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Sobre Sarah Osten, The Mexican Revolution’s Wake. The Making of a Political System, 1920-1929

Rogelio Hernández Rodríguez1

El Colegio de México

Historia mexicana,


Sarah Osten ha publicado recientemente un importante estudio sobre el sureste mexicano, el desarrollo del socialismo inmediatamente después de la Revolución y sus efectos sobre el diseño del partido del Estado que dominaría la política nacional durante casi todo el siglo pasado. Osten descubrió que por más estudios que se han hecho sobre el movimiento armado y sus secuelas, los años veinte siguen guardando muchas vetas de investigación que, además de explicar las condiciones de cada entidad o región, también encuentran acciones y proyectos que, a pesar de la centralización política que se estableció, contribuyeron y, en ocasiones, como lo muestra con claridad el libro, fueron determinantes para la política nacional.

La autora se propone explicar el experimento socialista en cuatro estados del sureste mexicano: Yucatán, Campeche, Tabasco y Chiapas. Varios son los aciertos del proyecto porque si bien Yucatán y Tabasco cuentan con estudios previos, Campeche y Chiapas han sido descuidados o analizados con otros enfoques y objetivos, como es el caso de Chiapas, más centrado en las comunidades indígenas y desde luego con una perspectiva más antropológica. Osten analiza con un detalle que sorprende las particularidades de cada entidad, aunque hay que reconocer que el intento sobre Campeche es bastante limitado. La investigación sobre este estado es mucho menor que la que Osten ofrece sobre los otros tres. En el libro se explica la construcción del socialismo como proyecto social y, sobre todo, como institucionalización del partido, que al tiempo que organizaría a las masas le daría el control social al gobierno y el medio para impulsar reformas sociales que, como demuestra Osten, aun cuando se dijeran socialistas no eran más que la expresión de los proyectos de la revolución mexicana.

El sureste presenta varios retos históricos y políticos. Para empezar, el dato más relevante es que la región no participó en la Revolución desde su comienzo; por el contrario, llegaría hasta que Carranza enviara a Salvador Alvarado a Yucatán con la encomienda de integrar al estado, y tal vez a la región, al proyecto revolucionario. El campo fue fértil porque el sureste, debido precisamente a su lejanía, se había mantenido aislado de la política nacional y había permitido un alto grado de explotación, marginación social e impunidad a los múltiples excesos de las élites gobernantes, conservadoras en extremo. La excesiva explotación y las profundas carencias sociales dieron oportunidad para que las reformas provenientes de la Revolución pudieran aplicarse, en la mayoría de los casos, con el apoyo popular. Pero, en contraste, también fueron enfrentados, a veces con mucho éxito, por los grupos conservadores que contaban con el poder que la tradición les había concedido.

De ahí que, como lo explica la autora, el proyecto social se acompañara de la construcción muy temprana de partidos políticos. Como bien se sabe, la formación de partidos fue una práctica constante en México antes de la Revolución, pero en especial después del final de la etapa armada. Partidos que se declaraban de todo tipo y que contaban lo mismo con unos cuantos miembros que con fuertes organizaciones sociales. Partidos, además, que nacieron particularmente en los estados del país, más que en el Distrito Federal, menos aún capaces de tener influencia nacional.

La contribución más importante de los partidos socialistas del sureste estriba no en su temprana aparición (entre 1916 y 1921) sino en la estructura y sentido que les dieron sus creadores, Salvador Alvarado, Felipe Carrillo Puerto, Tomás Garrido Canabal, Carlos Vidal. Los partidos se propusieron organizar a los grupos de trabajadores, y sobre todo a los campesinos, e integrarlos al partido. Las organizaciones que Alvarado y Carrillo Puerto llamarían ligas de resistencia (que sentarían un importantísimo precedente prácticamente para todo el país pocos años después) servirían como apoyo social al partido y al gobierno. Un proyecto que, no hay duda, fue el que le dio al partido del Estado la posibilidad de gobernar ininterrumpidamente desde su formación, en 1929, hasta el año 2000.

La autora hace una detallada descripción de cómo se construyeron los partidos socialistas en Yucatán, Tabasco, Chiapas, y en menor medida en Campeche, y cómo sirvieron para desarrollar las reformas sociales. Pero el libro sobresale por el fino análisis de los conflictos políticos, en especial en su relación con la política nacional y los caudillos Obregón y Calles. Si el socialismo llegó al sureste por la decisión de Carranza al enviar a Alvarado, se desarrollaría gracias a que los sonorenses, y sobre todo Calles, primero como secretario de Gobernación y luego como presidente, les dieron el apoyo a los líderes locales. Osten demuestra una aguda mirada al detenerse en las relaciones de cada caudillo con los líderes, pero también en la que cada uno de ellos mantuvo por separado. Si Obregón y Calles respaldaron y en ocasiones limitaron a los cuatro líderes locales, éstos por su cuenta, y gracias a su cercanía, tuvieron encuentros y desencuentros variados que, en menor o mayor medida, afectaron el desarrollo regional del socialismo.

