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Sobre Miruna Achim, From Idols to Antiquity. Forging the National Museum of Mexico

Carlos Illades*

Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa

Historia mexicana,


Entre varias posibles, podemos elaborar dos historias acerca del Museo Nacional: el relato puntual, diario y sencillo sobre cómo se formaron las colecciones, los conservadores que las organizaron, las decisiones gubernamentales que permitieron que esto sucediera, los errores de cálculo y las pérdidas, los aciertos y la preservación de piezas valiosas, los traficantes y charlatanes, los problemas administrativos y las técnicas de restauración, etc. En otro registro, podemos analizar las implicaciones que todo eso tuvo en el discurso estatal, en la constitución de la identidad nacional, en la memoria colectiva o en la mitología política. De hecho, ambas historias se entrecruzan sin confundirse en From Idols to Antiquity. Forging the National Museum of Mexico.

El virrey Bucareli instruyó reunir los vestigios indígenas al ordenar el traslado de “los más exquisitos monumentos de la antigüedad mexicana”, junto con los documentos y pictogramas que había reunido el erudito italiano Lorenzo Boturini, al edificio de la Universidad. Se agregaron a aquéllos los monolitos de la Cuatlicue y de la Piedra del Sol, recuperados ambos en la Plaza Mayor en 1790, mientras José de Iturrigaray intentó dar orden y concierto a los hallazgos mesoamericanos al formar la Junta de Antigüedades. A pesar de su precariedad, estos esfuerzos coadyuvaron al patriotismo criollo -como lo llamó David Brading-, que proveyó de raíces nativas y legitimidad histórica a los descendientes de los conquistadores en su disputa con la metrópoli.

From Idols to Antiquity se ocupa del segundo momento de esta historia, cuando se instituye el Museo Nacional y cuando, también, el pasado indígena entra un tanto a la fuerza dentro del relato nacional. Achim realiza una investigación acuciosa de la iniciativa de Lucas Alamán, ministro de Relaciones Interiores y Exteriores del gobierno de Guadalupe Victoria, que empuja el decreto del 18 de marzo de 1825 por el cual el presidente de la República ordena se sumen a las antigüedades prehispánicas preexistentes otras procedentes de la Isla de Sacrificios, además de las producciones naturales almacenadas en el Gabinete de Historia Natural y el Seminario de Minería, asignándole al museo el Salón de Matemáticas y el patio de la Universidad. Luego vinieron las pequeñas y variopintas donaciones privadas: piezas talladas en piedra de diversos barrios de la capital, objetos de historia natural, varias serpientes emplumadas, rocas traídas de distintos lugares del país. Lo caótico del acopio, aunado a los limitados gastos de operación de la institución, la falta de personal y la inexistencia de normas, obligó a desplegar respuestas casuísticas para tratar de cumplir con uno de los cometidos fundamentales del museo, esto es, evitar que piezas consideradas valiosas para la nación salieran del país. Alamán, la eminencia gris del gabinete, empleó la estrategia de la negociación con mercaderes como William Bullock para hacerlo reintegrar al patrimonio nacional objetos que la institución le había facilitado para una exposición en Londres: nada más lo compensó con una concesión minera. En otros casos se utilizó una autoridad más simbólica que efectiva, girando instrucciones a otras instancias gubernamentales para evitar el trasiego de las piezas. Y, a veces, se realizaron transacciones desafortunadas para enriquecer el acervo, aunque el resultado fuera el contrario.

Otra definición indispensable respecto de la función del museo concernía a si sería éste un gabinete de curiosidades, un almacén de objetos valiosos o efectivamente un museo nacional. Achim sugiere que esta respuesta no se concretó en estos años iniciales de la institución, lo cual nos remite al desencuentro entre la expectativa de un estadista como Alamán, tanto de formar una colección nacional como de forjar el imaginario de una nación independiente, y una realidad insumisa. Pero el ministro, el director del museo (el incansable Isidro Icaza), así como los conservadores, eran un producto intelectual novohispano por lo que la empresa conservó el trasfondo de los gabinetes virreinales y de preservarse como un espacio de sociabilidad criolla. No está de más recordar que pocos años después, en 1833, se llevó a cabo un esfuerzo semejante con la formación del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, a cargo del Conde José Justo Gómez de la Cortina. El centro, que antes de finalizar la década tuvo su boletín, se propuso inventariar las riquezas naturales del país a fin de ofrecer un panorama de la nación sustentado en datos fidedignos y verificables, asumiendo que el conocimiento del medio físico y el registro de las riquezas nacionales serían el fundamento empírico de cualquier proyecto económico que formulara el Estado. Ello nos muestra que, no obstante la debilidad de las iniciativas públicas, mal que bien existía una idea general de hasta dónde se quería llegar.

