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Fabiola Bailón Vásquez, Mujeres en el servicio doméstico y en la prostitución. Sobrevivencia, control y vida cotidiana en la Oaxaca porfiriana

Romana Falcón*

El Colegio de México

Historia mexicana, 2019


Como disciplina, la historia tiene más de 2 400 años de edad; nació cuando Heródoto de Halicarnaso se interesó por los tiempos pretéritos y llevó a cabo una investigación con el objeto de satisfacer sus dudas. Desde entonces, y hasta hace poco menos de 100 años, sólo imperó un tipo de historia: la política, una narración paradigmática, vista desde arriba, centrada en las cúpulas de la sociedad y siempre ávida de referir grandes batallas y sucesos laureados, así como de inmortalizar a los detentadores del poder. Hoy en día el panorama ha cambiado radicalmente: la historia se ha diversificado al punto de incluir entre sus intereses a estratos sociales que por mucho le resultaron invisibles a la mayoría de los estudiosos de otras épocas. Nuestra mira se ha ensanchado.

Así, ignorada por siglos no obstante su inconmensurable antigüedad, desde hace algunas décadas se han publicado excelentes investigaciones relacionadas con el tema de la prostitución en diversos estados del país, lo mismo que en el resto de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Semejante avance ha sido posible gracias a los estudios sobre subordinación, resistencia y género, aunque también a los archivos que emanaron del decidido impulso gubernamental en todos los países de Occidente (y tal vez de Oriente) por clasificar, vigilar y controlar a estas mujeres, pues el resultado de semejante empeño fue una legislación amplia y catálogos fotográficos maravillosos, materia prima para los historiadores interesados en aproximarse a ese mundo.

Sin embargo, la obra en cuestión no es meramente un libro más sobre la vida de las meretrices. Allende otros estudios enfocados al mismo tema, incluidas las tesis de maestría y doctorado de la autora,1 en realidad se trata de una obra sui generis, ya que contiene aspectos historiográficos innovadores que aportan nuevas líneas de investigación en diversos temas. La primera de esas aportaciones es la inclusión de un grupo respecto del cual existen pocas investigaciones históricas: las trabajadoras domésticas, mujeres que, entre otras actividades, lavaban, planchaban, guisaban, cuidaban a los enfermos y daban leche materna a los niños de las familias acomodadas, tareas por demás absorbentes en épocas previas a la industria de los electrodomésticos. Se trata de un enfoque digno de encomio, puesto que enlazar a las trabajadoras sexuales y las domésticas del Oaxaca porfiriano permite entender a estos dos tipos de mujeres en función de su lucha por la supervivencia, así como de su resistencia al control gubernamental, incluidas las respuestas que generaban frente a los cambios y continuidades de su entorno social.

De tal suerte, la autora no se limitó a referir la óptica de las instituciones, ideas, estereotipos, leyes y reglamentos con que las élites buscaron conocerlas a fin de controlarlas. Todo lo contrario, invirtió la perspectiva y buscó verlas como actores sociales de gran dinamismo, mujeres que en buena medida se negaron a aceptar las políticas imperantes, tanto el sometimiento de las autoridades y del Estado como el dominio privado en las casas y los burdeles. Cabe agregar que, más allá de semejante aportación, o sea, de advertir la complejidad dialéctica del control, el libro también explora las relaciones horizontales: sus conflictos internos, riñas y desavenencias que formaban parte de su vida diaria “la gran mayoría, se vio involucrada en conflictos entre ellas mismas o contra el género opuesto. En realidad, el hilo conductor de su cotidianidad era sumamente frágil y podía romperse en cualquier momento” (p. 289).

Con todo, la dinámica interna de las prostitutas y trabajadoras domésticas no se restringió a desencuentros constantes. Bailón identificó en sus prácticas formas de ayuda colectiva en la resolución de los problemas cotidianos, lo mismo que solidaridad y complicidad frente al acoso y abuso de las autoridades, así como de los dueños de sitios donde se ejercía la prostitución y casas donde eran contratadas. A este respecto destaca su capítulo final, “Negociación y resistencia, solidaridad y conflictos internos”, probablemente el más novedoso, ya que en él se analizan las relaciones que establecieron estos grupos de mujeres con las demás clases sociales.

Grosso modo, la obra puede desglosarse en tres ámbitos: en primer lugar, el arcoíris de acciones y de silencios que sus protagonistas adoptaron para negociar, resistir o enfrentar tanto los cambios económicos y sociales del porfiriato como los mecanismos que los poderes público y privado trataron de imponerles: desde los múltiples reglamentos, hasta la misma dureza de su vida diaria. En segundo, la injerencia que la clase gobernante tuvo en sus actividades cotidianas, incluidas las ideas y leyes que quería implantarles, así como el saldo real de tales propósitos. Finalmente, y como punto más original, el tipo de relaciones que estas mujeres establecieron con otros actores sociales y entre ellas mismas para sobrevivir en el entorno adverso donde tuvieron que desarrollarse.

