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Sobre Alberto Harambour R., Un viaje a las colonias. Memorias y diario de un ovejero escocés en Malvinas, Patagonia y Tierra del Fuego (1878-1898)

Florencia Roulet

Historia mexicana,


El libro publicado en la colección Fuentes para la Historia de la República, de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Chile, y por el Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, de Chile, contiene cuatro memorias, un diario y un breve vocabulario de términos selknam escritos por William Blain, un modesto ovejero escocés que participó durante dos décadas (1878-1898) en lo que Alberto Harambour designa apropiadamente como la extensión de la “soberanía ovina” en las islas Malvinas, el Estrecho de Magallanes y Tierra del Fuego.

Como muchos de sus compatriotas tentados por la aventura de hacer fortuna en las remotas regiones hacia donde se expandía la presencia colonial británica (Australia, Nueva Zelandia, Canadá y el extremo sur patagónico), Blain fue contratado en 1878, a los 27 años, por la empresa Bellion & Brothers para trabajar por cinco años como ovejero en las Malvinas Occidentales. Tras permanecer dos años con su empleador inicial y cuatro con la empresa Holmstead & Blake, Blain se trasladó al continente a inicios de 1883, siguiendo el movimiento de colonización ovina de la Patagonia, que dependía de capitales privados británicos y de rebaños procedentes de las islas Malvinas. Empleado por el escocés Thomas Greenshields, participó en la fundación del establecimiento ganadero de la empresa The Monte Dinero Sheep Farming Company en Punta Dungeness, situada en el límite oriental del Estrecho de Magallanes, en la frontera misma entre los territorios argentino y chileno. A la muerte de su patrón, a principios de 1890, William Blain era propietario de un rebaño de 1500 ovejas, algunas vacas, varios caballos y yeguas, que vendió a la firma Greenshields & Sparks tras aceptar una oferta que lo llevaría al otro lado del Estrecho, como empleado de la Tierra del Fuego Sheep Farming Company.

Durante los ocho años de su permanencia en Springhill, en la bahía Lomas de la Isla Grande de Tierra del Fuego, Blain formó parte del frente pionero del poblamiento “blanco55 de la isla, en sentido norte-sur, mientras las misiones anglicanas y los buscadores de oro los habían precedido a partir del sur. Este proceso de colonización basado en la apropiación de tierras, en la introducción de ganados y alambrados, en la alteración de la fauna autóctona y en la erradicación de la población nativa por exterminio directo o por captura, seguida de la deportación a las misiones salesianas de la isla de Dawson y Río Grande y de ensayos de asimilación forzada a la vida “civilizada”, se dio con una rapidez y una brutalidad extremas. Su consecuencia directa fue la vertiginosa extinción de la población indígena nativa, selknam u ona, alakaluf y yámana. En 1898, último año de la estadía de Blain en Tierra del Fuego, la misión salesiana de la isla de Dawson acogía a 550 indígenas, el máximo de población que llegó a tener. En 1911, tras años de epidemias que causaron fuerte mortandad, sólo quedaban en ella 25 indios.1 En lo que respecta a la parte argentina de la Isla Grande, el gobernador Gabriel Fernández Valdés cifró la declinación del número de habitantes originarios de unos 2 500 individuos estimados en 1883 a no más de 500 en 1903 y a sólo 155 en el momento de escribir su informe, en 1912.2

William Blain, que había trabajado en las Malvinas en un espacio carente de población nativa y en el Estrecho tuvo encuentros amistosos con grupos tehuelches, actuó en Tierra del Fuego durante el apogeo del proceso que llevó al aniquilamiento de la población originaria del territorio. Su jefe directo, el galés Mont Wales -señala Alberto Harambour en su estudio introductorio- era uno de los “duros55 en materia de persecución contra los selknam y Blain admite abiertamente haber participado “con renuencia” en verdaderas cacerías de indios. Su relato tiene por lo tanto valor de testimonio de primera mano acerca de ese doloroso momento de avance del capitalismo e incipiente construcción de soberanías estatales en el extremo sur de América.

