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Sobre Miranda Lida, Años dorados de la cultura argentina: los hermanos María Rosa y Raimundo Lida y el Instituto de Filología antes del peronismo

Liliana Weinberg1

Universidad Nacional Autónoma de México

Historia mexicana,


Los libros tienen su propia historia y, en algunas raras y afortunadas ocasiones, el destino editorial de una obra puede llegar a coincidir con la trayectoria seguida por sus protagonistas y acompañar las estaciones de un luminoso capítulo en la historia de la cultura latinoamericana. Tal es el caso del libro que aquí reseñamos: publicado por primera vez en Argentina en 2014, bajo el sello de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA), vuelve a aparecer muy poco después, esta vez en coedición entre esa casa editorial y El Colegio de México, en 2016. Dos ilustres instituciones de altos estudios hicieron así justicia editorial a una historia que en cierto modo les pertenece, ya que gira en torno a las figuras de dos prestigiosos hermanos que tendieron puentes entre distintos puntos de América.

Raimundo Lida (1908-1979) fue un ilustre filólogo y crítico literario argentino de origen judío ligado a la vida académica y cultural de su país, y quien habría de convertirse en uno de los más agudos cultivadores de la filología en lenguas romances, así como de la estilística, los estudios de lingüística y filosofía del lenguaje, amén de ser reconocido como gran traductor y crítico literario, especialista en los Siglos de Oro y exquisito lector de Quevedo. Lida se vio empujado al exilio, de Buenos Aires a México, donde se vinculó con El Colegio de México y se convirtió en el gran animador de la Nueva Revista de Filología Hispánica, así como en uno de los pilares de los estudios filológicos que están en la base de la fundación del que más tarde se llamará Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios. Años después, Lida pasó de México a Estados Unidos para incorporarse a la Universidad de Harvard, donde alcanzó el fin de sus días.

Su hermana menor, María Rosa Lida (1910-1962), fue también una destacada estudiosa argentina, renombrada filóloga, medievalista y profunda conocedora de la cultura clásica, por varios años ligada a un medio académico que en muchos sentidos no estaba todavía preparado para reconocer el talento de las mujeres, y que se decidirá a salir de la Argentina para trabajar en distintas instituciones académicas de Estados Unidos, para finalmente radicarse en California, donde murió. Con ello, una inteligente decisión editorial contribuye a dar realce a la valiosa obra que vamos a comentar, y con ello se apuntala el rescate de una rica etapa de nuestra producción intelectual, marcada por injustos exilios y merecidas reivindicaciones.

Es así como con esta publicación El Colegio de México hace particular justicia a Raimundo Lida, figura clave para entender el modo en que se dio continuidad a un gran proyecto intelectual: el Instituto de Filología de Buenos Aires y la gran Revista de Filología Española, por esos años a cargo de Amado Alonso, en un ámbito intelectual en el que coincidió también con figuras de la talla de Pedro Henríquez Ureña, y que constituyeron el antecedente del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, que a su vez acogió a esa ilustre publicación, que habría de aparecer con el nombre de Nueva Revista de Filología Hispánica. No deja de resultar admirable que este gran proyecto alcance continuidad hasta nuestros días, gracias a los auspicios de El Colegio de México.

Los caminos del exilio son inescrutables. Reconstruir el modo de inserción de una familia inmigrante de origen judío en la Argentina de principios del siglo XX, y seguirla a su vez cuando nuevos climas opresivos obligan a sus hijos a marcharse del país, no hace sino confirmar que se trata de una doble pérdida: tanto un cercenamiento afectivo y laboral para quienes se van como una enorme ausencia para el país en que se formaron y para los circuitos culturales que contribuyeron a construir. Tal es el caso representativo de la gran estirpe intelectual de los Lida:

María Rosa y Raimundo no recibieron sus laureles en la Argentina que los vio crecer en las primeras décadas del siglo XX, sino en los Estados Unidos. Becas mediante […] terminaron por radicarse en el país donde recibieron sus principales premios y distinciones académicas. Triunfaron en el exterior, pero en su propia tierra no lograron convertirse en profetas (p. 17).

Estas mismas palabras podrían dar cuenta de la vida de muchos otros exiliados que tanto hubieran podido aportar a la construcción de su país, pero que se vieron obligados a salir, víctimas de la intolerancia y la exclusión.

