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Sobre Laura Suárez de la Torre (coord.), Estantes para los impresos, espacios para los lectores, siglos XVIII-XIX

Idalia García*

Universidad Nacional Autónoma de México

Historia mexicana,


Hace unos meses escuché una conferencia dedicada a las formas en que los libros han sido acomodados a lo largo de la historia en casas, instituciones y librerías. Asunto que explica incluso las encuadernaciones. Por eso, pensé que Estantes para los impresos contendría trabajos con esta intención. Me equivoqué, porque son los resultados del seminario “De libros y lectores, siglos XVIII-XIX”, que reúne en el Instituto Mora a jóvenes investigadores bajo la batuta de Laura Suárez, quien también coordina la edición. No se trata por tanto del “orden de los libros” sino de estudios dedicados a una temática por años relegada en la historiografía mexicana. Esta edición se suma a esfuerzos que marcaron tendencias, como Del autor al lector, coordinado por Carmen Castañeda (2002), y otros más ya publicados que muestran facetas de la vida social del libro a lo largo de nuestra historia.

Estantes para los impresos transita entre generaciones y muestra el trabajo de un grupo de investigadores empeñados en desentrañar piezas de la cultura escrita o impresa de México; un campo en auge y pleno desarrollo. No es una novedad temática en nuestro país, pues disfrutamos de una que otra edición similar, aunque no contamos con espacios editoriales idóneos y especializados (Brill, Trea, Katz, Calambur, Iberoamericana, Ampersand y otros), a los que se suma la reciente colección Domus Libri, que impulsan el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y Ediciones de Educación y Cultura. La edición se compone de dos partes y un estudio introductorio. Contiene dos trabajos dedicados al siglo XVIII y 19 sobre cuestiones decimonónicas, exceptuando uno que analiza un producto editorial del siglo XX. La división de la edición, afortunada sin duda, es la primera noticia de que se trata de analizar los espacios sociales donde habitaron los libros y no el lugar que los libros ocuparon en los estantes y arcones.

La compilación se inicia con el estudio introductorio, que presenta un contexto general en el que deben ser comprendidos los textos de la edición, pues existen transformaciones culturales que impactaron la producción y consumo de libros desde el final de la colonia y hasta los años posteriores a la revolución mexicana. Olivia Moreno, autora del primer trabajo, describe la inexistencia de gremios entre los profesionales del libro novohispanos pese a la existencia de normas de carácter mercantil que regularon las actividades y productos. A través de esa normativa, más de carácter político y religioso, presenta una red de comerciantes involucrados en un enredo libresco: Ignacio Rey, Francisco Sedano, Francisco Rodríguez y Manuel Peláez, cuyas librerías abastecían a interesados en tan particular mercadería. Una que intercambiaban libreros generando conflictos y negociando ganancias porque el mercado así lo favorecía. La compraventa de libros fue “clandestina” porque el dueño de los libros no estaba enterado del acuerdo, pero era legalmente responsable de la transacción.

El trabajo de Olivia Moreno, Ana Cecilia Montiel y Manuel Suárez está dedicado al impresor Alejandro Valdés, quien cobra interés porque fue el último impresor novohispano y el primero del siglo XIX, como se aprecia en sus productos. En este sentido, su imprenta participó en los procesos de sustitución “del régimen virreinal”. La reconstrucción de la actividad del citado impresor se hizo con el avalúo de la imprenta de María Fernández de Jáuregui, que Valdés adquirió, y se conserva en la Sutro Library; un testimonio elaborado entre 1817 y 1819, que desentraña lo contenido tanto en la imprenta como en la librería y su valor económico. Por ello, es un texto que maneja cantidades relativas a dinero y volúmenes, aunque esta información no se compara con otros casos similares ya estudiados.

