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Sobre Stefan Rinke, América Latina y Estados Unidos. Una historia entre espacios desde la época colonial hasta hoy

Marialba Pastor Llaneza1

Universidad Nacional Autónoma de México

Historia mexicana,


En el último párrafo de este libro, Stefan Rinke resume las conclusiones de su recorrido por la historia de las relaciones entre América Latina y Estados Unidos, y subraya que, por lo menos en términos oficiales, estas relaciones “han estado lejos de ser solidarias”. La asimetría ha caracterizado los contactos entre el norte y el sur del continente, en parte porque los estadounidenses han reclamado continuamente, de una u otra forma, la subordinación de los latinoamericanos a sus intereses económicos. “Durante décadas -nos dice Rinke- esta exigencia ha ido de la mano de una retórica civilizadora que se basa en el racismo”, lo cual parece estar lejos de poder ser superado a corto plazo. Por el lado latinoamericano, el recuerdo de las intervenciones, las ocupaciones y las expansiones de naturaleza diversa “sigue teniendo mucho peso”. Añade: “Sólo futuros acontecimientos mostrarán si es posible la solidaridad entre los distintos espacios de América […] Sea como sea, el viaje se vislumbra aún largo” (p. 221).

La obra de Rinke es producto de una compilación breve de interpretaciones recientes sobre los principales hechos políticos, diplomáticos y militares de la historia del continente americano. Se trata de una mirada panorámica de corte ensayístico que invita a sus lectores a imaginar cómo hubiera sido una América con un desarrollo más estable y homogéneo; cómo sería hoy, si no enfrentara las tensiones y los conflictos producidos por la política proteccionista, discriminatoria y racista del gobierno estadounidense. De este modo ayuda a confrontar una realidad presente que busca explicaciones.

El panorama aludido es complejo: parte de la época colonial, de la configuración de unas Américas que imprimen su sello de identidad en la mezcla forzada de dos regiones culturalmente alejadas cuyas diferencias confesionales y las distintas formas de colonización de sus territorios echan a andar proyectos económicos y estilos de vida que distinguen radicalmente al norte del sur. Tras la época colonial, los movimientos de independencia producen la reconfiguración de los espacios, el intercambio de planes y de algunos principios ilustrados pero, visiblemente, Estados Unidos entra en acción en Latinoamérica y se abre el compás de la diferencia, con la agravante de que las teorías raciales consignan, con altibajos, la superioridad del blanco estadounidense civilizador frente a la inferioridad de la oscura mezcla latinoamericana, estigmatizada desde entonces como “barbarie”. Estados Unidos expulsará a las metrópolis europeas del continente y se convertirá en el vigía que garantice su no retorno. El “destino manifiesto”, la conciencia de pueblo elegido por Dios para realizar en la Tierra la gran obra con la cual habían desembarcado los padres fundadores de las Trece Colonias, marcará la historia de este espacio en expansión. Los estadounidenses se convencerán de su misión como abanderados y este protagonismo lo reforzarán en 1823 con la denominada Doctrina Monroe, para erigirse en la voz cantante de todas las Américas. De poco servirán los intentos latinoamericanos de revivir el panamericanismo, una y otra vez fracasado. Su desunión y el imparable aumento del poderío estadounidense constituirán la esencia del proyecto del vecino del norte, cuya efectividad descansará, en buena medida, en el tendido de sus propias redes comerciales marítimas y terrestres (pp. 43-53).

En la primera mitad del siglo XIX, en tanto el desorden político y económico caracterizó a Latinoamérica, los estadounidenses pusieron a su gobierno e instituciones al servicio del Destino Manifiesto. Para ellos, esto significó la confirmación del avance civilizatorio encarnado en la superioridad de la llamada “raza anglosajona”. Hacia el este, “a costa de la población indígena originaria”, y hacia el sur, a costa de la profundización de la inestabilidad, Estados Unidos creció indetenible en términos de invasión y apropiación de nuevos espacios y recursos. En este proceso, pese al conflicto moral que para algunos estadounidenses significó la esclavitud negra, la indefinición de las fronteras entre México y Estados Unidos, así como la autonomía de los pobladores de esta zona, abrieron la posibilidad de la adquisición de una amplia franja que aseguró millones de kilómetros entre la costa Atlántica y la costa del Pacífico para anunciar el avance hacia Asia y el sur (p. 63).