Pero también la política nacional fue determinante en ese variable destino. No sólo porque los gobernantes nacionales los ayudaron sino porque las rebeliones de la época comprometieron a los líderes locales. El delahuertismo, al que Osten le dedica un meticuloso capítulo, terminaría con la vida de Carrillo Puerto y Alvarado, los padres del proyecto socialista, pero no por militar en el mismo bando. El yucateco sería asesinado por los rebeldes delahuertistas apoyados por hacendados y el clero yucateco, pero Alvarado, fiel seguidor de De la Huerta, por los leales a Garrido y a los sonorenses. Un destino similar correría Carlos Vidal, en principio seguidor de los sonorenses pero que en 1926 abrazaría decididamente la causa de Francisco Serrano al oponerse a la reelección de Obregón. Vidal fue el jefe de la campaña y, debido a esa cercanía, fue uno de los asesinados en Huitzilac, al lado de Serrano. En parte por las condiciones de Chiapas, pero también por la tardía construcción del proyecto y la salida de Vidal para oponerse al obregonismo, el programa socialista no logró sobrevivir. En contraste, Garrido Canabal pudo construir un dominio total en Tabasco gracias al apoyo de Obregón y Calles, pero también a que no dudó en apoyarlos contra el delahuertismo y más tarde promovió la reelección del caudillo.

La relación que tuvieron Obregón y Calles, así como sus diferentes proyectos, están siempre detrás del análisis de Osten. Ellos ofrecieron diversos apoyos a sus seguidores, pero lo hicieron no sólo por las coyunturas sino porque tenían ideas y percepciones políticas distintas. Calles fue quien estuvo más cercano al experimento socialista, no tanto por las reformas sociales sino por la creación de los partidos. Fue él quien advirtió la eficacia de una organización que diera base social y control político para consolidar las instituciones. Obregón sólo veía a los partidos como aliados coyunturales, no como recursos de estabilidad a largo plazo. Nada extraño, entonces, que fuera Calles quien propusiera y organizara el partido del Estado en 1929 y que Obregón fuera quien promoviera la reelección presidencial, un abierto contrasentido institucional y más aún de los motivos de la Revolución.

En la reconstrucción de cada experiencia local la autora muestra por qué el socialismo tuvo diferentes y limitados éxitos. Si bien todos los experimentos terminaron hacia el final de los años veinte, su desarrollo fue muy distinto en cada entidad. En Yucatán y Tabasco se podría decir que fue notablemente exitoso, pero en Chiapas nunca logró asentarse del todo. Las condiciones de cada estado lo explican: a diferencia de Yucatán y Tabasco, socialmente configurados por campesinos y trabajadores, en Chiapas la multiplicidad de etnias y lenguas, así como la compleja geografía, hicieron imposible su organización. Aunque el grado de explotación y marginación en Chiapas era mayor (y lo que es peor, sigue siendo hasta nuestros días) que en Yucatán y Tabasco, la base social está constituida por una población indígena variada, fragmentada, que ni siquiera habla una misma lengua. Fueron sus características étnicas las que favorecieron su explotación, pero también las que determinaron que nunca se construyera una organización propia y eficiente que diera la base del partido y, por lo tanto, les diera a los gobiernos la posibilidad de desarrollar una auténtica reforma social.

El trabajo de Osten consigue su propósito de explicar el socialismo del sureste, y más aún de mostrar a la organización partidaria como una precursora relevante y acaso determinante del partido del Estado que se construiría nacionalmente. Pero comete un error de interpretación, extraño en alguien que ha demostrado contar con una aguda capacidad analítica. Desde el subtítulo, la autora propone el experimento socialista como central en la construcción del sistema político mexicano. El trabajo sin embargo no lo prueba. Demuestra que su modelo de partido lo fue, pero no confirma que igualmente lo fuera para el resto de instituciones que constituyen el sistema político. Más aún, no advierte que el modelo de partido creado por los socialistas tendría una consecuencia nacional real hasta el nacimiento del Partido de la Revolución Mexicana en 1938, con Lázaro Cárdenas. En el capítulo siete, que se antoja el más débil del libro, Osten sugiere que la estructura y propósito del PNR callista es el resultado del modelo de los partidos socialistas del sureste. Pero, como se ha demostrado en otros estudios, el partido de 1929 es una organización destinada a someter a los líderes y caudillos de la época, cuyas ambiciones y poder sólo eran controlados por la autoridad del caudillo Obregón y que, con su asesinato, amenazaban al poder central.

El PNR ciertamente se propuso incorporar a la multiplicidad de partidos que existían entonces, pero como la misma autora reconoce, no lo logró, en parte porque las condiciones políticas se lo impedían, pero sobre todo porque no era el propósito principal de la organización. El PNR no se propuso organizar a los trabajadores y campesinos, su prioridad fue incorporar a los líderes quienes, a su vez, llevarían a sus propios partidos y organizaciones. La estructura corporativa que crearon los partidos socialistas solamente sería adoptada con el modelo cardenista. En este sentido, su afirmación de que “el diseño institucional y las estrategias de movilización popular” (p. 261) del PNR provinieron de los experimentos socialistas es exagerado. Osten lo reconoce de paso, curiosamente, en una nota a pie de página y no en el cuerpo del estudio (nota 39, página 244), cuando señala que el PNR se asemejaba más al Partido Socialista Fronterizo de Tamaulipas, creado por Emilio Portes Gil en 1924. La fecha no es casual, algunos años después de las experiencias yucateca y tabasqueña, más exitosas en su proyecto social a pesar de que reclamara igualmente el socialismo. El partido que creó Portes Gil tuvo un carácter mucho más de control político que de representación de los trabajadores, lo que se demostró muy bien cuando Portes Gil fue gobernador de su estado. Tampoco es casual que Portes Gil fuera de los primeros presidentes del PNR (de hecho, en dos ocasiones: 1930 y 1936) y que trasladara la experiencia de control al nuevo partido nacional. Si los partidos socialistas del sureste no fueron el modelo del PNR, al menos no en su estructura ni en sus propósitos, menos lo fueron para el sistema político en su conjunto.

El trabajo de Osten es una contribución destacada a la historia política mexicana, por el tema y la metódica investigación, que será muy útil a otros estudios.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 3 (279) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 10 de diciembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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