizadas en cuadros sinópticos como una enumeración de beldades o de sostenidas condenas (como muestra claramente el texto de Laura Cházaro en su análisis histórico sobre las pelvis de las mujeres indígenas mexicanas, cuyos avatares de persistencia en las mujeres mestizas condenaron, en el discurso médico, ciertas características de la “mujer mexicana” o sirvieron para mostrarse en el museo como “testigos de un pasado inexorable”). Los historiadores sabemos lo que esa vitrinización puede producir: una apertura ilimitada a la extensión de soberanía por parte de las acciones de estatalidad. Nada más útil para la gubernamentalidad que la domesticación de los ciudadanos en la definición precisa de sus contornos de existencia. O para decirlo más simple, nada más útil que gobernar la manera en que son representados (y mucho mejor si es con su consentimiento). Es en este sentido que Beyond Alterity deja al descubierto las formas como la producción de comunidad, sujeto indígena y colectividad, estuvo siempre en tensión, negociación, adaptación y transacción con los poderes de Estado, con las fórmulas de la modernidad y con sus matrices de producción de subjetividades.

Alteridad y nación

Las compiladoras de esta colección nombran con claridad los trabajos que muestran, por ejemplo, cómo la presencia del Estado en las comunidades indígenas de Chiapas se logró consolidando -y no eliminando- las tradiciones locales y los usos y costumbres. También posicionan analíticamente el esfuerzo de varios de los capítulos como una manera de entender la producción de lo indígena como un “efecto de Estado” en las palabras del clásico texto de Timothy Mitchell. En este mismo sentido, los textos harían eco de la tradición latinoamericana emprendida por antropólogas como Rita Segato6 y Claudia Briones,7 que hablaron hace tiempo de “matrices nacionales de alteridad” y “economías simbólicas de la producción estatal de la diferencia”, respectivamente. Sin embargo, considero que en este mismo punto hay un aporte original, clave, que este libro devela en sus diferentes capítulos. Para estas autoras y muchos otros, habría de algún modo un “viraje” desde aquel Estado productor de una comunidad imaginada con intención de ser más o menos homogénea como plantearon en su momento Benedict Anderson, Ernest Gellner, Eric Hobsbawm y Terence Ranger, entre otros, hacia una forma-Estado que se posiciona como altero-fílica y altero-fóbica simultáneamente (Segato, 2007) desde finales de los años setenta. Diría que lo que este libro propone centrándose en México es que el Estado moderno latinoamericano fue siempre un productor de alteridades y que ésa fue justamente su manera de tutelar poblaciones, su forma de consolidar el occidentalismo como una matriz estable a partir de la producción en diferido de sus alteridades. Digo en diferido porque si algo ayudó a Deleuze a pensar8 en las ciencias sociales es que en el tiempo sólo se mantiene la repetición en la diferencia, en la capacidad de mutar manteniendo más o menos incólumes, si no las formas, sí los actores y las matrices de la dominación. Quizá ahí radicaría lo que reclama Paul Eiss, el autor del excelente epílogo del libro -cuya lectura se recomienda ampliamente-, cuando habla de la forma “poscolonial” de la matriz mexicana en sus maneras de reproducir jerarquía, raza y diferencia. Eso es justamente lo que Beyond Alterity abre: la posibilidad de emprender futuras investigaciones donde la historia desnaturalice la riqueza de las relaciones subalternos-Estado, tanto como la maquinaria generadora de diferenciación y jerarquía que constituyó siempre -aun junto con, contra y a pesar del discurso del mestizaje- la posibilidad de existencia y de reproducción de la nación mexicana como constructo político y estético.

No sólo a raíz de su riqueza erudita y de su inscripción en el vasto campo de estudios de la identidad y la diferencia, este libro merece ser leído. En la coyuntura que vivimos, la letanía repetida hasta la extenuación de que la historia debe ayudar a pensar el presente está seriamente puesta en cuestión. El ascenso ya no simplemente de las derechas sino del fascismo histórico tal y como lo (re)conocemos en al menos tres de los cinco continentes, nos abofetea la adormecida condición de la academia para cuestionarnos seriamente qué y cómo estamos haciendo lo que hacemos en la investigación y en la universidad con eso que llamamos “el legado del pasado”. En esa tónica, actualmente diversos autores apuntan a que la “era multicultural” (floreciente desde la década de 1980) está en su ocaso. Y a pesar de los pesares, aun en sus peores versiones, esa era se presenta como preferible a lo que parece avecinarse: un recrudecimiento generalizado de los fundamentalismos, de los esencialismos y de los discursos sustancialistas sobre la pertenencia y el origen, y sobre el valor de ambos constructos. Los textos que componen este libro son una apuesta epistemológica y política por incidir en el campo evidenciando justamente las economías de esos discursos, sus complicidades con los proyectos políticos, y la incesante e históricamente comprometida acción de los sujetos de la historia.

Las palabras del ya referido Stuart Hall podrían resumir a cabalidad el espíritu de Beyond Alterity:

Aunque parecen invocar un origen en un pasado histórico con el cual continúan en correspondencia, en realidad las identidades tienen que ver con las cuestiones referidas al uso de los recursos de la historia, la lengua y la cultura en el proceso de devenir y no de ser [… en consecuencia] se constituyen dentro de la representación y no fuera de ella y nos obligan a pensar que la pregunta urgente no es «quiénes somos» o «de dónde venimos», sino en qué podríamos convertirnos.9




Notas al pie:

1.

fn1Roland Barthes, El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidós, 1987.

2.

fn2Michel Foucault, Nietzsche, la genealogía, la historia, Valencia, España, Pretextos, 1988.

3.

fn3Jacques Derrida, Mal de archivo. Una impresión freudiana, Madrid, Trotta, 1997.

4.

fn4Roger Bartra, “Sonata etnográfica en no bemol”, en El Museo Nacional de Antropología. 40 Aniversario, Mexico, Conaculta-Equilibrista, 1994.

5.

fn5Stuart Hall, “¿Quién necesita identidad?”, en Paul Du Gay y Stuart Hall (eds.), Cuestiones de identidad cultural, Buenos Aires, Amorrortu, 2003.

6.

fn6Rita Segato, La nación y sus otros, Buenos Aires, Prometeo, 2007.

7.

fn7Claudia Briones, “Madejas de alteridad, entramados de estados-nación: diseños y telares de ayer y hoy en América Latina”, en Daniela Gleizer y Paula López Caballero (comps.), Nación y alteridad. Mestizos, indígenas y extranjeros en el proceso de formación nacional, México, Universidad Autónoma Metropolitana, Ediciones EyC, 2015.

8.

fn8Gilles Deleuze, Diferencia y repetición, Madrid, Amorrortu, 2002.

9.

fn9Stuart Hall, “¿Quién necesita identidad?”, p. 17.


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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 3 (279) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 10 de diciembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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