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Sobreone, Ciclos de tiempo y significado en los libros mexicanos del destino(María Concepción Obregón Rodríguez)

María Concepción Obregón Rodríguez*

Instituto Nacional de Antropología e Historia, México

Historia mexicana, 2019


En su obra Ciclos de tiempo y significado en los libros mexicanos del destino, la conocida especialista estadounidense Elizabeth Hill Boone nos ofrece un trabajo exhaustivo sobre el corpus de códices adivinatorios de tradición precolombina procedentes del área central de México, que lograron sobrevivir a la destrucción masiva que de ellos se hizo, por la naturaleza de sus contenidos, tras la conquista.

Se trata de una obra de consulta obligada para quien se interese, además de en su valor incuestionable como obras artísticas, en profundizar en el entendimiento de este tipo de documentos indígenas abarcando una muy amplia variedad de aspectos: desde su contenido temático, los formatos escogidos, los patrones de representación utilizados, hasta la riqueza de información que sintetizan sobre los calendarios, la cosmogonía y los rasgos generales de la práctica de la adivinación en dichas sociedades. Con ello se logra un importante avance en la comprensión de la complejidad que les caracteriza. De ahí que celebremos que el Fondo de Cultura Económica lo haya publicado por fin en español, tras casi una década de su aparición en inglés (2007).

Esta investigación destaca por haberse diseñado buscando superar algunas de las principales debilidades de lo previamente escrito sobre algunas de estas pictografías: tratarse de estudios introductorios o análisis de cada una de ellas en particular, y centrarse en su descripción y en tratar de asignar significados a las figuras representadas en ellas, lo que hace que sus resultados sean más interpretativos que analíticos. En vez de ello, la autora trabaja sobre un corpus amplio constituido por nueve códices: dos aztecas y siete de la región Mixteca-Puebla, buscando identificar tanto el vocabulario gráfico utilizado en todos ellos como las estructuras organizativas que unen los elementos representados, y con base en esto poder señalar los principios generales que guían la lectura de todo este género de libros antiguos.

En contraste con códices de otros tipos cuyos contenidos se refieren a asuntos seculares (como podrían ser los históricos o los tributarios, entre otros), el de los “libros del destino” resulta de especial riqueza ya que incluye tanto elementos de la ciencia (calendario y conocimientos astronómicos) como de su filosofía (concepción del tiempo y de las leyes de funcionamiento del cosmos, de la relación entre lo natural, lo humano y lo sobrenatural por mencionar sólo algunos), lo que los convertía en verdaderos “recipientes de conocimiento” (p. 15) para quien los sabía utilizar y para quien ahora pueda descifrarlos.

Pero es también por esa misma razón que no se expresan (con la única excepción de un pasaje dentro del Códice Borgia) mediante formas narrativas como las de aquéllos, sino que predomina el uso de eufemismos, metonimias y metáforas visuales que, como señala Boone, “abstraen, condensan y exploran ideas y las presentan de manera evasiva” (p. 120), de modo similar a como también lo hacía el habla sagrada (nahuallatolli). Esto, aunque a primera vista pudiera parecer que oscurece sus significados, haciéndonos más difícil su interpretación, en realidad contribuye a transmitir de manera más adecuada su contenido esotérico.

Por lo registrado en las fuentes etnohistóricas del momento del contacto, la consulta de este tipo de libros con el fin de guiar, por medio de pronósticos, los actos tanto de la vida pública como de la de cada uno de los individuos (lo que explica que Sahagún llegara a describirlos “como antorchas que iluminaban el camino del pueblo azteca”), era una práctica común y generalizada en las sociedades mesoamericanas del periodo Posclásico.

Dentro de los nueve códices (el Borbónico, Tonalámatl de Aubin, Borgia, Cospi, Fejérváry-Mayer, Laud, Reverso del Porfirio Díaz, Vaticano B y Aubin núm. 20) que constituyen el corpus estudiado por Boone, la información aparece reunida en 120 almanaques pictóricos relativamente independientes unos de otros. Uno de estos manuscritos puede contener uno solo (almanaque in extenso o compuesto) o muchos, como por ejemplo el Vaticano B, que incluye 31 (almanaques complementarios). Así como también hay varios protocolos que recogen instrucciones sobre el tipo, el número y la disposición de las ofrendas que podían hacerse en rituales particulares que se solían llevar a cabo para mejorar, evitar o promover el destino o suerte que, mediante los almanaques, se había pronosticado para una fecha.

