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Sobre Miruna Achim, From Idols to Antiquity. Forging the National Museum of Mexico

Sandra Rozental

Universidad Autónoma Metropolitana- Cuajimalpa

Historia mexicana,


El libro de Miruna Achim, From Idols to Antiquity, llena un gran vacío historiográfico al enfocarse en las primeras décadas del Museo Nacional, desde su creación por decreto presidencial en 1825, pasando por su complicada instalación en la Universidad, hasta su traslado y apertura al público en la Casa de Moneda casi 50 años después. Hasta ahora, si bien contábamos con investigaciones acerca del museo en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX que mostraban la fuerza de la institución en los procesos de formación de nación y su representación dentro y fuera del país, sabíamos muy poco sobre estas primeras décadas. De hecho, en mucha de la bibliografía se asumía que esta etapa inicial de la institución era un mero preámbulo que llevó de manera lineal al Museo Nacional de Antropología que conocemos hoy. Sin embargo, lo que Achim revela son décadas de trabajo arduo, pero también de improvisaciones, coincidencias, accidentes e incluso negligencias, errores e intentos fallidos, que llevaron a la gestación del espacio expositivo y a la consolidación de su colección. A partir de un estudio detallado de fuentes -documentos internos, reportes, inventarios y oficios en una diversidad de archivos en México, Estados Unidos, Francia e Inglaterra, al igual que publicaciones, memorias, diarios, y cartas de los personajes clave que trabajaron en y para el museo -este libro demuestra que los objetos que conformaron la colección- fueron parte de lo que la autora describe como una “mezcolanza de fragmentos” (p. 2) que se acumularon de manera bastante poco organizada o sistemática, y que tuvieron en estas primeras décadas trayectorias, usos y significados diversos e inestables.

El libro está organizado de manera cronológica, con cada capítulo dedicado a una fase clave en el desarrollo del museo. A la vez, la organización de los capítulos responde a preguntas más de orden teórico en torno a las genealogías que formaron el museo, los regímenes de valor por los que transitaron sus colecciones, y las relaciones sociales y políticas en las que estuvieron inmiscuidos sus objetos. El primer capítulo, “Genealogías”, se centra en la biografía temprana de Lucas Alamán, uno de los principales instigadores del museo, para mostrar que, contrariamente a lo que comúnmente se cree, los orígenes del recinto y de su colección se encuentran en el periodo colonial y en las instituciones virreinales. El capítulo 2, “Medidas de valor”, se centra de nuevo en un personaje clave, Isidro Icaza, el primer curador del museo quien, a pesar de su ambición de fortalecer la institución por medio de un marco legal y de un proyecto educativo, se encontró con un contexto político poco favorable y con mucha competencia por parte de otros coleccionistas, tanto mexicanos como extranjeros. En el capítulo 3, “Coleccionar las ruinas de Palenque”, la autora nos muestra cómo este sitio adquirió una importancia casi mítica para los estudiosos de la antigüedad mexicana y para el público general, y cómo el museo buscó ser parte de las expediciones para explorar y adquirir sus restos. Para esto, buscó colaborar con exploradores extranjeros que contaban con el financiamiento necesario para llegar a tierras tan distantes, e incluso así, se topó con grandes dificultades logísticas por un lado, y políticas por otro, por lo que perdió el control sobre los vestigios de Palenque, muchos de los cuales acabaron repartidos en Europa y Estados Unidos. El capítulo 4, “Modos de exposición”, presenta un periodo difícil para el museo tras la guerra de independencia de Texas y la guerra de México con Estados Unidos, durante el cual recurrió al papel como medio principal para difundir su trabajo y fortalecer su colección. Publicó litografías, dibujos y fotografías que podían circular más fácilmente dada la falta de presupuesto y de infraestructura. El capítulo 5, quizá el más detallado y sorprendente del libro, presenta las labores de uno de los personajes más importantes para la consolidación del museo nacional de 1852 a 1867, José Fernando Ramírez, quien la autora nombra “el guardián del archivo” (p. 171) y que muestra como el motor intelectual de la transformación del museo en una institución de vanguardia académica y de coleccionismo. En efecto, de manera bastante progresista para su época, Ramírez defendió la autoctonía de las civilizaciones antiguas mexicanas que siempre habían sido consideradas imitaciones de civilizaciones de otras partes del mundo. A la par, defendió la relevancia de los estudios sobre ellas provenientes de México y hechas por estudiosos mexicanos y propuso la conformación de un archivo donde se pudiera resguardar toda la información sobre el mundo prehispánico de manera local. Finalmente, el último capítulo del libro explora la historia del museo en otro periodo difícil, esta vez durante la intervención francesa y la puesta en pie del Segundo Imperio bajo Maximiliano de Habsburgo. Durante estos años, Napoleon III creó la Commission Scientifique du Mexique, que disponía de un enorme presupuesto para recabar información y objetos sobre la antigüedad mexicana. Aquí más que nunca, la búsqueda de colecciones se mezcló con el proyecto político, económico y social que implicaba la ocupación de este nuevo territorio por una potencia europea. Achim muestra cómo el museo se volvió parte de las estrategias de Maximiliano para legitimar su gobierno en tierras extrañas. Fue como parte de este proyecto que el museo llegó finalmente a ocupar un lugar central en la política mexicana, tanto de manera simbólica como material: las colecciones se trasladaron a la Casa de Moneda aledaña al Palacio Nacional, donde permanecieron hasta 1964, cuando se construyó el nuevo Museo Nacional de Antropología en el Bosque de Chapultepec. Lo que esta historia revela es que los objetos que ahora entendemos como patrimonio de la nación y que figuran en las narrativas oficia- les como las anclas materiales de la mexicanidad, no siempre lo fueron. Durante estas primeras décadas, no quedaba claro cuál era el origen de las civilizaciones que los produjeron. Tampoco era evidente cuál era el valor de estos vestigios, ni a quién o a quiénes pertenecían. Achim presenta una serie de anécdotas fascinantes y divertidas que dan cuenta de la incertidumbre, ambigüedad e inestabilidad en la que transitaban los objetos que se volvieron parte de las colecciones del museo. Por ejemplo, muestra las prácticas locales de coleccionismo, que competían o al menos existían de manera paralela a las de los especialistas y curadores del museo. Nos encontramos así con el alcalde de Palenque que a principios de la década de 1830 le niega el acceso al sitio a Jean-Frederic Waldeck, enviado del museo y del gobierno federal a explorar las ruinas, a menos de que fuera acompañado por dos guardias locales. También conocemos a la señora Irene, una mujer del mismo pueblo que se había llevado relieves, incluido el famoso y mal llamado “Adoración de la Cruz” del sitio, y vendía piezas a coleccionistas, mientras otros habitantes del pueblo escondían vestigios en sus casas (p. 109). Achim también demuestra la ambivalencia que definía los modos en que las propias élites políticas y culturales que hicieron el museo se relacionaban con los objetos del pasado prehispánico. Nos narra las prácticas de coleccionismo de muchos de sus estudiosos más importantes como prácticas de socialización entre caballeros que intercambiaban objetos, los llevaban a sus casas y donaban al museo en redes de confianza establecidas por su posición social (p. 86). Vemos también cómo los mismos curadores y directores del museo estaban ávidos de intercambiar objetos prehispánicos por objetos que reforzarían el perfil del museo como una colección universal: momias egipcias, minerales exóticos, pájaros disecados y hasta una buena copia de la declaración de independencia de Estados Unidos y seis retratos de sus presidentes (p. 90). Durante las guerras de Reforma, Achim nos describe quizá el caso más extremo de esta falta de definición del valor de las antigüedades mexicanas: las instalaciones del museo fueron utilizadas como cuartel por los soldados mexicanos, quienes usaban sus colecciones de manera pragmática como asientos y mesas para jugar cartas o incluso las empleaban para guardar conejos (p. 207). En este panorama, Achim subraya que había poco consenso sobre lo que significaban estos objetos, cuál era su valor y si valía la pena o no conservarlos.

