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Nerea Aresti, Julia Brühne y Karin Peters (eds.), ¿La España invertebrada? Masculinidad y nación a comienzos del siglo XX

Nathaly Rodríguez Sánchez

El Colegio de México

Historia mexicana,


Uno de los mayores retos que enfrenta la historia del género es la compartimentación del análisis. Si bien las iniciadoras de esta corriente historiográfica crítica adelantaron durante las décadas de los años setenta y ochenta aquellas batallas epistemológicas que eran necesarias para reclamar la relevancia del género como categoría útil para el análisis histórico -parafraseando a Joan Scott-, sus practicantes aún encaran el desafío de posicionar a tal elemento como una línea de investigación imprescindible para todo estudio histórico con pretensiones holísticas. A pesar de la refrendación continua de esta necesidad por esa corriente, que ya cuenta con casi cincuenta años de práctica, el género todavía suele aparecer como la preocupación de unos cuantos especialistas, como un asunto a observarse en ciertos ámbitos o temáticas que se supone le son propios, o como una breve mención en los trabajos de historia social y cultural con mayor sensibilidad hacia los debates planteados al respecto. El libro del que nos ocupamos en esta reseña se encarga hábilmente de confrontar y desvirtuar esas compartimentaciones: asume el análisis de un objeto común de la historia más tradicional, la construcción de la nación, explorando y dejando en evidencia las metáforas y estructuraciones de género que lo solventan y atraviesan.

Esta obra toma como base, por una parte, la inmersión en la crisis sociopolítica que enfrentó España en las cuatro primeras décadas del siglo XX y que se interpretó en términos de fragmentación y decadencia de la nación, y por otra, la recuperación de un parámetro de análisis aportado por los estudios de género según el cual en las narraciones de nación se les concede a dichos proyectos colectivos las características atribuidas a lo masculino -entendido como condición social supravalorada-, pues es un mecanismo útil y naturalizado para legitimarlos y empoderarlos. Así pues, profundizando mediante agudos análisis en la coyuntura señalada, y tomando el ensayo España invertebrada (1921), de José Ortega y Gasset, como indicio de la lectura arquetípica que se sostuvo en la época sobre la situación de crisis, los autores demuestran que el fracaso de la nación que se acusaba en el conflictivo inicio del siglo XX español fue expresado en términos de una masculinidad en declive -y su regeneración, por lo tanto, en palabras de revitalización o remodelación de la misma-. La propuesta resulta innovadora al concentrarse en la vivencia de la nación fragmentada, invertebrada, más que en la creación de los mitos nacionalistas.

Sumado a esta profundización puntual, las creativas investigacio nes que componen esta obra evidencian mediante la revisión de muy diversas fuentes que el lenguaje político utiliza, para legitimar ciertas posiciones y plantear antagonismos, múltiples referencias que aluden a una estable ideación y jerarquía de lo masculino y lo femenino. Los autores nos advierten que para comprender la resonancia de ciertas interpelaciones políticas, en especial las relacionadas con la nación, es necesario identificar los significantes casi automáticos que brinda el género a sus formuladores. La construcción de lo público-político en una sociedad, insinúan, no es ajena al orden y significados de género que ésta ha desarrollado: estos últimos se convierten en una suerte de caja de herramientas para el discurso y juego político pues, al hablar de jerarquías estables y comportamientos deseables, facilitan la elaboración y comunicación de las posiciones que asumen las partes en confrontación.

El libro está constituido por 15 capítulos. Entremezclando aproximaciones en clave de historia cultural y estudios literarios, nos sumerge en un minucioso análisis de los discursos que aludían a la crisis española, tarea que observa en múltiples lugares y tiempos de la coyuntura. La propuesta se organiza en cinco partes que permiten al lector un recorrido integral desde el momento de la creación de la metáfora de la nación emasculada como medio para expresar la crisis política -dejando en claro la relación que tal visión sostenía con la proyección de cierto estereotipo de masculinidad hegemónica-, pasando por la constatación de la vitalidad que tenían tales imaginarios en la cotidianidad de diversos grupos y en el plano político, hasta llegar a la promesa de superación de la hombría maltrecha que habitaba en los discursos reaccionarios que, posteriormente, estarían en la base argumentativa del régimen franquista. Revisemos cada una de esas partes.