Bailón inicia su trabajo con una excelente y rápida presentación del escenario: la sociedad urbana oaxaqueña del porfiriato. Centra su atención en la evolución de la ciudad y sus habitantes, donde estas mujeres se ocuparon ya fuera en el trabajo doméstico o en el sexual. Se trató de una urbe en donde, a partir de 1880 y hasta los primeros años del siglo XX, el grupo en el poder intentó reforzar sus posiciones mediante la implementación de una serie de reglamentos, decretos y bandos.

Gracias a una investigación profunda, el lector podrá advertir los vínculos estructurales entre las meretrices y las empleadas domésticas, a saber, su gran vulnerabilidad, fruto de sus desventajas históricamente construidas. Ambas participaban en trabajos socialmente infravalorados, sufrían intentos de inspección y mando por parte de sus patrones y autoridades, además de explotación ejercida por terceras personas en el caso de las trabajadoras sexuales. Por otro lado, siempre tuvieron como punto ideológico de referencia a los “ángeles del hogar”, aquellas mujeres que sí se comportaban según las normas ideales de esa sociedad y cuyo deber fundamental era servir como guardianas de los hijos; “el espacio propicio para desarrollar sus cualidades de ‘ángel’ y cumplir con su misión social, era el núcleo familiar en el espacio privado” (p. 41).

En lugar de una división tajante en cuanto a su ocupación, la autora también muestra la flexibilidad habida entre prostitutas y domésticas: ambos tipos de trabajadoras compartieron afinidades tales como ser jóvenes, muchas veces menores de edad, solteras y migrantes; de hecho, fue caso recurrente que las trabajadoras domésticas hubieran sido previamente prostitutas y viceversa. En pocas palabras, este libro permite advertir la enorme porosidad existente.

Otra contribución de la autora es su análisis, tanto cuantitativo, pero sobre todo cualitativo, de estos dos grupos sociales con base en el establecimiento de sus características particulares: su origen geográfico, etnia, estado civil, educación y otras. A mayor abundamiento, el libro presenta instrumentos de estudio precisos: nos dice, por ejemplo, que para 1895 había 165 trabajadores domésticos y 888 en 1900, es decir, un vertiginoso aumento de 538%, en el cual la participación de las mujeres fue significativa. Cabe aclarar que el servicio doméstico masculino también era muy solicitado, preferentemente de indios originarios de diversas partes de la entidad (pp. 31, 55). Cuadros, gráficas y mapas de gran pertinencia abonan el panorama al dar cuenta de la ubicación de los burdeles de la ciudad y de su dinámica histórica, de los domicilios declarados por las prostitutas aisladas y registradas, etcétera.

Respecto al ámbito cualitativo, y como uno de sus capítulos más sugerentes, “Los protagonistas, sus espacios y trayectorias”, el texto lleva al lector dentro del ferrocarril y muestra el recorrido preciso que estas mujeres siguieron desde sitios cada vez más alejados de la ciudad de Oaxaca (había prostitutas que venían de Puebla, Veracruz, Guadalajara, Durango, México y Tampico), hasta de fuera del país: Cuba, España e Italia. Reitero, no es una mirada desde arriba, sino que el análisis social se funde con los datos heterogéneos, concretos e irrepetibles de la historia. Por brindar un par de casos, se incluye la carta en la que Soledad García Cortés, natural de la ciudad, pidió permiso para abrir un burdel de tercera clase en 1892; también aparece la foto de Rosina Bianchi (p. II), una italiana que se registró como matrona de un burdel de primera clase en 1893.

En el mismo sentido, el texto abarca temas obvios pero difíciles de manejar, tales como el origen étnico de prostitutas y sirvientas, o sea, la condición indígena de muchas mujeres jóvenes que desde toda Oaxaca iban a trabajar en el servicio doméstico y en el sexual. Es, sin duda, un asunto polémico debido a que, si bien las estadísticas las “blanquean”, las fotos muestran una realidad diferente (p. XXVIII). Otra materia complicada es la de la edad: figuran niñas de 11 y 12 años, dato espinoso, si no es que escalofriante para la sensibilidad actual, una prueba para todo aquel que se aproxime al pasado con la intención de comprenderlo sin juzgarlo con los parámetros morales de la actualidad.

Por lo que respecta a las trabajadoras domésticas -mujeres menos denostadas que sus contrapartes, pero aún más ignoradas y ninguneadas-, su caso también puede insertarse en la compleja y sutil dialéctica de dominio-subordinación. Para ser colocadas en las casas donde podrían laborar, dependían muchas veces de redes de sus propios pueblos y sus familias, amistades y compadres. A diferencia de las prostitutas, no había propiamente una tercera persona especializada e intermediaria como en los burdeles (p. 123). Una vez aceptadas, las había de “cama afuera”, como las nodrizas, planchadoras y lavanderas que se llevaban la ropa a fin de devolverla ya arreglada, es decir, mujeres que prestaban sus servicios y vivían en espacios diferentes. En cambio, también estaban las de “cama adentro”, como las cocineras, que vivían en la casa donde laboraban (p. 156). Normalmente, y a diferencia de algunos burdeles, las domésticas se atenían a contratos orales e informales entre conocidos regidos por costumbres. A su vez, y pese a las tentativas, permanecieron en el desamparo debido a que no se logró expedir un reglamento para los trabajadores domésticos.

