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Israel Cavazos (1923-2016)

Josefina Zoraida Vázquez1

El Colegio de México

Historia mexicana,


Israel Cavazos, regiomontano caballeroso, cortés, siempre sonriente con esa mezcla de gracia y melancolía, fue uno de los graduados de la tercera generación del Centro de Estudios Históricos (1946-1949), de la misma generación que Luis González. Tuve la suerte de conocerlo en los años setenta, en una vuelta de mis viajes veraniegos a la Colección Latinoamericana de la Universidad de Texas en Austin, decidí quedarme dos días en Monterrey y dar un vistazo al Archivo del Estado. Israel lo dirigía por entonces y me recibió gentilmente, haciéndome sentir bienvenida. Después de tomar un café y sorprenderse de que me atreviera a manejar sola de México a Austin de ida y vuelta, intercambiamos noticias sobre El Colegio y los amigos, pasamos a dar una vuelta por el Archivo, mientras me informaba de lo que podía encontrar en él y de lo que por desgracia había desaparecido, entre lo que estaba, lo referente a la intervención estadounidense, que era de mi interés.

Después coincidimos en algunas reuniones, pero fue durante las dos o tres semanas que, invitada por la Universidad Autónoma de Nuevo León, me encargué de un curso intensivo de historia de Estados Unidos para una maestría en Estudios Fronterizos, que desarrollamos amistad. Él había pasado a dirigir el Archivo Municipal que estaba cerca del Hotel Monterrey, donde yo me hospedaba, lo que me permitió visitarlo a menudo.

En 1978 los dos fuimos elegidos miembros de la Academia Mexicana de la Historia y gracias a él, se iniciaron reuniones en los estados organizadas por los académicos foráneos. La de Israel en Monterrey fue la primera y acudimos casi todos. También hubo otra en Jalisco y una más en San Miguel Allende. Además, los dos teníamos interés en la invasión estadounidense, de manera que en una sobre el tema en Monterrey fui invitada y pude darme cuenta de su capacidad para conmover a su público.

No tardé en conocer a su esposa Lilia, historiadora también y coautora de algunos de sus libros. Nunca nos faltó tema de qué hablar, pues eran alegres, receptivos y compartíamos el gusto por la historia y los viajes, lo que nos permitió intercambiar impresiones sobre lugares, museos, archivos y bibliotecas. Israel era un apasionado de los archivos mexicanos y europeos (curiosamente nunca se refirió a repositorios estadounidenses que debe haber conocido), pero subrayaba las peculiaridades para historiar el pasado fronterizo. Gracias a él me aficioné a la historia del noreste mexicano y empecé a comprender hechos y personajes y pronunciamientos que me intrigaban de esa región.

Israel nació el 2 de enero de 1923 en la Villa de Guadalupe, al oriente de Monterrey, el sexto de 10 hijos. En ese lugar transcurriría su vida, pues ahí, a dos cuadras de la plaza, tuvo su modesta casa frente a otra que acogía su biblioteca y sus notas. Según me cuentan, Israel estaba destinado a trabajar en la Fundidora de Monterrey como sus hermanos, pero como no lo admitieron decidió empezar a estudiar ebanistería en la Escuela Técnica Álvaro Obregón de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Nunca supe si ocupó alguna vez los conocimientos que seguramente adquiriría, porque su fascinación por Monterrey como reino y la insistencia de una de sus tías de escribir sobre el pasado de su pueblo y su familia, lo llevó a hurgar en el Archivo de la Catedral de Monterrey. Parece que en algún momento conoció a don Silvio Zavala quien visitaba archivos y tal vez de ahí nació su interés en la maestría en historia de El Colegio de México, en el Centro de Estudios históricos. Solicitó y obtuvo la beca y con su experiencia en archivos disfrutó los conocimientos que le impartieron maestros como el propio Zavala, José Gaos, José Miranda, Agustín Millares Carlo, Concepción Muedra, François Chevalier, Manuel Toussaint y Daniel Cosío Villegas.

Desde siempre le fascinó la idea de Monterrey como reino, dado que en Guadalupe llamaban reineros a sus habitantes y hablaban de ir al reino, cuando iban a Monterrey. Por eso fue natural que en cuanto tuvo que buscar tema, volcara su vocación histórica en el pasado de su estado y no tardara en hurgar archivos neoleoneses. Desde 1944 trabajaba ya en el Archivo Municipal, lo que aseguró que llegara a ser su director. Su afán por proteger y aumentar repositorios de libros y documentos lo llevó a fundar y dirigir la Biblioteca Universitaria Alfonso Reyes del Estado de Nuevo León y después a asumir la dirección del Archivo General del Estado de Nuevo León (1955-1975) y merecer más tarde el nombramiento de director honorario. Su interés en su terruño lo llevó a participar en el Museo Regional de Nuevo León y dirigir la Sección de Historia del Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

También fue invitado por el director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la unam, Ernesto de la Torre Villar, como investigador visitante; más tarde me contaría cuánto había disfrutado con sus descubrimientos sobre la documentación y acervo de libros de la Biblioteca Nacional.