Rinke pone especial atención en el Caribe. Lo concibe como otro Mediterráneo, como un espacio donde se han desplegado grandes tensiones en función de su ubicación estratégica para fines bélicos, comerciales, y para el dominio de la comunicación y el intercambio entre los dos océanos. Evalúa cómo las formas modernas de explotación de los recursos naturales se acompañaron de “la ética puritana del trabajo”, del sentido práctico y el espíritu inventivo, atributos auto conferidos a una “raza pura blanca”, puesta ahí para aprovechar la ignorancia e incapacidad de la “barbarie”. Estos atributos autoconferidos sirvieron de justificación del creciente número de invasiones que, de la segunda mitad del siglo XIX en adelante, produjeron la nueva colonización que profundizó la asimetría norte-sur (pp. 70-73). En este punto cabe destacar que tal asimetría se fincó en una paradoja: la parte estadounidense obtuvo las materias primas y la mano de obra barata sin las mediaciones, la diplomacia, los tratos y los contratos justos exigidos por los principios ilustrados y liberales, los supuestos fundamentos de la nación. Esto es, la maquinaria de una modernidad, diríamos salvaje o rabiosa, se echó a andar con la convicción del derecho de apropiación (concedido por Dios) de la riqueza y el trabajo de los inferiores y atrasados.

Una explicación que es importante destacar porque nos permite comprender mejor el espíritu estadounidense, que ha buscado la invasión sin costos ni responsabilidades, se encuentra en los conflictos que la misma nación enfrentó en su batalla por eliminar la injerencia de las potencias imperiales europeas en América. Es decir, los triunfos que obtuvo Estados Unidos con la expulsión de las naciones de la Europa occidental le permitieron exigir el sometimiento de todo el hemisferio sur. Esto fue visible en la segunda mitad del siglo XIX, con su contribución para expulsar al Imperio de Maximiliano de México, con la promoción de las independencias de Cuba, Dominicana y Puerto Rico para borrar la presencia española del mapa americano, y con la neutralización de las aspiraciones francesas e inglesas, aunque estas potencias conservaran sus bancos e inversiones en la región.

El expansionismo estadounidense y su interés creciente en los recursos agrícolas, mineros y petroleros latinoamericanos no anularon por completo el intento de integración panamericana, el cual perseguía que el lema “América para los americanos” se cumpliera realmente en favor de todos. Tampoco desactivó la búsqueda de América Latina para convertirse en un espacio realmente independiente al unir sus fuerzas, pero el sur también se vio inmerso en una paradoja poco subrayada en el texto, y es que los mismos gobiernos latinoamericanos, al defender los intereses económicos de sus élites, contribuyeron a fortalecer el llamado “imperialismo yanqui”, algo que le permitirá una actuación cada vez más libre, como lo demostraron, entre otros hechos, la construcción y el control del Canal de Panamá (pp. 87-90).

En las últimas décadas del siglo XIX, mientras en América Latina se daban los primeros pasos hacia la modernización, en Estados Unidos, después de la Guerra de Secesión, la inversión creció exponencialmente dentro y fuera de la Unión Americana. Entonces, el ejército, la flota marítima y las bases navales estadounidenses se instalaron en toda América para colocar a esta potencia en un lugar destacado en el concierto mundial. Voces como las del cubano José Martí o el uruguayo José Enrique Rodó denunciaron los abusos y la violencia “yanquis”, pero el sur del continente fue impotente para su defensa, como lo evidenció la guerra hispanoamericana y la consiguiente instalación de la “seguridad hemisférica” por medio de protectorados estadounidenses en Cuba, Puerto Rico y Panamá (p. 104).

Distinta de la estrategia colonial empleada por los europeos en Asia y África, a los estadounidenses no les interesó la adquisición de territorios, sino el control de los espacios para la defensa de su mercado. Los llamados a la unidad y a la recuperación de los valores propios, lanzados por las excolonias españolas y portuguesas, no pasaron de ser quejas tenues en contra del expansionismo, el materialismo y el protestantismo anglosajones. Día a día, el “coloso del norte” consolidó su posición de dominio. Así lo rebeló su preparación para actuar en forma rápida y eficaz, por medio de intervenciones, cuando las coyunturas regionales lo permitieron (pp. 109-111).

Durante la primera guerra mundial, durante la fase de neutralidad de los americanos, Estados Unidos puso sus recursos bélicos en puntos estratégicos de América Latina, mientras ésta evidenciaba su incapacidad para enfrentar los intercambios comerciales a nivel global. La dependencia del sur hacia el norte se incrementó nuevamente. La entrada tardía de Estados Unidos en la conflagración mundial lo benefició, pues al obtener las mayores ganancias económicas y políticas se convirtió en el nuevo centro financiero en torno al cual girarían no sólo Latinoamérica sino el globo entero. De todos modos -nos aclara Rinke-, “el 44 por 100 del total de las inversiones estadounidenses en el extranjero se destinaron a Latinoamérica” y ésta entró en una cadena de endeudamientos que profundizó aún más la brecha (pp. 130-131).