Uno de los argumentos principales del libro es que las leyes de protección, preservación y exhibición que rigieron las primeras décadas del museo no corresponden necesariamente a las prácticas en torno a las antigüedades que generaron la colección y definieron el espacio de exhibición del Museo Nacional. En este sentido, la autora se enfoca en las condiciones materiales que estaban disponibles en sus diferentes etapas y que no necesariamente permitieron que funcionara del modo en que sus creadores y curadores lo habrían querido. En especial, Achim nos muestra cómo, durante estas primeras décadas, las limitaciones presupuestarias, la poca infraestructura, el difícil acceso a los sitios prehispánicos, el peso mismo de los objetos y la falta de voluntad política acecharon el quehacer del museo y limitaron los proyectos ambiciosos de sus directores.

La autora enmarca estos ires y venires en el museo dentro del contexto político de la época y, de hecho, argumenta que más que verse afectados por la inestabilidad y las pugnas que definieron al periodo, son parte constitutiva de ellas. En efecto, muchos de los personajes que figuran en la historia del museo son parte de las élites políticas que luchaban por definir y asentar el destino de la nación mexicana poco después de su independencia. Además, las pugnas entre liberales y conservadores, entre centralistas y federalistas, y las guerras internas, al igual que contra potencias extranjeras, definieron dónde y cuándo se podía realizar investigación y enriquecer la colección del museo. Vemos por ejemplo cómo, en 1826, el gobernador del Estado de México, Lorenzo Zavala, se opuso rotundamente a mandar parte de un esqueleto de mamut hallado en Texcoco al museo dada su postura en contra del centralismo avasallador del gobierno federal (p. 67). En 1827, al mismo tiempo que viajeros europeos y estadounidenses estaban visitando esta región para recolectar antigüedades, el gobernador de Yucatán mandó decir al museo que ya no había más objetos prehispánicos en su estado dado ya que todos habían sido destruidos por los españoles durante la conquista, para evitar que se llevaran más vestigios a la ciudad de México (p. 66). Achim también plantea cómo, unos años más tarde, la Guerra de Castas definió los avances de las investigaciones sobre Palenque (pp. 125-236). Así, vemos claramente que las agendas políticas, económicas y comerciales estaban íntimamente ligadas al desarrollo de la arqueología y del coleccionismo durante las primeras décadas del Museo Nacional.