Ya cuarentón, se casó con su alumna Lilia Villanueva, quien sería su compañera fiel durante cuarenta y tantos años. Ella fue su ayudante en sus investigaciones y su pareja en los bailes que tanto disfrutaba. Fue un gran danzarín, al grado que en Argentina lo declararon “el mejor bailador extranjero de tangos” y logró aprender los bailes griegos. Los dos gustaban de viajar, ya fuera de turismo o de consulta de archivos. En España dejó huella en diversos archivos, entre ellos el de Indias en Sevilla, el de Simancas en Valladolid, el de la Corona de Aragón en Barcelona. También consultó el Archivo de Viena y la Biblioteca Británica en Londres, impresionado como todos los que la disfrutamos, por las comodidades que ofrecía cuando estaba en el centro del Museo Británico, donde quedaban las huellas de grandes lectores, como Karl Marx, mismas que se perdieron al trasladarse al nuevo edificio.

Además de investigar y administrar archivos, impartió clases en varias instituciones: la Escuela de Verano del Tecnológico, la Preparatoria Eleuterio González de Guadalupe de la que fue fundador y la Preparatoria Lasallista Excelsior. Pero como buen investigador, destacó su docencia en la Universidad Autónoma de Nuevo León, en historia y paleografía.

Ingresó muy temprano, en 1944, a la Sociedad Neoleonesa de la Historia, la cual presidiría de 1967 a 1971 y sería su secretario hasta 1976. También fue miembro de las Academias de Jalisco y San Luis Potosí, de Ciencias y Artes de Cádiz y en 1978 fue electo miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia. Al incorporarnos el mismo año a esta institución, ahí pudimos estrechar la amistad que teníamos. Tengo grandes deudas de gratitud con Israel, pues me dio muchas pistas en mi búsqueda de material, además de leer algunos trabajos y publicarme artículos en la revista de la universidad de Nuevo León.

Su obra es extensa y denota su enorme conocimiento de archivos y bibliografía sobre su estado natal. Su primer libro lo dedicó a Mariano Escobedo, al que siguieron El Muy Ilustre Ayuntamiento de Monterrey desde 1596, El Colegio Civil de Nuevo León, La Virgen del Roble, Historia de una tradición regiomontana, Catálogo y Síntesis de los Protocolos del Archivo Municipal de Monterrey (6 tomos de 1599 a 1990), El Señor de la Expiación del Pueblo de Guadalupe, Montes Jóvenes sobre Antiguas Llanuras, Diccionario biográfico de Nuevo León, Alonso de León, descubridor de Texas, Escritores de Nuevo León,Diccionario Biobibliográfico, Nuevo León y la Colonización de Nueva Santander, amén de artículos y capítulos de libros y documentos comentados.

Su desempeño y trabajo le ganaron el respeto del público y de la academia neoleonesa y gracias a su carácter tranquilo y cortés ganó amigos por doquier. Recuerdo que de visita en Lisboa, cuando nuestro común amigo Roque González era embajador, tomé un taxi y al darle la dirección de la Embajada, de inmediato el chofer me comentó que había hecho amistad con una pareja de Monterrey a los que había llevado hasta Austria y Alemania y luego a Marruecos, dados sus elogios hacia la pareja, me interesó saber de quiénes se trataba y me informó que eran los Cavazos, Israel y Lilia.

Israel obtuvo muchos reconocimientos. Su primer premio se lo dio su libro sobre el Colegio Civil de Monterrey. El Ayuntamiento de Monterrey le concedió la medalla Diego de Montemayor y el gobierno de su estado la Medalla al Mérito Cívico. El Ayuntamiento de Escaray en la Rioja, en España, le confirió una medalla al mérito. Fomento Cultural Banamex les otorgó a él y a su esposa el Premio Atanasio Saravia y el Tecnológico de Monterrey, placa y Diploma por su labor como investigador en el Archivo del Ayuntamiento de Monterrey, el cual en 1992 lo nombró cronista de la Ciudad. Recibió también el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Su legado para el estado de Nuevo León es indudable.

En sus últimos años, sobre todo al quedar viudo, nos acompañó a menudo en las sesiones de la Academia, a pesar de su frágil salud. La muerte lo sorprendió el 5 de noviembre de 2016 acompañado de sus hijos y nietos. Sus amigos hemos extrañado su gentil presencia, su siempre cálida sonrisa y sus reflexiones sensatas en las reuniones de la Academia.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 69, Núm. 3 (275) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 5 de febrero de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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