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Sobre Andrés Ríos Molina (coord.), La psiquiatría más allá de sus fronteras. Instituciones y representaciones en el México contemporáneo

María Cristina Sacristán Gómez1

Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora

Historia mexicana,


¿Bajo qué estrategias publicitarias se ofertaron en la prensa porfiriana prodigiosos remedios dirigidos a los epilépticos para protegerlos del riesgo que suponían las convulsiones? ¿Por qué la Secretaría de Educación Pública, creada tras la revolución mexicana, tuvo a su cargo dos dependencias psiquiátricas destinadas a combatir el bajo rendimiento escolar de algunos infantes? ¿Qué relación mantuvo la gran empresa constructora Ingenieros Civiles Asociados (ICA) con el cierre y demolición del manicomio La Castañeda bajo el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz? ¿Cuántas historias se contaron sobre la enfermedad mental a lo largo del siglo XX con una cámara fotográfica y con qué propósitos? ¿Cómo se logró que la población mexicana se familiarizara con algunos conceptos y tratamientos de la psiquiatría y el psicoanálisis para encarar los retos de la vida urbana en la populosa ciudad de México, y todo ello en medio del boom de la historieta? Estas preguntas atraviesan las páginas del libro La psiquiatría más allá de sus fronteras. Instituciones y representaciones en el México contemporáneo, coordinado por Andrés Ríos Molina en un nuevo reto por demostrar el papel jugado por la psiquiatría más allá de la clínica y del espacio manicomial, concretamente en el lobby político, en el ámbito educativo, en los medios de comunicación, en la lente de fotógrafos y en las narrativas para consumo popular. La reunión de cinco exhaustivos trabajos, documentados con materiales tan diversos como anuncios de publicidad, planos y mapas de la ciudad de México, entrevistas, fotografías y cómics, y con el acompañamiento de maestros, pedagogos, ingenieros, fotógrafos, médicos, funcionarios públicos, escritores y dibujantes, nos convoca a pensar la psiquiatría, y a ratos el psicoanálisis, en el seno mismo de la sociedad, imbricada por intereses políticos, inmobiliarios, educativos, de mercadotecnia y negocios. El libro abre así perspectivas de investigación para acercarse a la penetración de la llamada cultura psi (psiquiatría, psicología y psicoanálisis) y de sus antecedentes en amplios sectores de la sociedad interesados en el desconocido mundo de la enfermedad mental (causas, síntomas, tratamientos, prevención) o en la comprensión de las emociones desplegadas en el espacio de la intimidad (la insatisfacción sexual, los celos, los sueños, los sentimientos de culpa) bajo referentes que se pretendían científicos. Es también una invitación a trazar los vínculos que la psiquiatría anclada en el centro del país creó con el Estado mexicano en la definición de instituciones y en el cierre de las mismas en aras de mejorar la atención médica, anhelo que no siempre se logró.

El trabajo de José Antonio Maya González, “De peligrosos a compradores: remedios ‘milagrosos’ para la epilepsia durante el Porfiriato, ciudad de México”, es muy revelador de un fenómeno secular: la lucha de los médicos diplomados contra las prácticas terapéuticas no reconocidas por la academia. Ante la oferta de productos de dudosa procedencia que se anunciaban envueltos en un halo de cientificidad, los médicos combatieron las prácticas que, a su juicio, crecían con la ignorancia de la población. Pero no eran las masas analfabetas quienes leían con avidez las gacetillas dedicadas a dar cuenta de los espectáculos del momento y los sucesos más escandalosos o que miraban absortas la publicidad médica que informaba sobre el origen de las enfermedades y sus tratamientos. Se trataba de profesionales letrados atraídos por la empatía que esta prensa proyectaba al retratar a los epilépticos como seres frágiles, indefensos y vulnerables ante las inesperadas convulsiones y sin estigmatizarlos por padecer el llamado “mal sagrado”, otrora producido por causas sobrenaturales. Las gacetillas mostraban a los epilépticos como auténticas víctimas sometidas a situaciones de grave riesgo en los espacios públicos, pero también como enfermos que podían ser curados, marco perfecto para verse impulsados a comprar toda suerte de remedios anunciados en esas mismas páginas. Asumirse como enfermos era el primer paso para convertirse en consumidores, una estrategia publicitaria cuyos resultados ignoramos. Por el contrario, en los artículos científicos, la medicina concebía a los epilépticos como una amenaza social por tratarse de sujetos incontrolables y propensos a la inmoralidad y el crimen, una visión muy alejada del discurso publicitario que tocaba el padecer del epiléptico.