Es notable la reconstrucción histórica llevada a cabo por Miranda Lida, nieta del ilustre filólogo argentino, quien se dedicó durante muchos años a perseguir los datos y documentos de la vida y recorridos existenciales y académicos de estos dos grandes de la filología argentina, a través de fuentes repartidas en distintas bibliotecas, así como también mediante la indagación de recuerdos familiares. Miranda Lida, doctora en historia por la Universidad Torcuato di Tella, es actualmente investigadora del CONICET. Cuenta por tanto con las mejores credenciales académicas para emprender una tarea de rescate de un valioso periodo de la historia cultural e intelectual de su país, al que con justeza llama los “años dorados de la cultura argentina”. Y este rescate ha sido a la vez el de la historia de la ilustre familia de intelectuales a la que ella pertenece, y de la que forma parte también su tía Clara Lida.

La posibilidad de rastrear los testimonios y perseguir los avatares de la vida de cada uno de los miembros de la constelación intelectual de los Lida llevó a Miranda Lida a hacer un cuidadoso registro documental al que contribuyeron también miembros acuciosos y memoriosos de su familia (su hermana, tíos, abuelos maternos, así como la segunda esposa de Raimundo Lida y Jakob Malkiel, reconocido lingüista que fue esposo de María Rosa, a quien sobrevivió muchos años). La llevó también a recoger otros valiosos testimonios, como los que le brindara el ilustre historiador argentino Tulio Halperin Donghi, cuya madre, Renata, por muchos años profesora de latín en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, había conocido también a los Lida.

De este modo, ya desde las páginas preliminares de la obra nos encontramos sumidos en un animado testimonio del recorrido de una historiadora en busca de documentos que le permitirá no sólo reconstruir esa vasta genealogía intelectual que explica en parte su propia historia, sino también toda una etapa -una dorada etapa- en el crecimiento cultural y editorial argentino.

Una admirable política educativa y una política de integración de amplias oleadas inmigratorias y sectores de una creciente clase media urbana hicieron que en la Argentina de la primera mitad del siglo XX se lograra reunir la masa crítica intelectual necesaria para un gran despegue en todos los ámbitos del saber. Como escribe la autora:

Estas historias nos hablan de hijos que acceden a una mejor educación y condiciones de vida que sus padres y, en pocas palabras, de la aventura del ascenso social. Éste es el verdadero fondo de esta historia, puesto que María Rosa y Raimundo fueron un neto producto de su tiempo, más que una emanación excepcional de un genio único e irrepetible. Como se sabe, los hombres hacen su historia en condiciones que ellos no crearon (p. 21).

Eran los años en que los hijos y nietos de inmigrantes lograban, por medio del acceso a la educación, alcanzar una formación profesional e incorporarse a distintos ámbitos del nivel terciario. Las expectativas de ascenso social y seguridad laboral que tenían los inmigrantes de primera generación respecto de sus hijos y nietos se cumplieron de manera admirable en las primeras décadas del siglo pasado, cuando la oferta educativa no acababa en la escuela sino que se veía complementada con mayores oportunidades de formación y trabajo, reforzadas por la posibilidad de expansión de la lectura mediante nutridas bibliotecas públicas y una creciente oferta de libros, diarios y revistas, a las que tenía acceso un sector de la clase media urbana asimismo en expansión. Años dorados también para la industria editorial, a la que la política de sustitución de importaciones, que fue consecuencia de la crisis provocada por las guerras mundiales, contribuyó a fortalecer y expandir.

No deja de llamar la atención hasta qué punto la escuela filológica de nuestro continente es deudora de los exilios: en efecto, dicha escuela, formada con el respaldo del Centro de Estudios Históricos de Madrid, se consolida hacia los años veinte en la Argentina gracias a uno de sus miembros más destacados, Amado Alonso, para formar la base del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires y alcanzar una “época de esplendor” entre 1927 y 1946, hasta que los avatares políticos argentinos empujaron a varios de sus miembros a partir a un nuevo exilio.

Esta obra nos depara páginas notables sobre el crecimiento de la vida cultural, del sector letrado, de la vida universitaria y de la industria editorial en Argentina. Y nos depara también auténticos hallazgos para futuras investigaciones, como el modo en que el espíritu del reformismo universitario fue permeándose en las distintas comunidades académicas y animando propuestas concretas de alumnos y profesores en las distintas facultades, lo que derivó en la fundación de boletines y revistas, en el afán de defender los derechos de los egresados para dar cátedra en escuelas secundarias (donde todavía eran abogados, médicos o ingenieros los que impartían los cursos de lengua, ciencias naturales y matemáticas), así como defender el derecho a concursos limpios y plenos para ocupar las cátedras universitarias. Sirvió también para ampliar las opciones laborales de los egresados y fortalecer la profesionalización de la vida académica.