La rigurosa y pormenorizada revisión de cada uno de estos libros antiguos, el cotejo entre ellos y el que la autora también hace con copias coloniales de otros códices (como son el Tudela, Telleriano-remensis, Vaticano A o Ríos), le permiten concluir que para fines de la época prehispánica, al menos en una amplia zona del centro de México (altiplano central y zona mixteca), existía una conceptualización semejante sobre la forma en que las influencias sobrenaturales actuaban sobre el mundo de los hombres, y cómo éstos creían poder predecirlas por medio de un calendario de 260 días (20 signos de días por 13 numerales); en consecuencia, practicaban un mismo y único sistema adivinatorio con muy pequeñas variaciones locales, distinto al maya y a los de otros grupos mesoamericanos.

El método comparativo empleado la lleva a comprobar que algunos de esos almanaques aparecen repetidos en distintos códices, siendo casi una cuarta parte del total (cerca de 30) los que se encuentran representados en dos o más pictografías, lo que resulta una valiosa oportunidad al permitirle contrastar versiones distintas de la misma información, encontrar detalles o claves complementarios, profundizar en ciertos aspectos, etc., y con ello ampliar notablemente las posibilidades de interpretarlos con mayores fundamentos y certeza. Así como también, incluso, poder “reconstruir” el contenido de fragmentos hoy perdidos o en mal estado de conservación de sus cognados.

El producto de esta ambiciosa investigación es un libro que no va dirigido a un público general sino al de los especialistas. Su primera parte (capítulos I al IV) destaca por un notable esfuerzo de síntesis y ordenamiento de un material amplísimo sobre formatos, orden de lecturas, convenciones pictóricas empleadas, la cuenta del tiempo por medio de los calendarios, etc. Sin embargo, por el detalle con que son revisadas cada una de las imágenes de estas pictografías y lo complejo del sistema representado en ellas, su lectura se hace muchas veces difícil de seguir para un lector que no tenga familiaridad (al menos visual) o cierto conocimiento previo al respecto, a pesar de ir acompañada de útiles cuadros y esquemas. A esto se suman algunos detalles que parecen derivar de la traducción, aunque cualquiera pueda reconocer la dificultad que ésta debió representar al enfrentarse a la complejidad de los temas de los que trata el texto.

Es importante considerar que cada una de las imágenes plasmadas en estos manuscritos sintetiza por sí misma gran cantidad de información, ya que funcionaban como estrategia nemotécnica (registro de datos claves) que sólo alguien entrenado para ello podía reconocer y usar para hacer predicciones. De allí que estas escenas se caractericen por el atiborramiento de figuras y elementos que creían deberían tomarse en cuenta para la adivinación, y a las que es difícil encontrar sentido o relación explícitos.

La autora subraya que el desafío que ha representado para los especialistas modernos la interpretación de este complejo vocabulario gráfico es que ésta no puede reducirse a la mera identificación de símbolos y figuras representados en ellos (en la que se centraron algunos de los primeros y más destacados estudiosos de los códices), ya que las propiedades proféticas del tiempo, de lo invisible, no podían ser representadas por medio de signos con significados fijos o unívocos. Por tanto, sólo pueden ser leídos en relación con los contextos específicos (lugar que ocupan en cada composición) en los que aparecen. A esto hay que sumar la necesidad de tener presente que en cada una de estas imágenes se sobreponen varias capas de significados, por lo que se requiere distinguir también en qué nivel deben ser interpretadas.