El capítulo “La psiquiatría infantil en la Secretaría de Educación Pública y la emergencia de la educación especial”, de Ximena López Carrillo, muestra la presencia de los psiquiatras en una labor de colaboración con el sistema educativo mexicano durante más de tres décadas para detectar y tratar a niños con dificultades de aprendizaje que eran remitidos por sus profesores. La labor desarrollada desde los años treinta del siglo XX por el Instituto Médico Pedagógico Parque Lira para atender a niños de primaria y secundaria con epilepsia y retraso mental, y la Clínica de la Conducta para tratar a niños con problemas de adaptación y de aprendizaje, son una muestra de la preocupación internacional por la llamada “infancia anormal”, que México también suscribió por los altos índices de reprobación y deserción escolar. Sin embargo, con el tiempo, la Secretaría de Educación Pública advirtió que el fracaso de los niños en el aula no necesariamente obedecía a un posible daño neurobiológico; otras causas podían incidir de manera muy importante, como un ambiente familiar violento y poco propicio para el estudio, la constitución del propio espacio docente que requería de urgente actualización en los programas, la preparación de los maestros en métodos pedagógicos modernos y la introducción de mecanismos para favorecer la adaptación de grupos tradicionalmente marginados, como los indígenas. Así, lo que inició como un proyecto enfocado en la salud mental de los niños, circunscrito al ámbito de la psiquiatría infantil, cedió paso a una perspectiva educativa depositada en los maestros y en la educación especial, un verdadero programa de desmedicalización del retraso escolar que nos invita a reflexionar sobre el abordaje actual de los niños inquietos o con dificultades para concentrarse en las aulas y que están siendo sobrediagnosticados.

La llamada “Operación Castañeda”, nombre que alude al cierre del monumental manicomio que en 1910 inauguró el presidente Porfirio Díaz en las inmediaciones del entonces pueblo de Mixcoac, es historiada por Daniel Vicencio de manera novedosa al señalar cómo una decisión de índole estrictamente terapéutica -la modernización y humanización de la atención psiquiátrica- se vio contaminada por intereses económicos y de planeación urbana. A mediados de los sesenta, el extenso terreno donde se encontraba La Castañeda fue absorbido por la mancha urbana del Distrito Federal al tiempo que el manicomio fue objeto de críticas muy severas sobre su condición asilar. De esta manera, el predio donde por seis décadas se habían atendido 60000 pacientes, se convirtió en un apetitoso manjar para empresas constructoras que prestas procedieron a su demolición para levantar dos enormes unidades habitacionales, una tienda de autoservicio, zonas escolares y áreas deportivas; pero también lo fue para el propio presidente Díaz Ordaz, cuya familia más cercana se involucró de lleno en el negocio en una zona de la ciudad con una alta demanda de vivienda y creciente plusvalía comunicada por el recién inaugurado Anillo Periférico. Es posible que los psiquiatras de La Castañeda no alcanzaran a percibir el gran cambio que se avecinaba: ocupados en rediagnosticar a los 2 800 pacientes que entre 1965 y 1968 serían trasladados a las nuevas instalaciones, promovidas por Manuel Velasco Suárez desde la Dirección de Neurología, Salud Mental y Rehabilitación como espacios propicios para la reinserción bajo una terapéutica integral que contemplaría tratamiento farmacológico, psicoterapéutico y ocupacional-recreativo, confiaron en las autoridades de salud. Sin duda, fue una oportunidad perdida para México en el contexto de la desinstitucionalización de los enfermos mentales, tendencia que apostó a nivel internacional por dispositivos abiertos y experiencias de psiquiatría comunitaria mientras aquí se decidió mantener el hospital psiquiátrico como eje de la atención.1 Desconocemos si la inminencia de los Juegos Olímpicos de 1968 en la ciudad de México haya sido otro factor para desaparecer todo rastro de un pasado que los propios psiquiatras querían dejar atrás y a cuyo olvido contribuyeron, acaso sin tener plena conciencia.