En la primera sección encontramos cuatro textos que, a manera de una historia de las ideas, presentan un análisis en clave de género del discurso sostenido por Ortega y Gasset en aquel ensayo de 1921 en el que reflexionaba sobre la situación por la que atravesaba la nación española. Para este connotado filósofo, tal nación estaba aquejada por el mal de los particularismos y por la falta de hombres guías insignes que inspiraran el derrotero colectivo. La masculinidad debilitada estaba entre las causas, pruebas y resultados de la decadencia nacional. La nación española, a ojos de Ortega y Gasset, no contaba con los hombres necesarios para su rearticulación y puesta en marcha hacia un futuro prometedor. Más allá de delimitar la excepcionalidad de las reflexiones orteguianas, los textos que componen la primera parte del libro demuestran que dicha lectura estaba íntimamente relacionada con las inquietudes y visiones que se sostenían en la época sobre la situa ción de la nación y que, por demás, el escritor utilizó un lenguaje e imaginarios de género que fueron empleados comúnmente en el periodo para expresar la percepción de la decadencia.

En este sentido, el texto de José Javier Díaz Freyre nos muestra que Miguel de Unamuno también compartía esa visión de una nación debilitada y que también expresó dicha lectura en términos del fraca so de la masculinidad española -criticando el estereotipo donjuanesco - . La preocupación y lectura de la época son así resaltadas, aunque con esa inmersión se insinúa que no existía un acuerdo sobre el camino para la resolución del impasse. La profundización en el pensamien to de Ortega y Gasset y sus referentes de género avanza en el texto de Carl Antonius Lemke, que se encarga de delimitar la tradición de pensamiento de la que el filósofo era heredero, así como participante activo y difusor. En tal tradición, resalta el autor, prevalecía la concepción de la "dualidad radical de los sexos" de origen simmeliano -una que entregaba las características de acción a lo masculino, y de pasividad y dependencia a lo femenino-, argumentación que le facilitaría a Ortega y Gasset los elementos para elaborar su explicación sobre el declive de la nación en palabras de masculinidad debilitada. Por su parte, el texto de Zaida Godoy, viendo las proyecciones de esa lectura, denota que dicha caracterización de la nación, deseable en términos de una masculinidad fortalecida, no sólo fue patrimonio español: fue una conceptualización también utilizada en otras latitudes, asunto que se evidencia claramente al analizar el nacionalismo mexicano de los años veinte. La autora prende entonces las alertas para adelantar el análisis en otros contextos y, tal vez, delimitar los lugares de origen de tales asociaciones. Finalmente, Aurora Morcillo propone una reapropiación crítica de la filosofía orteguiana que resulte útil para la historia de las mujeres, trabajo difícil ante la subvaloración de lo femenino que mantuvo el autor en su obra. Morcillo invita a un cruce entre los postulados de Ortega y Gasset sobre la historia, en los que relegaba a las mujeres a un plano pasivo e invisible, con ese radical "yo soy yo y mis circunstancias". Un encuentro entre los parámetros de la propuesta orteguiana que, estima y anima la autora, abriría la puerta a la reinterpretación de la acción de las mujeres aun en los ámbitos de la subordi nación y que puede ser bien aprovechada por la historia oral. En conjunto, los cuatro ensayos introductorios familiarizan al lector con el pensamiento de Ortega y Gasset y lo muestran anclado a las inquietudes e interpretaciones de sus contemporáneos.

Pero la exploración que propone la obra no se queda en un análisis de las ideas. La segunda parte del texto conduce al lector a la visualización del dinamismo que tenía en la cotidianeidad de la sociedad española la idea de redención de la nación mediante el remodelado urgente de lo masculino, que se suponía en declive. Los tres capítu los que componen esa segunda parte demuestran que el modelo de masculinidad deseada era un verdadero lugar de interpelación para la experiencia masculina y para el control de la actividad política en medio de la crisis. Las autoras se encargan de adentrarnos en espacios, comunidades y socializaciones distintas para mostrar la fuerza viva que tenían estas ideas.