Si bien la modernización de Latinoamérica significó un giro en las formas de vida y un cambio de aspiraciones, la diversidad indígena, africana y europea constitutiva de su identidad permaneció como uno de sus sustentos más fuertes. Las élites y las clases medias latinoamericanas, influidas por los medios de comunicación, vieron en la riqueza y las conductas del norte los modelos a imitar. Al mismo tiempo -otra paradoja de esta historia- la “cultura latina” penetró en Estados Unidos por medio de las relaciones comerciales y las migraciones. Tras la primera guerra mundial, en un entorno nacionalista, pero de creciente dependencia del sur hacia el norte, se registraron nuevas y múltiples intervenciones “yanquis”. Las más notables se encauzaron a apoyar a “dictadores sanguinarios, como sucedió en el caso de Cuba, siempre que se mostrasen dóciles frente a las exigencias de Estados Unidos” (p. 134).

La crisis económica mundial de 1930-1931 perjudicó el intercambio comercial y, en consecuencia, las economías latinoamericanas que dependían de la exportación. Tanto el imperialismo como los nacionalismos coquetearon y a la vez rechazaron al fascismo italiano, el franquismo, el nazismo y el comunismo soviético. En este clima, como pocas veces -más por conveniencia que por convicción-, un presidente estadounidense (Franklin D. Roosevelt) cuestionó el intervencionismo, apeló a la solidaridad continental y lanzó la política de la “buena vecindad”. Los gobiernos latinoamericanos calcularon que la fraternidad y el crecimiento conjunto, esto es, la unión de los espacios, con la supresión de las barreras al comercio y la defensa de la democracia, podrían enfrentar al totalitarismo, mas, en estas condiciones, el continente pasó de la neutralidad a la aceptación de Estados Unidos como vigía y fuerza para repeler las maniobras (sobre todo secretas) que el Eje había logrado emprender en América Latina. La amenaza de expansión del totalitarismo, que en efecto llegó al Caribe con los submarinos nazis, apremió a los estados latinoamericanos a mantener su dependencia de Estados Unidos y a éste a “protegerlos” -en especial con el Canal de Panamá- y a consolidar sus bases militares. En 1942, la fuerza naval estadounidense había hundido numerosos barcos alemanes en el Caribe (pp. 159-161).

Tras la segunda guerra mundial, algunos grupos jóvenes latinoamericanos abrazaron el comunismo como vía para salir del subdesarrollo y la dependencia, pero la amenaza del “poder rojo” promovió el retorno de un intervencionismo estadounidense más agresivo y violento, esta vez para apoyar a las nuevas dictaduras, que debían proteger sus negocios e inversiones. A casi todos los países de la región arribaron misiones militares estadounidenses y, en 1946, se fundó la muy cuestionada Escuela de las Américas a fin de entrenar a los latinoamericanos que habrían de combatir y reprimir a los revolucionarios (p. 175). En adelante, las simpatías y adhesiones de los latinoamericanos a las tendencias izquierdistas y el aumento de los sentimientos antiimperialistas y antiyanquis fueron vistos por los gobiernos estadounidenses como posibilidades reales de perder el espacio conquistado durante un siglo y medio. Teóricos latinoamericanos reflexionaron en torno a la dependencia y discutieron caminos para superar el subdesarrollo. Nuevos nacionalismos, expropiación de recursos estratégicos y salidas populistas en el sur afectaron los intereses económicos del norte, que respondió con nuevas intervenciones, sobre todo luego de algunos intentos de emprender cambios radicales, como los de Jacobo Árbenz en Guatemala, Fidel Castro en Cuba y Salvador Allende en Chile. La presión diplomática, el apoyo a los dictadores (Trujillo, Pinochet, la Junta Militar argentina, entre otros), la violación sistemática de los derechos humanos y las numerosas operaciones de los servicios de inteligencia (sobre todo de la CIA) para liquidar los movimientos sociales y guerrilleros tensaron las relaciones.

Al final del siglo XX y el inicio del XXI, el neoliberalismo, la globalización y el deshielo parecieron distender las cuerdas por breve tiempo. Hoy los resultados están a la vista: la asimetría que caracterizó el pasado de las relaciones entre los dos espacios americanos parece evidenciar sus efectos negativos para ambos. Al concluir este libro queda la impresión de que la larga y compleja historia condujo al fracaso continental que actualmente el gobierno estadounidense refuerza con torpeza.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 3 (279) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 10 de diciembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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