William Blain era un hombre rústico, de familia modesta, que durante su infancia había pasado más tiempo trabajando en el campo que sentado en los bancos de una escuela. Consciente de sus limitaciones literarias, advierte en las primeras líneas de su texto que “entre una mala memoria y la falta de gramática me temo que fallaré en ser entretenido o instructivo”. En efecto, su prosa es árida. La tosca sintaxis, la monotonía del relato de su vida de ovejero y el empleo de expresiones escocesas cuyo sentido no siempre parece ser claro para los intérpretes, sumados a frecuentes errores de transcripción que una edición más cuidada hubiera podido evitar, vuelven por momentos tediosa la lectura. No estamos frente a un escritor de la calidad de Lucas Bridges, que dio a sus memorias la agilidad y la intensidad narrativa de una novela.3

Sin ánimo de seducirnos, Blain hace desfilar en retahila sus trabajos y sus días. Días que se suceden y se asemejan, al ritmo de las estaciones y del ciclo de vida de las ovejas: los desembarcos de ovinos procedentes de las Malvinas, las largas jornadas de pastoreo que dejan exhaustos a perros, caballos y ovejeros, los rigores del invierno que congelan el suelo y obligan a fundir pedazos de hielo para hacerse el café diario y dar de beber a los animales, el tiempo de la parición y el cuidado de los frágiles corderos, la incesante búsqueda de caballos y ovejas perdidos, la construcción de casas, galpones y corrales, el tendido de alambrados, los baños de ovejas, la esquila y marcación, la doma de algún caballo, el degüello de los capones para alimento, los domingos dedicados al remiendo de camisas y al deporte de cazar guanacos, gansos o flamencos, el hallazgo de ovejas muertas por el frío o por los pumas y las obstinadas cacerías de esos “carniceros peludos” y de los perros que también se ceban en las ovejas. Una vida ruda, solitaria, que se desenvuelve en un universo social casi exclusivamente masculino: las pocas mujeres que menciona son las que conoce en la posada donde se aloja en Punta Arenas, algunas novias escocesas que viajan al fin del mundo para casarse, un puñado de indias y las damas que compartirán su viaje de regreso a Escocia en 1898. En ese ambiente de hombres la desinhibición llega al punto de que dos ovejeros pueden tener una discusión pública como “Adán y Eva en el jardín del Edén” sin que los presentes se sonrojen.

Varonil e igualitario, ese mundo de confines es también resueltamente cosmopolita. Después de haber estado casi entre puros escoceses en Malvinas, Blain admira la “mixtura de nacionalidades” que se observa en Punta Arenas: británicos, portugueses, griegos, italianos, españoles, tehuelches, austríacos, suizos, indios canoeros, y hasta algún chileno. La presencia del Estado se limita a un gobernador sin poder para asignar tierras, una oficina de correos, un registro civil, y algunos soldados y policías que no dudan en retirarse a sus barracas ante el desembarco de los uniformados marinos de un barco de guerra inglés. Ya instalado en Monte Dinero, en el extremo este del Estrecho, el desfile de personajes nómades de las más diversas nacionalidades será incesante: buscadores de oro, ovejeros, empresarios, peones chilenos, algún argentino e indios tehuelches curiosos y hospitalarios.

Ovejero sin alcurnia ni pretensiones, Blain participa sin embargo de la mirada imperial que sutilmente describe lo que observa como una anticonquista, es decir, mediante “estrategias de representación por medio de las cuales los sujetos burgueses europeos tratan de declarar su inocencia en el mismo momento en que afirman la hegemonía europea”.4 Al contemplar el hermoso paisaje patagónico, Blain exclama: “De verdad parecía como si la naturaleza nos hubiera estado esperando para bienvenirnos en un país deshabitado”. Como por arte de magia, la ocupación indígena del territorio se vuelve invisible y con ella todo eventual derecho a una tierra que los blancos se están repartiendo ávidamente. Cuando se hace cargo de sus funciones en Tierra del Fuego, comenta las estrictas órdenes de su jefe de no “maltratar a los indios si era posible”. Los selknam están allí, en tierras que hasta entonces consideraban suyas. Blain los ve, los visita en sus campamentos, los describe a veces someramente, llega incluso a tomar las medidas de algunos de ellos, pero sólo parecen existir para darle a su relato el toque de exotismo que sus oyentes esperan. El mismo había partido al Atlántico Sur tras haber oído historias de “naufragios y gente desembarcada entre salvajes”. No iba pues a defraudar a su auditorio ahorrándole el espectáculo de ese mundo y esas gentes “salvajes”.