Manuel Suárez, con información del archivo particular de Luis Abadiano y Valdés, también en la Sutro, ahonda en cuestiones empresariales de una imprenta-librería en la ciudad de México y reconstruye las actividades cotidianas por medio de datos contables. Los costos de producción y las ganancias no son frecuentes en la historia de los impresos, y de ahí el valor de este estudio, pues permite reflexionar sobre el costo de una edición novohispana. El impacto comercial de la “papelería de corte administrativo” en estos talleres fue fundamental y requirió un acuerdo o convenio entre impresores y autoridades que no se incluye, pero se apunta la posibilidad de un estudio más extenso que ojalá se realice.

El trabajo de Áurea Maya es realmente fascinante porque analiza la venta de las partituras musicales en la capital mexicana. Se trata de un producto que nos introduce en un mundo cultural que transita cotidianamente entre lo privado y lo colectivo, entre lo femenino y lo masculino, entre lo antiguo y lo moderno. Las prácticas musicales en los hogares de la época y el impacto de ciertos espectáculos como la ópera se conocen a través de quienes imprimían, vendían y practicaban la música en el siglo XIX. Los anuncios de periódicos entre 1845 y 1848 son la base de la investigación pues los impresos no están catalogados ni identificados. Así se presenta al impreso musical en el aprendizaje de ciertos instrumentos y la venta de esos impresos, armonizando una práctica cultural enriquecida con narraciones de época para apreciar la venta y las funciones musicales como la ópera. Los datos presentados permiten cuestionar la alfabetización musical de ese grupo social que consumió tan especial mercadería.

Maria Eugenia Chaoul trata los libros de texto gratuitos entre 1867 y 1887, a través de quienes instruían y por tanto producían textos para escuelas elementales. Más de 2 000 libros de esta instrucción circulando explican los cambios sociales que se producen con la independencia. Una parte de nuestra cultura, en donde participan quienes enseñaron a leer y escribir, sin dejar de incluir los objetos necesarios para tal tarea. Una realidad marcada por modelos pedagógicos y la sistematización de contenidos didácticos en la educación que, a partir de 1867, se establece como laica, gratuita y obligatoria. Nuevas políticas educativas transformaron la actividad de los municipios intentando conseguir los objetivos de un proyecto nacional, vinculado a la uniformidad, el progreso y el patriotismo. Proyecto que requirió supervisión y abastecimiento de textos gratuitos que no eran del alumno sino del Estado.

La colección Cvltura es el objeto de estudio de Freja I. Cervantes. Un producto editorial que nació en un entorno de obras procedentes de editoriales extranjeras y proyectos específicos, como el “americanista del libro español”. Las afectaciones a las rutas de distribución por los conflictos bélicos permitieron la colaboración con intelectuales mexicanos, como las que emprendieron Porrúa y Botas y reclamaba la comunidad intelectual del país. Cvltura fue un programa oficial de publicaciones desde 1916, realizado con la intención de “difundir los saberes mediante libros de bajo costo”. Un proyecto que concluyó en 1923, pero que satisfizo las aspiraciones intelectuales que buscaron estimular la apreciación literaria en una época que requería apoyos institucionales.

Kenya Bello da inicio a la segunda parte de la obra, con la biblioteca de la Academia de San Carlos entre el final del siglo XVIII y el principio del XIX. Se trata de una colección enfocada a la formación académica de los artistas y los saberes que requerían en un contexto donde la lectura es considerada de “utilidad pública” para el buen desempeño de las profesiones y en beneficio del mundo católico. La biblioteca nace en un periodo de grandes transformaciones culturales, pero con directores peninsulares. La independencia afectó su funcionamiento en 1822, pero dos años después reinició actividades como Academia Nacional de Bellas Artes. Las listas de libros permitieron proponer formas de uso de libros en la formación de los artistas y como éstos impactaron en el ejercicio artístico de los siglos XIX y XX.