La extendida costumbre del uso de los libros del destino entre toda la población del centro de Mesoamérica, sin importar el rango social al que se perteneciera, que documentan las fuentes etnohistóricas para principios del siglo xvi, sugiere que debieron haber existido miles de ellos. A pesar de que en la actualidad sólo se cuente con una pequeña muestra de éstos, es suficiente para mostrar que los había de muy distintas calidades y tipos: unos grandes y elaborados, otros sencillos, unos generales y otros complementarios, algunos de propósitos múltiples y otros para temas específicos. De acuerdo a los usos y funciones que tuvieron, Boone agrupa los almanaques dibujados en el corpus que analiza en tres clases: primero los dedicados a la predicción del destino de los días de acuerdo al calendario sagrado de 260 días, siendo la principal consulta la que determinaba el nombre (y con ello el destino) de los recién nacidos. Éstos están muy relacionados también con la práctica del diagnóstico y curación de las enfermedades. Segundo, los que se ocupan de los rasgos mánticos asociados con las direcciones espaciales (los cuatro rumbos y el centro), y tercero, aquellos que se refieren específicamente a una sola esfera de actividad, como eran la predicción de cómo iban a ser el nacimiento-parto, la vida en pareja, los viajes, la lluvia, la agricultura o los ciclos venusinos.

En el centro de todos ellos subyace la forma en que estos pueblos entendían el tiempo como nexo que conectaba a los seres humanos con sus destinos y con los dioses, al gobernar las acciones de ambos. Así, sus ciclos eran entendidos como “armaduras entrelazadas” que revelaban a los adivinos o nigrománticos una multitud de relaciones y asociaciones que deberían tomar en consideración para asignarles significados específicos y con ello poder hacer sus profecías. La importancia central del calendario sagrado en este sistema explica, como bien subraya la autora, el hecho de que “los términos nahuas para leer, amapohua y amoxpohua, contienen la raíz pohua, que significa ‘contar’, de modo que leer es, literalmente, contar” (p. 50).

La adivinación implicaba un complejo proceso en el que, mediante una labor de reconocimiento y juicio, al consultar la información representada en varios almanaques, quien la practicaba hacía uso de su experiencia y de lo aprendido sobre la amplia gama de significados de los distintos signos calendáricos y las figuras representadas, para poder identificar las inclinaciones y tendencias de las fuerzas que podían estar en juego y cómo sus influencias podrían combinarse para determinar la suerte del día en cuestión. Sólo así se podrían hacer predicciones o pronósticos adecuados, lo que resultaba ser una labor nada sencilla ya que, por ejemplo, una fecha propicia para que alguien recibiera el título de tecuhtli tenía que elegirse también en relación con el destino de la fecha de nacimiento y de matrimonio del individuo en cuestión. O para llevar a cabo una curación, tenían que tomarse en cuenta el día y las horas en las que había empezado la enfermedad que aquejaba al paciente. Ningún día era concebido como negativo ni positivo en sí; un día con fuerzas propicias para una actividad podía ser menos favorable para otras tareas.

La minuciosa observación y análisis que hace de estas pictografías permiten a la autora guiar nuestra atención hacia aspectos formales antes poco tratados y que resultan de gran interés, como sería el relativo a la preferencia de ciertos formatos por quienes las elaboraron de acuerdo a su funcionalidad, haciéndonos evidente que nada en ellos fue casual (dejado al azar). Tal es el caso del propio diseño de página y la unión de éstas en tiras que se pliegan a manera de biombos para facilitar que el adivino pudiera encogerlas o extenderlas de acuerdo a las que iba necesitando consultar; el uso de formatos lineales para listas de secuencias cortas, o el de cuadros que facilitan la revisión de datos individuales y la rápida comparación de elementos potencialmente relacionados con otras secuencias más largas y redundantes, por mencionar sólo algunos.

Conforme se avanza en la lectura del libro resulta evidente que su investigación incluye la revisión de prácticamente todo lo escrito antes al respecto (estado de la cuestión), tanto en inglés como en otros idiomas, por lo que quien lo consulte puede encontrarlo muy útil para localizar referencias a seguir acerca de lo dicho en particular sobre cada aspecto. Sin embargo, al exponer la información y elementos propuestos por dichas interpretaciones previas, en varias ocasiones Boone parece preferir no comprometerse a explicitar con cuál de dichas posturas en lo personal está de acuerdo, limitándose a sugerir que habría “otras” posibles interpretaciones, aunque no siempre aclara cuáles podrían ser éstas.