Si su descripción de los tehuelches o patagones es benevolente -los indios se muestran interesados por el modo de vida de los colonos, la mayoría es capaz de conversar en español, son acogedores, honestos, amables y tan generosos como para ofrecer espontáneamente “una novia” al escocés-, los selknam no encuentran ninguna gracia a sus ojos. El mero examen de un campamento abandonado en la precipitación lo lleva a pensar “que no existía una clase de personas más degenerada” y que “todos en su estado natural están asquerosos”. Al punto que se refiere a los grupos indígenas con los que entra en contacto con los mismos términos que usa para las ovejas: no son familias, tribus ni clanes sino “lotes” de indios, y el trato que reciben al ser capturados es análogo al de los animales: corte de pelo, baño en la poza de las ovejas e imposición de ropas viejas para cubrir su desnudez. Las formas de resistencia indígena al avance colonizador -corte de alambrados, muerte de ovinos seguida del entierro de sus pieles, merodeo cerca de la zona donde pastan las ovejas- son asimiladas a delitos contra la propiedad que justifican el uso de “medidas más estrictas”. Blain menciona con un dejo de pudor el recurso a dos cazadores de indios a quienes contrató para “despejar los alrededores del campamento de hombres, mujeres y niños”, sin derramar sangre como no fuera en defensa propia. Los hombres regresaron alegando que habían logrado su propósito sin disparar más que a los perros. Prueba de la eficacia del método es que los niños capturados más tarde “ estaban muy temerosos del rifle” y tenían impresa en sus mentes “la consecuencia de huir”. También relata sin entrar en detalles el encuentro con un hombre que regresaba con 800 ovejas y 11 arcos y flechas, presumiblemente de los indios que había matado. La violencia de la colonización ovina de la isla y la desesperada lucha por la sobrevivencia de los selknam aparecen apenas entre líneas. Sin un dejo de empatia ni un asomo de remordimiento, Blain se limita a constatar que “ninguno de los onas que conocí sobrevivieron a la vida civilizada por mucho más tiempo [que un año]”.

Inocencia de la anticonquista. Un rasgo de la mirada imperial que Blain comparte con Bridges. Pero, mientras para este último la “cooperación amistosa” que había practicado su familia con yámanas y onas en Ushuaia y Harberton era la alternativa al exterminio y al cautiverio que proponían ovejeros, buscadores de oro y misioneros -dándose de este modo una buena consciencia de protector de indios que lo exculpaba de las dramáticas consecuencias de la colonización blanca de la isla para los nativos-, Blain asume sin complejos, aunque con palpable incomodidad, las opciones más extremas. Al fin de cuentas, quizá su mayor defecto -el tosco manejo de la pluma, las frases directas y sin adornos - sea su virtud primera.

Los textos de William Blain están precedidos por un útil y bien documentado estudio introductorio de Alberto Harambour y acompañados de numerosas citas que aclaran algunos términos, rastrean a los principales personajes mencionados por Blain, amplían datos sobre ciertas situaciones y remiten a una amplia y actualizada bibliografía. Semejante trabajo de investigación hubiera merecido una revisión más cuidadosa de la traducción y un mapa de la región y los lugares que menciona William Blain más detallado que el que figura en la p. 30.





Notas al pie:

1.

fn1 Clara GARCÍA-MORO, “Reconstrucción del proceso de extinción de los Selknam a través de los libros misionales”, en Anales del Instituto de la Patagonia, 21 (1992), pp. 33-46 (consultado en http://www.bibliotecadigital.umag.cl/bitstream/handle/20.500.11893/996/Garc/C3/ADa-Moro_Anales_1992_vol21_pp33-46.pdf?sequence=l&is Allowedly).

2.

fn2Citado por María Andrea Nicoletti, Indígenas y misioneros en la Patagonia. Huellas de los salesianos en la cultura y religiosidad de los pueblos originarios, Buenos Aires, Continente, 2008, p. 176.

3.

fn3Lucas BRIDGES, El último confín de la Tierra, Buenos Aires, Rumbo Sur, 2003.

4.

fn4Mary Louise PRATT, Ojos imperiales. Literatura de viajes y transcultaración, Quilmes, Universidad Nacional de Quilmes, 1997, p. 27.


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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 69, Núm. 4 (276) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 18 de marzo de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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