Ahora bien, del conjunto de trabajadoras domésticas hay un grupo llamativo en particular: las nodrizas. La costumbre de algunas mujeres de la clase alta de no amamantar a sus hijos llevó a muchas familias a emplearlas. Puesto que no existe un cuerpo documental que dé cuenta de estas trabajadoras, su caso se tuvo que armar desde la prensa; fue el único grupo “que utilizó los periódicos locales para promover sus servicios” (pp. 63, 76).

La oferta a través de anuncios pudo llegar a desempeñar también un papel muy importante en su inserción, pero sobre todo en su permanencia en el oficio. Existen por ejemplo para la ciudad, algunos anuncios de nodrizas que ofrecían sus servicios dentro de El Anunciador de Oaxaca. O por el contrario, existen solicitudes de los amos para contratar a domésticas o nodrizas “con referencias” (p. 124).

Las nodrizas también padecieron intentos del Estado moderno y del sector privado por acrecentar su conocimiento y control. Si bien dicha vocación controladora no fue nueva, los instrumentos se volvieron más precisos e insidiosos. Desde la década de 1880, y como en el caso de la prostitución, “el servicio de las nodrizas fue visto como un problema higiénico y social que el Estado tenía que atender dadas las consecuencias que podía llegar a tener en la salud y el bienestar de la ‘población’ ” (p. 172). Debido al interés por prevenir la transmisión de enfermedades a su descendencia por medio de la leche, proliferaron los estudios médicos sobre las nodrizas y su contratación, y se incluyeron referencias o apartados dentro de tesis médicas e higiénicas para resaltar algunos de los inconvenientes que suponían muchas de las labores realizadas por las trabajadoras domésticas. Cabe señalar que fue en esa época cuando se realizaron las primeras propuestas para vigilar y controlar a este grupo de mujeres. Al respecto, Ana María Carrillo2 ha documentado que las nodrizas tenían que pasar por un examen de leche y por un reconocimiento minucioso. Incluso se les clasificó (como a las prostitutas) en tres clases, según la riqueza de su leche, la conformación de sus pechos, su salud, conocimientos y aspecto (pp. 166, 172).

En suma, si bien Bailón nos presenta los diversos mecanismos de conocimiento y control que el Estado y los patrones de casas y burdeles ejecutaron a fin de imponer su autoridad, también describe cómo estas mujeres se inconformaron ante dicha vigilancia y dominio mediante actividades de resistencia, ya fuera de forma colectiva o individual, entre ellas mismas y, otras veces, con otros sectores sociales. Ciertamente se trata de una investigación acotada a un espacio específico: Oaxaca; empero, y aunque cada caso es irrepetible, considero que muchos de estos hallazgos pueden ser extensivos a otros puntos de México, de América Latina y hasta de otras partes del mundo de entonces.

Una pregunta que se puede retomar a partir de la obra de Bailón, y de parte de la historiografía sobre el siglo XIX y primera mitad del XX relacionada con el tema, es que muchas veces se ve a las prostitutas como personas que deciden tomar este empleo en parte para sobrevivir. Hoy en día, quienes se dedican a la venta de la actividad sexual se ven como personas capturadas por mafias, engañadas, secuestradas, esclavizadas.

¿Han cambiado los métodos, el contenido de la prostitución o la percepción que se tiene de esta actividad? Independientemente de la respuesta, no hay duda de que Mujeres en el servicio doméstico… es producto de una investigación profunda realizada por años en los más recónditos archivos de Oaxaca y que nos permite ver a las prostitutas y empleadas domésticas como sujetos históricos pero, sobre todo, como una parte más de la historia de las mujeres en nuestro país.





Notas al pie:

1.

fn1 Fabiola Bailón Vásquez, “La prostitución femenina en la Ciudad de México durante el periodo del porfiriato: discurso médico, reglamentación y resistencia”, tesis de maestría en historia, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2005.Fabiola Bailón Vásquez, “Trabajadoras domésticas y sexuales en la ciudad de Oaxaca durante el porfiriato. Sobrevivencia, control y vida cotidiana”, tesis de doctorado en historia, México, El Colegio de México, 2012.

2.

fn2Ana María Carrillo, “La alimentación ‘racional’ de los infantes, maternidad ‘científica’, control de las nodrizas y lactancia artificial”, en Julia Tuñón (comp.), Enjaular los cuerpos. Normativas decimonónicas y feminidad en México, México, El Colegio de México, 2008, p. 254.


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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 69, Núm. 1 (273) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Pablo Yankelevich. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 2 de julio de 2019. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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