Sobre otros puntos en particular sí hace fuertes críticas a algunas posturas de otros investigadores, siendo una de las más recurrentes el que no siempre prueban con evidencia clara en qué se basan sus interpretaciones. Ello hace que resulte sorprendente que, al ofrecer algunas de sus propias propuestas alternativas, quien las lea pueda quejarse exactamente de lo mismo, y terminar por aceptarlas más por la erudición que la autora muestra en el manejo de la amplia información que nos ofrece a lo largo de la obra, que por entender el argumento en que las sustenta. Por poner un ejemplo, baste ver la parte en que refuta las afirmaciones de Eduard Seler sobre las horas específicas que según él dominaban los distintos patrones (señores del día y señores de la noche).

A partir del capítulo V, cuando se adentra en el contenido temático de las pictografías, el texto se hace mucho más fluido y fácil de leer, resultando evidente el valor de la complementariedad que la autora logra entre el análisis de la imagen misma y la información registrada por fuentes documentales coloniales. Especialmente disfrutable resulta la revisión de las posibles predicciones sobre el futuro de una pareja/matrimonio o sobre la suerte de un viaje a realizarse de acuerdo a las fechas en que ambos acontecimientos pudieran llevarse a cabo. Así como también la de la relación de las predicciones respecto a los ciclos de Venus, por la influencia que este cuerpo celeste creían podía tener sobre diferentes aspectos de la naturaleza (la lluvia y el crecimiento de los cultivos) y de la cultura (la guerra y el gobierno, entre otros).

Además de las fuentes documentales coloniales (cronistas, tratados de idolatrías, tradición oral registrada en caracteres latinos, etc.) y de los estudios y comentarios que distintos especialistas e interesados han hecho a partir del siglo xix de algunos de estos códices en particular, Boone utiliza como fuentes complementarias en su análisis algunos estudios etnográficos sobre prácticas rituales entre grupos indígenas actuales. Éstos son de especial valor para entender los almanaques precolombinos que se refieren específicamente a protocolos rituales en que se registran el tipo (objetos y materiales), número y disposición de las ofrendas y ciertos procedimientos esenciales requeridos para asegurar, mejorar o anular el pronóstico hecho de acuerdo a una fecha. Llega a concluir que este tipo de pictografías, por tener una función muy distinta a la de los almanaques adivinatorios, suelen presentar una estructura organizativa y una apariencia muy distintas a las de aquellos, pues generalmente las figuras están menos compactadas, son más sencillas (sin divisiones) y los signos calendáricos se reducen a unos cuantos nombres de días que fechan el ritual que describen. En contraste, algunas incluyen registros de números (barras y puntos), y que deben haber guiado el conteo y agrupamiento de objetos o materiales a ofrendar, como sigue haciéndose en algunas prácticas rituales en diversas partes de México con notables coincidencias en su numerología.

De especial profundidad es el desarrollo por parte de Boone de una propuesta de lectura propia de una sección (véanse las pp. 29-46) del Códice Borgia, cuyo formato y orientación, completamente diferentes a los de los almanaques adivinatorios que la anteceden y siguen en el mismo manuscrito, ya habían hecho reconocer que debía tratarse de la representación de algo distinto a aquéllos. Tras hacer una revisión de las principales interpretaciones (Seler, Nowotny, Anders/Jansen/Reyes García, Byland/Pohl, Milbrath y Gordon Brotherston) hechas al respecto, y con base en su análisis sobre las imágenes mismas, difiere de esas posturas al proponer que se trata de un pasaje narrativo (aunque no siempre en secuencia estricta) de cómo comenzó la vida (génesis) y se llegó a constituir el mundo en el que habitarían los seres humanos. Este relato mitológico explica la forma en que el brote de energía primordial se organizó progresivamente hasta dar lugar a un cosmos cuatripartito (direcciones cósmicas con respectivos pesos mánticos) en donde aparecerían los distintos aspectos de la naturaleza y la cultura, incluyendo también el tiempo y la propia cuenta de los días o calendario adivinatorio, cuya lectura queda posibilitada por la información registrada en el resto de las páginas del mismo códice, que serviría a los individuos para guiar sus acciones y asegurarles una mejor relación con lo sobrenatural. Toda esta serie de acontecimientos tienen como protagonista principal al dios Quetzalcóatl.