Si bien la autora enfatiza el hecho de que los inicios del museo no corresponden a una lógica nacionalista o a un deseo explícito y consciente de plasmar la historia oficial en piedras, sí nos muestra los esfuerzos por parte de los curadores locales por participar de manera activa en la generación del conocimiento sobre la antigüedad mexicana. Desde tiempos de Icaza, pero sobre todo durante la administración de Ramírez, vemos cómo los estudiosos mexicanos batallaban para formar parte de una comunidad académica que estudiaba las ruinas, publicaba acerca del pasado mexicano y coleccionaba sus vestigios, y de no ser simplemente las fuentes de estudios hechos por científicos y exploradores extranjeros. Achim presta especial atención a las labores de Ramírez para validar los saberes locales, en particular cómo el conocimiento de la procedencia de los objetos y del náhuatl permitía interpretar las ruinas y disipar los “sistemas fantasiosos” (p. 203) que caracterizaban a muchos de los estudios hechos fuera de México. Ramírez y otros de esta época se opusieron al saqueo de los objetos y a su salida del país. Consideraban que las antigüedades mexicanas pertenecían a México y debían permanecer en este país no porque fueran intrínsecamente mexicanas, sino porque ahí estaban siendo estudiadas. Achim enfatiza que los curadores locales buscaban desarticular los prejuicios de las academias europeas y estadounidenses, que imaginaban que sacar los objetos de México era un modo de rescatarlos del descuido y la ignorancia.

Sin embargo, dado que uno de los argumentos centrales que se reitera en los diferentes capítulos del libro es que los objetos prehispánicos no estaban fijos en un régimen de valor específico, sorprende el uso que hace la autora del término “propiedad cultural” para referirse a ellos. De hecho, Achim no explica su uso de este término, que da por sentado pero que parece anacrónico en el contexto que describe y que fue acuñado de manera mucho más tardía y en otras partes del mundo. En México, de hecho, es una fórmula que se utiliza poco justo porque existe una gran ambigüedad en torno a la propiedad de los bienes culturales, que se resolvió de manera más tardía con la categoría de “patrimonio de la nación”. Hubiera sido interesante que la autora explicara su uso del término dados los múltiples y muchas veces solapados regímenes de valor y de propiedad en los que transitan estos objetos en su narrativa. Esto sería especialmente interesante puesto que la autora revela ciertas peticiones de repatriación y de restitución de colecciones prehispánicas muy tempranas, casi avant la lettre, hechas por Maximiliano y por Carlota durante el Segundo Imperio. Juntos solicitaron el regreso de objetos que formaban parte de las colecciones del Museo de Bruselas y del de Viena, pues tenían gran valor simbólico para el público mexicano al representar la soberanía indígena usurpada durante la conquista (p. 242). Con cada vez menos apoyo por parte de las potencias europeas, estas peticiones dieron pocos resultados exitosos -el regreso de un escudo que al parecer había pertenecido a Moctezuma- y no fueron atendidas en su mayoría, pero al menos nos muestran que había una consciencia local -si bien reflejada en la cúpula de un poder extranjero instalado en tierras mexicanas- de que ciertos objetos estaban íntimamente vinculados a México y a formas de soberanía local.

En resumen, este libro nos abre una ventana a las décadas en las que se forjó una de las instituciones que hoy en día entendemos como clave en los procesos de formación de la nación mexicana. Achim desarticula los mitos nacionalistas, y yo diría priistas, que nos hicieron siempre pensar en este espacio y en esta colección como un esfuerzo coordinado y consciente para consolidar una narrativa oficial de manera material. Nos muestra las yuxtaposiciones, accidentes, ausencias, errores y las relaciones personales que marcaron los inicios del museo por medio de un estudio minucioso de fuentes que teje en una narrativa histórica rica y fluida que entretiene a la vez que informa. En el epílogo, la autora retoma sus conclusiones y, en el último párrafo del libro, nos dice que su estudio complica las narrativas del Museo Nacional y del patrimonio que hoy en día están siendo cuestionadas desde muchas disciplinas académicas, pero también desde las comunidades locales que hacen uso de estos sitios y vestigios para sus propios fines. Deja a sus lectores deseosos de saber más acerca de cómo sus conclusiones dialogan con estas discusiones recientes sobre el lugar de los museos y del patrimonio en los procesos de Estado y las tecnologías del poder, las relaciones entre las comunidades de origen y los objetos que han sido proclamados patrimonio, y la materialidad y agencia de las colecciones arqueológicas en contextos contemporáneos.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 2 (278) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 24 de septiembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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