Achim destaca acertadamente cómo la existencia misma del Museo Nacional configuró una representación de la nación. No fue exclusivamente a través de la difusión de la literatura popular que se conformó esta identidad colectiva (pensemos en El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi), antes bien las antigüedades también formaron parte del guion de la nación. Sin embargo, la generación que fundó el museo no logró completarlo. En cierta medida por sus limitaciones idiosincráticas, pero sobre todo por las inmensas dificultades que confrontaron: un Estado en bancarrota que bien a bien no había logrado establecer el control sobre el territorio nacional, guerras y pronunciamientos militares, el asedio de coleccionistas y saqueadores, y el propio guion de los viajeros quienes, desde Humboldt, llevaron a cabo el inventario personal del territorio americano. De esta manera, cuando apenas se esbozaba el relato nacional, éste fue interferido por discursos alternos e incluso contradictorios.

El problema de fondo estribaba en la virtual inexistencia de un Estado nacional capaz de ofrecer una narrativa coherente sobre la conformación de la mexicanidad de la que pudiera apropiarse la ciudadanía como identidad singular. En su momento, el remplazo de la cátedra de moral por la de civismo, y la enseñanza de la lengua nacional en las escuelas de formación básica harían su parte. No será sino en la segunda mitad del siglo XIX cuando el Estado comience a consolidarse, y será además el periodo en que la dirección del museo recaiga en las diestras manos de José Fernando Ramírez (1804-1871). El historiador y político chihuahuense sistematizó las colecciones, configuró un proyecto riguroso para el estudio del patrimonio cultural mexicano, creó un archivo de códices y de documentos coloniales, además de adentrarse en el conocimiento de las lenguas indígenas. Aunque no sólo eso, a diferencia de sus antecesores ilustrados, afirmó la autonomía cultural de lo que en el siglo XX el etnólogo alemán Paul Kirchhoff conceptualizaría como Mesoamérica. La civilización prehispánica no sería vista ya como una rama extraviada de la antigüedad clásica o de las culturas orientales, adquiriría ahora el estatuto de civilización prístina poseedora de códigos específicos descifrables mediante la herramienta científica.

Achim plantea convincentemente el compromiso intelectual de Ramírez que lo llevó a participar como secretario de Estado en el Segundo Imperio. Como bien sabemos, a sugerencia de Michel Chevalier, Napoleón III hizo que el ejército expedicionario francés fuera acompañado de una comisión científica para emular lo hecho por Bonaparte en Egipto. Sin embargo, conocemos menos que la intervención decidida de Ramírez impidió que se consumara la tentativa de trasladar la colección del Museo Nacional al Louvre. De la misma manera, podemos presumir que el consejo de Ramírez influyó en la decisión de Maximiliano de trasladar el acervo del museo del exiguo espacio que ocupaba en la Universidad a la vieja sede de la Casa de Moneda a un costado de Palacio Nacional, lugar que resguardó la colección hasta la construcción de un nuevo espacio en el bosque de Chapultepec.

En el siglo pasado, a la de por sí pesada carga simbólica que llevaba a cuestas el Museo Nacional, muy bien desentrañada por la espléndida investigación de Achim, Posdata (1969), de Octavio Paz, superpuso otra, más próxima a la mitología política que al relato histórico. De acuerdo con la hermenéutica del poeta, la saga maldita de la violencia mexica constituía la “historia invisible” que repetía circularmente la historia concreta, fáctica. A la dupla Tenochtitlan/Tlatelolco, el régimen autoritario añadió un tercer elemento simbólico, Chapultepec, lugar donde instaló el Museo Nacional de Antropología e Historia en 1964, el edificio más emblemático de la administración de López Mateos. La obra monumental albergó, si bien mutilada (la autora señala que se desmembró la colección de historia natural), la colección reunida a lo largo de 150 años. Pero, más que eso, se convirtió en el nuevo templo del discurso del poder acerca del pasado que, en la temporalidad cíclica de la historia, se actualizaría como futuro. En el culto reverencial a los mexicas -pasando por los conquistadores españoles, los constructores del Estado nacional, hasta llegar al PRI-, la fachada principal del museo -un espejo según Paz- exhibe el símbolo de la mexicanidad, el águila devorando a la serpiente. Y, en su interior, la narrativa visual conduce indefectiblemente hacia el centro, que es la sala de los mexicas, coronada con la Piedra del Sol. El Nobel mexicano cierra el ensayo con la célebre metáfora de la pirámide: “la glorificación de México-Tenochtitlan en el Museo de Antropología es una exaltación de la imagen de la pirámide azteca, ahora garantizada, por decirlo así, por la ciencia”. Por tanto, la crítica de la mexicanidad “pasa por el Museo de Antropología y es asimismo una crítica histórica”. Cuán distantes de esa abusiva resemantización del pasado estaban aquellos hombres ilustrados y generosos que, como pudieron, tuvieron a bien reunir la colección.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 2 (278) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 24 de septiembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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