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Sobre Charles Holcombe, Una historia de Asia oriental. De los orígenes de la civilización al siglo XXI (Eduardo Tzili Apango)

Eduardo Tzili Apango*

Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México

Historia mexicana,


En el análisis histórico del este de Asia hay pocos -aunque significativos- estudios sistemáticos.1 La obra de Holcombe, indudablemente, forma parte de este selecto número de lecturas de cabecera para quienes nos dedicamos a estudiar esta región, sobre todo entre los países de habla hispana al contar con esta versión traducida.

Al inicio de la lectura se percibe cierto sinocentrismo en el enfoque del libro. Esto es comprensible dado el peso de China en la formación académica del autor. Es verdad que la historia de gran parte de las sociedades asiáticas -sobre todo la llamada “familia confuciana de naciones”- 2ha estado fuertemente influida por las dinastías chinas. No obstante, cada sociedad asiática mantiene características culturales que han dado forma a sus respectivas historias. Holcombe, me parece, logra destacar las particularidades de las diversas culturas asiáticas a lo largo de su trabajo, lo cual es una de las tantas riquezas de la obra.

El libro se divide en 12 capítulos más una introducción, un epílogo, una útil cronología de dinastías y principales periodos históricos, una guía básica de pronunciación de las principales lenguas del este asiático, un glosario, e índices analítico, de figuras y mapas, y general. Se podría decir que los primeros seis capítulos comprenden la historia premoderna de Asia oriental, mientras los otros seis abarcan la modernidad.

La historia de Holcombe inicia, como todas las narrativas históricas, en los orígenes empíricos y mitos fundacionales de las civilizaciones asiáticas. Primero, el autor expone las diferentes historias de origen divino de las sociedades china, coreana y japonesa. En esta formación civilizatoria el lenguaje escrito desempeñó un papel fundamental. Después, se describen los debates sobre el surgimiento de la cultura específicamente china, ya que ésta se esparció por todo el este asiático y contribuyó al nacimiento de otras sociedades y culturas. Por ello, en el segundo capítulo el autor explica la formación de las diferentes escuelas filosóficas de pensamiento chinas -confucianismo, daoísmo, legalismo- que después formaron parte importante de los sistemas políticos coreano y japonés. La era formativa de Asia oriental fue -desde el punto de vista de Holcombe- la era formativa de China.

A partir del tercer capítulo se incluyen análisis de Corea y Japón. Aparte del estricto orden cronológico que Holcombe pretende seguir, esto también lo hace como refuerzo en la explicación de la expansión del budismo por Asia oriental. De hecho, aunado al confucianismo, se podría decir que otro rasgo cultural y religioso que caracteriza al este asiático es, precisamente, el budismo. Como ejemplo el autor expone la pagoda, un estilo arquitectónico exclusivamente asiático oriental, proveniente de la importante influencia del budismo y que podemos encontrar en todos los países de la región. Además, el budismo vincula al este asiático con el sur de Asia, formando una “comunidad imaginada”3 cultural más amplia. En este sentido es ilustrativo el subtítulo que Holcombe utiliza en la tercera parte de la segunda sección del capítulo supra mencionado: “El budismo y el nacimiento de Asia oriental”.4

La expansión del budismo también reflejó vínculos internacionales que influyeron en las sociedades asiáticas. Esto se observó de manera mucho más profunda durante la dinastía Tang (618-907 e.c.). Incluso se podría afirmar que en esta época surgió el “sistema del este asiático”,5 cuando hubo una penetración cultural en Asia central, intercambios y conflictos con los reinos coreanos de Koguryo, Paekche y Silla, rivalidades y comercio con Japón, expansión del budismo y otras religiones, como el nestorianismo.

Según Holcombe, de los siglos x al xvi, China, Corea y Japón experimentaron trayectorias históricas independientes que hicieron madurar a las sociedades y a los sistemas políticos y económicos. Esta época marcó dos situaciones. La primera fue el declive de cierto cosmopolitanismo, tiempo en que las sociedades asiáticas estuvieron estrechamente vinculadas unas con otras, y éstas con otras partes del mundo. La segunda situación fue el surgimiento de características que se podrían considerar “protonacionales”. Con sus excepciones, estas generalidades ayudan al lector a comprender las tendencias históricas en la formación de lo que hoy conocemos como Asia oriental.

A partir del sexto capítulo se expone la adecuación sobre el término “modernidad” para usarlo en el análisis de la historia del este asiático. Holcombe critica dos acepciones comunes. La primera es el uso de dos grandes etapas para estudiar la historia de Asia oriental; la etapa premoderna abarcaría hasta el siglo xix, mientras la moderna siglos xx y xxi. Con la introducción de una “modernidad temprana” en Asia oriental -durante los siglos xvi-xviii-, el autor busca caracterizar las singularidades históricas de esta parte del mundo, pero intentando usar conceptos históricos sólidos. La segunda acepción criticada por Holcombe es el uso de la secuencia histórica europea, mecánica y única, para comprender el trayecto histórico de sociedades no europeas. Con la notable excepción de Japón, el autor explica que ni China ni Corea pueden estudiarse bajo la secuencia histórica de las tres etapas: antigua, medieval y moderna.