La autora ofrece un detallado estudio de cada una de estas páginas agrupándolas en episodios temáticos que analiza por medio tanto de su iconografía como de otros relatos mitológicos aztecas y mixtecas sobre la creación, registrados en fuentes etnohistóricas del siglo xvi. Concluye que la versión que ofrece el Borgia presenta variaciones importantes respecto a ambas tradiciones, evidencia que parece indicar que este códice no fue producto de ninguna de esas dos culturas mesoamericanas, a pesar de las fuertes coincidencias (iconográficas, en patrones de representación, sistema calendárico, correspondencias en el contenido mántico de sus imágenes, etc.) que sus almanaques muestran.

A partir de este hallazgo la autora cierra su estudio con un capítulo en el que, con una perspectiva interdisciplinaria, suma a los resultados del riguroso análisis de los apartados anteriores, los aportes de otros tipos de estudios (epigráficos, tipologías cerámicas y de artefactos, estilos de pintura mural, iconografía de deidades representadas, tipos de soportes, etc…) para tratar de ubicar específicamente en dónde y cuándo pudieron haber sido pintados los bellísimos códices del grupo Borgia, tema sobre el cual, a pesar de haber sido explorado por muchos especialistas anteriormente, no ha logrado llegarse a un pleno acuerdo.

Con el rigor que caracteriza la metodología comparativa de toda su investigación, Boone intenta probar que tanto el Borgia como el Códice Cospi proceden de la región Puebla-Tlaxcala, donde el poder se centralizaba principalmente en Cholula; mientras que el Vaticano B, el Fejérváry-Mayer y el Laud parecen corresponder a sitios como Tehuacán-Coxcatlán-Teotilán del Camino, que jugaron un papel de gran relevancia en el intercambio comercial entre el Altiplano, el área mixteca y el centro-sur de Veracruz a lo largo de buena parte de la época precolombina. Es decir, un área en la que, al menos a partir del Epiclásico, confluyeron e interactuaron muchas tradiciones diversas (nahua, mixteca y otros pueblos como chochos, popolocas, mazatecos, cuicatecos, otomíes), dando lugar a una notable síntesis cultural. Esto explicaría también que dichos códices tengan muestras muy evidentes de la fusión de elementos estéticos e iconográficos propios de varias tradiciones distintas.

La autora llega a sugerir que podría haber sido en esa región en donde tomó forma la estructura básica del sistema generalizado de adivinación que utilizarían, a partir de entonces y hasta la llegada de los europeos, los grupos que ocuparon el corazón del área mesoamericana a pesar de diferencias lingüísticas, étnicas y variedad en tradiciones locales. Sistema que unos años más tarde también desarrollarían los mixtecos y los aztecas, con pequeñas variantes como puede verse en los manuscritos sobrevivientes. La difusión de ese conjunto de creencias y prácticas adivinatorias pudo haberse visto favorecida por la activa interacción (especialmente económicocomercial) entre todos estos pueblos, por la ligereza (pintados sobre papel o piel de venado) y facilidad de transporte de los propios libros, y por la naturaleza extralingüística de lo registrado en ellos.

El hecho de que la llamada “cuenta de los días” pudiera estar en uso al menos a partir de dicha época parece tener algunos elementos probatorios en el hecho de que entre las deidades que aparecen en todos los almanaques estudiados como patrones de las unidades calendáricas (trecenas, señores del día o de la noche, etc.) destaque la ausencia de algunas cuyo culto es muy mencionado hacia los últimos años de la era prehispánica, como es el propio numen titular de los aztecas, Huitzilopochtli, en contraste con el predominio de dioses relacionados con cultos agrícolas mucho más antiguos.

Estas últimas propuestas constituyen, a mi modo de ver, algunos de los aportes más interesantes del trabajo de Elizabeth Boone, pues no sólo representan avances sustanciales sobre los códices adivinatorios mismos (como la enorme cantidad de conclusiones a las que llega sobre éstos a lo largo del texto), sino también para disciplinas y estudios no centrados en estas pictografías, como podría ser, por mencionar un solo ejemplo, un mejor entendimiento del llamado estilo/horizonte Mixteca-Puebla para la arqueología y la historia cultural.

El libro, por todo lo antes expuesto, resulta una invaluable contribución al entendimiento y reflexión de los temas sobre los que trata, y como tal una obra de consulta imprescindible.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 69, Núm. 1 (273) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Pablo Yankelevich. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 2 de julio de 2019. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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