Seguir la vida de los protagonistas de este libro, sus primeros años de formación, el paulatino reconocimiento de su talento y las redes letradas en que progresivamente se fueron insertando, nos permite observar a contraluz toda la efervescencia cultural y literaria de aquellos años. Buena muestra de ello es el panorama que nos ofrece el capítulo IX, “Raimundo, de Sur a norte”, que comienza con estas palabras:

Amado Alonso, Alejandro Korn, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo formaron parte del entorno en que día a día se movía Raimundo en los años treinta. A Alonso lo veía en el Instituto; a Korn en la Sociedad Kantiana de Buenos Aires; a Alfonso Reyes en sus conferencias o en sus visitas a la Universidad, y muchas veces en la casa de la embajada de México; a Borges en el círculo de Victoria Ocampo en Sur; a Henríquez Ureña en cada uno de estos espacios que compartía con muchas otras personas más y, también, en los ya antológicos viajes en el tren a La Plata (p. 191).

Y la autora no busca sólo desplegar un telón de fondo para la actividad de los hermanos Lida, sino que, con pericia de historiadora, nos muestra el modo en que progresivamente fueron insertándose e interactuando en los distintos ámbitos, debates y empresas culturales de la época, a la vez que contribuyeron a fortalecer y dar mayor presencia a los estudios filológicos y literarios. Tal es el caso, por ejemplo, del modo en que la autora nos presenta a Raimundo Lida como discípulo de Roberto Giusti y colaborador de la revista Nosotros, así como en diálogo con Borges, en un momento decisivo en que la estética de cuño modernista entraba en pugna con la estética de las vanguardias.

Otro tanto sucede con la reconstrucción de esos años que corresponden a la edad de oro de la industria editorial argentina y en la que tanto tuvieron que ver también los exiliados españoles: entre 1938 y 1939, a la fundación de Losada le sucederá la de otras dos casas editoriales, Sudamericana y Emecé. A ello se suman otros hitos, como la aparición de la revista Sur y la apertura de una filial del Fondo de Cultura Económica en Argentina (p. 138). Y estas grandes empresas culturales, como bien apunta Miranda Lida, no eran sino “la punta del iceberg”, ya que a ellas debe añadirse la presencia de “un sinnúmero de editoriales, tanto privadas como públicas”, ligadas a instituciones como la Biblioteca Nacional, o asociadas a las universidades. Una industria editorial en expansión demandaba a su vez un verdadero ejército de traductores, lectores, correctores, autores de antologías y estudios preliminares, y sus filas se nutrían de un sector en expansión integrado por jóvenes talentos, a la vez creativos, sensibles y rigurosos: “El esplendor de la industria editorial de Buenos Aires no fue, pues, un hecho excepcional […]; alcanzó, más bien, a todas las esferas de la sociedad” (p. 139). A este panorama debe añadirse, como lo apunta también Lida, la articulación con los medios de comunicación masivos, desde los suplementos culturales y las revistas literarias hasta los programas radiales y las publicaciones destinadas al gran público, que contribuían a conformar un círculo virtuoso alimentado también por el cine, el teatro, la música y las artes plásticas (pp. 140-141). Se trata, en fin, de ese rico clima cultural del que fue testigo y activo partícipe el propio Alfonso Reyes, quien llegó a reconocer que “Buenos Aires se había convertido en el corazón de la cultura en lengua española, en especial luego de 1936” (p. 146). Es éste el ambiente en que la filología logrará alcanzar presencia internacional: “Y fue precisamente bajo la batuta de Amado Alonso, y en el marco de una ciudad que en los años treinta había alcanzado un dinamismo cultural verdaderamente impresionante, que los hermanos María Rosa y Raimundo Lida terminaron por convertirse en auténticos filólogos, además de hispanistas” (p. 147).

Coincidimos plenamente con la autora cuando, en las últimas páginas de su libro, anota: “Lo más interesante de la historia de los hermanos María Rosa y Raimundo Lida no es lo que hicieron, lo que escribieron, lo que desearon ser o lo que en efecto fueron; sino más bien lo que pudieron llegar a ser y las oportunidades a las que accedieron en el curso de sus vidas en Buenos Aires” (p. 237). Un modelo incluyente, tal como el que culminó en “los años dorados” de la cultura argentina, y que se tradujo en “inagotables oportunidades de trabajo que emanaron de las industrias culturales a partir de los años treinta” (p. 240), resultaba el mejor para que se desplegara la efervescente actividad y curiosidad de estos talentos que a su vez tanto aportaron a la cultura de su país y de toda América. Debieron vencer innúmeros obstáculos, ya que la ascendencia judía, la postura crítica hacia el peronismo y, en el caso de María Rosa, además, las cuestiones de género, constituyeron difíciles desafíos que fueron decisivos en los cambios de rumbo que se vieron obligados a hacer en distintos momentos de su vida. Una lectura entrañable. Un libro imprescindible.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 69, Núm. 3 (275) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 5 de febrero de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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