La modernidad temprana en Asia oriental coincide con la llegada de los europeos a esta parte del mundo. Para este entonces, las sociedades asiáticas ya eran sofisticadas, con gran dinamismo económico, y fuerte control político y social. Incluso, el autor cita que al momento de la llegada de los europeos, el comercio asiático representaba ya buena parte del comercio global, y que Europa se unió de manera tardía a este sistema internacional comercial. Pero no sólo hubo intercambios comerciales con Europa, sino también vínculos culturales. Con la llegada de comerciantes arribaron, también, misioneros y religiosos. Estos acontecimientos, no obstante, se caracterizaron por tendencias ambivalentes de acercamiento comercial y distanciamiento -e incluso conflicto- cultural. Un ejemplo de esto fue la condena al cristianismo por parte de un emperador Qing en 1724.

La modernidad temprana en Asia Oriental también se caracterizó por las reunificaciones territoriales que dieron origen a las fronteras de los actuales Estados de China, Corea y Japón. Así, en 1368 se fundó la dinastía Ming en la actual China, con la cual surgió una cultura de consumo y el vasto uso de la pólvora como características de la mencionada modernidad. Esta dinastía resistió a los mongoles y fundó un gobierno “típicamente chino”. Después, la dinastía Qing fundó un Estado que alcanzó gran parte de las actuales fronteras de la República Popular China. En 1392 surgió el Estado de Choson -antecedente directo de Corea-, después de combatir el dominio mongol y derrocar al gobierno de la antigua dinastía de Koryo. Este suceso vio nacer también características típicamente coreanas, como el hangul o alfabeto coreano, y un cierto aislacionismo que bautizó a Choson como “el reino ermitaño”, nombre con el cual aún se identifica a Corea del Norte. En 1568 inició el proceso de reunificación de Japón con la marcha de Oda Nobunaga a la capital imperial, acudiendo al llamado del shogun de Ashikaga para recuperar el control de Kioto. En 1603 Tokugawa Ieyasu fundó el shogunato Tokugawa y estableció la sede del poder político del Japón unificado en Edo, actual Tokio.

Sin duda, el encuentro de las civilizaciones asiáticas y europeas en el siglo xix marcó un traumático y definitorio periodo de turbulencias para las sociedades de Asia oriental. Prácticamente, la llegada de las potencias europeas -de su poder económico y militar- obligó a las sociedades asiáticas a redefinirse o perecer. Por ello, como establece Holcombe, “la década de 1860 fue época de restauraciones por todas partes de Asia oriental. En China se dio la Restauración Tongzhi, en Japón la Restauración Meiji,6 y también hubo una especie de restauración real en Corea”.7 Estos esfuerzos políticos y económicos fueron consecuencias directas de la presión europea, aunque también fueron signos de la absorción del sistema del este asiático por el sistema europeo westfaliano. En otras palabras, el encuentro de civilizaciones implicó el encuentro de dos sistemas políticos, económicos y sociales diferentes, y las llamadas “restauraciones” de los principales Estados de Asia oriental fueron sintomáticas de la integración y nacimiento de un solo sistema internacional. Este proceso fue difícil y paulatino; duró casi un siglo, desde el encuentro con Europa hasta el formal surgimiento de los países que conocemos en la actualidad.

En su noveno capítulo el autor retoma el concepto de “valle oscuro” de historiadores japoneses para caracterizar la década de 1930. Aunado a la Gran Depresión, que impactó a la economía global, la época el valle oscuro también se puede caracterizar por el inicio de la Guerra del Pacífico con la invasión de Japón a Manchuria, en 1931. Este periodo es trascendental porque sus repercusiones definieron acontecimientos en la Guerra Fría, e incluso han tenido eco hasta la actualidad.

Holcombe dedica los últimos tres capítulos para analizar, individualmente, China, Corea y Japón después de 1945. Esta metodología es prudente por la complejidad que los tres casos representan para el estudio de su historia contemporánea. En estos capítulos el autor expone el conocido ascenso económico de los tres países asiáticos, los efectos adversos de la Guerra del Pacífico para Japón, y las secuelas de la Guerra Fría que dividieron a China y a Corea. Holcombe finaliza su obra con un epílogo sobre las particularidades de Asia oriental de cara al siglo xxi, aunque también enfatizando el papel de la globalización como motor de consolidación del capitalismo económico.

El libro cuenta con tres fortalezas. La primera es la inclusión de lecturas complementarias para cada uno de los temas tratados. Esto refuerza la formación del historiador -o del lector en general- interesado en esta región. La segunda fortaleza es la inclusión de imágenes, ya sea pinturas o fotografías, con las cuales el lector puede complementar el aprendizaje que puede obtener de la obra. La tercera fortaleza es la inclusión de aspectos culturales, más allá del análisis político y económico. Con esto Holcombe contextualiza la lectura cultural y socialmente, y la hace más amena. A lo anterior se suma la buena traducción y redacción, la cual aleja conceptos muy técnicos o aburridos. Sin duda, Una historia de Asia oriental no sólo resulta ser un libro útil para el especialista en el este asiático, o para quien pretenda conocer un poco más de esta compleja región. Es una obra actualizada y seria. Yo invito a leerla.





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