Laura Suárez estudia los gabinetes de lectura en la capital mexicana entre 1821 y 1867. Un espacio poco conocido, que además de una tarea cultural fue una actividad rentable para Isidore Devaux, el protagonista principal. Los gabinetes rentaban las lecturas que ofrecían por volumen, mes o año, según los interesados que ahí acudían. Inspirados en ideas francesas buscaron favorecer la ilustración en las ciudades. En nuestro país fueron proyectos que enfrentaban un enorme analfabetismo, como el promovido por José Joaquín Fernández de Lizardi: la Sociedad Pública de Lectura en 1820. Los intereses de instrucción pública y comerciales diferenciaron los proyectos de Lizardi y Devaux, y el de este último llegó a ser el “más publicitado y mejor surtido” porque ofertó servicios y publicaciones que lo convirtieron en un centro cultural intermediario para realizar relaciones comerciales y sociales.

La biblioteca particular de Lucas Alamán, uno de los conservadores más importantes de nuestra historia, es estudiada por Javier Rodríguez de la Peña. Al igual que otros similares, en éste se distingue al poseedor por tener “una gran cultura y conocimientos humanistas e ilustrados”, afirmación sustentada en los 1 966 libros relacionados en el inventario post mortem de 1853, que el autor también considera parco en información. Con este y otros documentos, se analizan idiomas y temáticas para explicar los intereses del lector y su nivel cultural, pues la colección se conformó con materiales procedentes del extranjero adquiridos en los viajes que realizó Alamán. Una práctica que se reconoce como característica de la bibliofilia del siglo XIX.

Los dos últimos textos abordan colecciones institucionales. En el primero, Otho Nava explica el origen de las bibliotecas religiosas novohispanas para explicar el nacimiento de la Biblioteca Nacional de México en un contexto político, social y económico complicado, pues su desarrollo se dará entre las confrontaciones de los liberales y los conservadores del siglo XIX. Todos diseñaban un proyecto de país, quizá con las mismas finalidades, pero con diferentes mecanismos. Es un texto que presenta la visión de algunos intelectuales y políticos respecto a la lectura y la idea de una biblioteca pública, pero que descarta el trabajo de los bibliotecarios que transitan de un periodo a otro y que fueron responsables de los inventarios, memorias, catálogos e índices que hoy permiten adentrarnos en el contenido de las bibliotecas novohispanas.

En el segundo, Ana Cecilia Montiel ahonda también en las razones decimonónicas que existían para comprender la Biblioteca Pública del Estado de México en el contexto de los institutos literarios y culturales de los estados. Al igual que otras colecciones públicas, la de Toluca se alimentó de libros procedentes de bibliotecas conventuales pese a que, como instituciones, pretendieron marcar diferencias con el pasado colonial. Estos proyectos también buscaron formar lectores desde la educación, pues ésta fue la base del proyecto social del Estado. De ahí la relación del Instituto Literario del Estado de México con la biblioteca pública, pues fueron instituciones culturales semejantes que participaron en el mismo proyecto ideológico y político. En las bibliotecas públicas del siglo XIX, se invirtió dinero público para comprar libros tanto como para estructurar servicios reglamentados y modernos a cargo de profesionistas con objetivos específicos.

Esta edición ofrece un poliedro de lecturas para cualquier interesado en la cultura escrita de México y tiene afirmaciones sobre las que deberíamos reflexionar. Entre éstas, considerar el libro como una mercancía costosa sin evidencias suficientes ya que el comercio del libro usado cambió el acceso a la cultura escrita. Un mercado alimentado con productos extranjeros, que todavía requiere análisis antes de establecer cifras precisas, pues no es la cantidad lo que importa sino las ediciones que circularon. Por otro lado, que el estudio y reconstrucción de bibliotecas o colecciones son cuestiones distintas, y que debemos considerar otras evidencias como los ex libris de la biblioteca de Alamán y aquellos de los gabinetes de lectura. Éstos ayudarán a establecer las procedencias de los libros conservados en nuestros repositorios. Finalmente, es importante repasar las contradicciones existentes que favorecieron el acceso a las bibliotecas institucionales novohispanas, porque esa posibilidad transformará necesariamente las ideas predominantes sobre la lectura y la alfabetización en nuestro pasado.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 2 (278) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 24 de septiembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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