Así, Natalia Núñez, mediante una reconstrucción en detalle de los objetivos, desarrollo e impacto del Congreso Eucarístico Internacional de Madrid de 1911, devela la tensión que convocaba el llamado a una masculinidad fortalecida en los hombres católicos españoles a inicios del siglo xx. Ante el señalamiento de debilidad, ellos reaccionaron mostrando un equilibrio entre fe y virilidad. El modelo hegemónico, sin duda, hacía reclamos que eran sentidos en todos los sectores, y de ellos no se libraba ni el rey. Ese último es justamente el ámbito de investigación de Mónica Moreno y Alicia Mira, interesadas en las lecturas que diferentes sectores hicieron de la gestión y figura de Alfonso XIII. Las autoras dejan claro el papel que en dicha evaluación tenía el contraste que se hacía entre el rey y el modelo hegemónico de masculinidad, y cómo las lecturas -más allá de toda realidad- se basaban en las inten ciones de los evaluadores. Finalmente, el texto de Nerea Aresti analiza el modelo de masculinidad enarbolado por el nacionalismo vasco, la relación de antagonismo que éste propuso con el modelo castellano, y se pregunta si la relación trabajo-hombría es realmente piedra angular en todas las formulaciones de masculinidad. Aresti muestra la fuerza del estereotipo hegemónico, pero notando otra de sus facetas -como contraejemplo-, y pone a prueba un preconcepto de la investigación sobre masculinidades.

Señalando la importancia que los referentes de género tuvieron para la expresión de la lectura de la crisis política, la tercera parte nos lleva al terreno de lo simbólico y nos acerca a varios productos literarios y cinematográficos de la época en los que se trató el asunto. Con las aproximaciones de Lisa Zeller, Karin Peters y Julia Brühne a obras claves de Ramón Pérez de Ayala, Ramón del Valle-Inclán y Luis Buñuel, respectivamente, se hace notorio que la representación ficcional de la decadencia, del trauma de la desintegración nacional, tomó el rostro de personajes masculinos débiles, prevenidos, dubitativos, burlescos o incapaces de satisfacer sus deseos. La evidencia de esas debilidades, en todo caso, iba acompañada de un llamado -implícito- al arreglo de la situación. Sin embargo, Dieter Ingenschay, al recuperar una experiencia de masculinidad homosexual, advierte que algunos vivieron y se interpretaron en la ruptura diáfana y gozosa del modelo. La hegemonía tenía límites. En conjunto, la tercera y cuarta parte del libro muestran cómo la conceptualización de una nación emasculada azuzaba los miedos de la sociedad española.

Notando la fuerza de ese imaginario, la cuarta parte de la obra se interesa por los discursos que la derecha articuló en la coyuntura; narraciones que ofrecían redimir a la nación con los brazos de un hombre hipermasculinizado. Christian von Tschilschke y Zira Box, al resaltar los hilos de esos discursos, evidencian la centralidad que en la promesa de redención tenía la figura de un hombre marcial, violento y simbolizado en términos de verticalidad. La última parte del libro, compuesta por los textos de Elena Díaz y Claudio Castro, demuestra el impacto que tenía tal imagen en la construcción de la legitimidad del gobierno autoritario. Un impacto tal que interpelaría a los derrotados republicanos - aun a los exiliados- y que implicó un robusto proceso de desconstrucción en la transición.

La lectura caleidoscópica que da cuerpo a la obra sustenta de forma novedosa la relación entre nación y masculinidad, demostrando a su vez la agudeza que aporta la mirada de género a los estudios históricos. Sus logros animan el avance de esfuerzos similares.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 69, Núm. 3 (275) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Pablo Yankelevich. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 2 de diciembre de 2019. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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