El interesante trabajo de Rebeca Monroy Nasr, “La fotografía le da rostro a la locura: dispositivo de registro, propaganda, afirmación o rebeldía”, reconstruye las representaciones que se difundieron sobre la enfermedad mental y las instituciones psiquiátricas a lo largo del siglo XX mediante fotografías publicadas en la prensa y en informes gubernamentales que están perfectamente contextualizadas. Gracias a ello, recorre momentos clave que inician con la edificación del manicomio La Castañeda y el instante en que el presidente Porfirio Díaz coloca la primera piedra. Este momento fundacional contrasta con los más de 3 000 trabajadores vestidos a la usanza campesina que en unos cuantos meses levantaron una obra extraordinaria. Otras imágenes nos trasladan a la campaña para combatir el desprestigio del manicomio tras los duros años de la guerra civil que lo dejaron sin los insumos más básicos. Así, el fotógrafo Enrique Díaz Reyna documentó una de las terapias que mostraba a los enfermos en pleno proceso de rehabilitación. La terapia ocupacional dividida en trabajo, arte y deporte fue captada por la lente mostrando a los pacientes en tablas gimnásticas, tejiendo tapetes estilo persa, tocando algún instrumento, cantando en el coro o desarrollando sus habilidades artesanales, y siempre en una actitud de dignidad que de ningún modo los denigraba. Estas representaciones chocan radicalmente con aquellas que, de la mano del fotógrafo Ismael Casasola, denunciaron la soledad de la locura, la pobreza, los malos tratos, la falta de higiene, la sobrepoblación y hasta el aislamiento en celdas rigurosamente selladas, en una larga crónica publicada en la revista Hoy en 1941. En los años cincuenta continuaron los fotorreportajes de denuncia, acumulando así más motivos para el cierre del manicomio. Tras su clausura en 1968 y la apertura de las llamadas granjas, donde se pensó estrenar el modelo de comunidad terapéutica, se renovó la esperanza, muerta en poco tiempo. Las mujeres captadas en una de ellas sirvieron para la producción de la película La institución del silencio, en pleno movimiento antipsiquiátrico internacional, una contribución de México a la visibilidad de las condiciones de vida en estas instituciones donde las mujeres particularmente sufrían de abuso sexual y embarazos no deseados.

Finalmente, el capítulo de Andrés Ríos Molina , “Relatos pedagógicos, melodramáticos y eróticos: la locura en fotonovelas y cómics, 1963-1979”, descubre una fuente inesperada. Las trágicas historias de amor y desamor encarnadas en el popular mundo de la historieta (cómic, fotonovela y fotomontaje), cuyas protagonistas salían “con poca ropa” o se la quitaban a la menor provocación, fueron el vehículo para la difusión de algunas nociones provenientes de la psiquiatría y el psicoanálisis en un México que devoró materialmente un tiraje tras otro, gracias al aumento de la población alfabetizada. El lector que en busca de entretenimiento se asomaba a esta literatura se encontraba con expresiones como trauma, represión, neurosis o histeria, términos ligados a la ansiedad provocada por los sinsabores de la vida en las grandes urbes, como el aumento de divorcios, los conflictos laborales o las adicciones, situaciones en las que tarde o temprano podría verse cualquier capitalino, aseguraban estas publicaciones. Con ello, alertaban sobre la proximidad de algún trastorno mental, incluso aunque el sujeto ni siquiera alcanzara a percibirlo. Contrario a este fin didáctico, encontramos también el rostro más tenebroso de la locura como sinónimo de pérdida de control, violencia, puerta de entrada al mundo de lo irracional, y la despiadada crítica a la psiquiatría como un conocimiento sin bases científicas, incapaz de hacer frente al fatídico peso de la herencia en la transmisión de la patología mental que hacía inútil cualquier intento de curación. Sin embargo, pese a ediciones tan impresionantes, que alcanzaban millones de ejemplares y llegaban a las grandes masas, no sabemos si la psiquiatría oficial, plenamente imbuida de los modelos biologicistas y convencida de la gran revolución farmacológica que se avecinaba, haya reaccionado de alguna manera. Y sí, este libro es ante todo un ejemplo de ese abismo que todavía hoy podemos sentir entre las formas populares de concebir la locura y la enfermedad mental, y los abordajes que desde las disciplinas psi intentan comprender y atender el sufrimiento humano.





Notas al pie:

1.

fn1Oliver Hernández Lara, Cristina Sacristán y Teresa Ordorika, “México: una reforma psiquiátrica que no lo fue (1968-1990)”, en Rafael Huertas (coord.), Políticas de salud mental y cambio social en América Latina, Madrid, Catarata, 2017, pp. 154-185.


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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 3 (279) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 10 de diciembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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