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Martín Bergel, El Oriente desplazado. Los intelectuales y los orígenes del tercermundismo en la Argentina

Sebastián Rivera Mir*

El Colegio Mexiquense

Historia mexicana,


Desde hace algunos años los historiadores han discutido la necesidad de analizar sus problemas con perspectivas más amplias que los estrechos márgenes de los estados nacionales. La historia global, la historiaconectada, las perspectivas transnacionales, son algunos nombres con distintos matices que estos esfuerzos han recibido. El libro de Martín Bergel es quizá uno de los intentos mejor logrados al respecto. A lo largo de sus páginas, los procesos desarrollados en la Argentina se enlazan con aquellos pertenecientes a toda América Latina y no se entienden sin recorrer la historia europea, y mucho menos sin contemplar las conexiones con el Oriente. Así, sin forzar explicaciones, la historia se convierte en una trama cuyas fronteras geográficas responden a problemas historiográficos y no a límites estatales.

A partir de la contraposición de las propuestas de Edward Said, donde el orientalismo actúa como reflejo negativo de lo occidental, el objetivo principal de Bergel es analizar el uso que se hizo de Oriente en las representaciones culturales e intelectuales en la Argentina de los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas de la siguiente centuria. En una primera etapa la metáfora de lo oriental fue utilizada por los intelectuales argentinos para ejemplificar la barbarie y la incivilización que se podía encontrar en sus propias tierras. La prédica “europeos nacidos en América” insertaba a la Argentina en el trayecto de la civilización occidental, rechazando el carácter “asiático” del gaucho, e incluso evadiendo el romanticismo que en algunos países del Viejo Continente abría las puertas a un Oriente mistificado y exótico. Pese a su hegemonía, según el autor, entre 1880 y 1914 se produjo un proceso de erosión de estas posturas. Las representaciones comenzaron lentamente a enfatizar los aspectos positivos, los rasgos comunes, los aprendizajes que se podrían obtener de un acercamiento mutuo, las posibilidades de regeneración, entre otros elementos. Los nuevos medios de comunicación, las afinidades del modernismo literario, las corrientes espiritualistas, fueron claves para comprender esta modificación. Y aunque este proceso no fue homogéneo, a su juicio, de 1914 en adelante podemos vislumbrar con nitidez las transformaciones y mecanismos que permitieron el rediseño de las geografías globales. A juicio de Bergel, las distintas zonas del mundo se reconceptualizaron, tanto cultural como políticamente, permitiendo diálogos fluidos y la conformación a mediano plazo del tercermundismo. Tal vez, impostando la voz del autor, podríamos afirmar que las bases de las relaciones sur-sur, tan apreciadas actualmente por los teóricos poscoloniales, tuvieron un impulso clave en dicho periodo.

El resultado final de este proceso de reformulación de las representaciones culturales no fue eliminar el carácter prejuiciado y utilitario con que se recurría al “Oriente”, sino dotar de contenido positivo a la metáfora. El modernismo lo transformó en fantasía, el antiimperialismo en ejemplo de lucha, el espiritualismo en reducto final de los valores prístinos, las agencias de información en una demostración del fin de los límites geográficos, y así sucesivamente, los actores abrevaron de este Oriente para nuevos fines y proyectos. Pero en escasas ocasiones se cuestionaron qué había detrás de esa construcción metafórica.

Volviendo al punto de inicio fijado por el autor, a primera vista el tercermundismo asociado a los comienzos del siglo XX aparece como un anacronismo histórico insoslayable. Martín Bergel poco se preocupa por explicarnos qué significa exactamente este concepto, ni mucho menos su relación -supuestamente tributaria- con el latinoamericanismo, el hispanoamericanismo o el indoamericanismo, que eran precisamente algunas de las perspectivas que estaban en disputa durante aquellos años. Una comunidad de intereses o un “emergente nosotros tricontinental” son algunas de las características difusas que podría contener dicho tercermundismo. Esta ausencia de claridades finalmente deja en suspenso la pregunta sobre hasta qué punto los procesos reseñados en el libro se conectaron con la configuración del Tercer Mundo, una creación particular de la Guerra Fría, impulsada por un economista francés, cuyo marco de análisis hacía referencia al tercer estado en el Antiguo Régimen. Quizá mucho más certera hubiera sido una reflexión en torno a la teoría de la dependencia u otros esquemas explicativos locales que enfatizaron las diferencias de América Latina respecto a Europa y Estados Unidos, acercándola a Asia o África.

A pesar de esta mirada, que busca un tanto teleológicamente un difuso prototercermundismo, a lo largo del texto se enfatiza en dos pilares fundamentales para comprender los cambios culturales que se desarrollaron en las primeras décadas del siglo XX. Por un lado, encontramos el espiritualismo, que de mano principalmente de la teosofía, permitió incorporar un complejo repertorio de representaciones positivas sobre el Oriente, en medio de la crisis política y cultural abierta por la primera guerra mundial y por el desplome valórico del progreso europeo. Se trataba de buscar nuevos horizontes que devolvieran el sentido a la experiencia humana, y muchos dudaban que esta posibilidad estuviera en Occidente. En segundo lugar, encontramos al antiimperialismo, que como “gran querella global” posibilitó la vinculación de distintos proyectos políticos que desafiaron la dominación establecida por las grandes potencias europeas y Estados Unidos. En este aspecto, para el autor es muy relevante destacar que, en Argentina, las perspectivas latinoamericanistas asociadas al antiimperialismo se entrecruzaron y fortalecieron con las lógicas del orientalismo invertido. En este sentido, este concepto fue parte del “lenguaje de los ismos” que, como propone Marta Elena Casaús, articuló la modernidad latinoamericana. Para esta historiadora, los distintos intentos por conceptualizar los cambios culturales y los nuevos proyectos políticos construyeron una verdadera constelación en busca de explicar sociedades que cambiaban rápidamente. Pero los diferentes “ismos” (comunismo, aprismo, latinoamericanismo, entre otros) no pueden entenderse sin considerar las relaciones, conflictos y complementariedades que generaron en esta telaraña conceptual. De ese modo, Bergel contribuye no sólo a la historia de Argentina, sino a los debates que han emprendido algunos historiadores en las últimas décadas a lo largo y ancho de América Latina.

Dentro de esta diversidad, el autor argentino enfrenta incluso el desafío de estudiar a los sectores que se opusieron activamente al despliegue del orientalismo invertido. Si algunos sujetos se esforzaron en establecer vínculos estrechos entre Argentina y Oriente, hubo también quienes vieron una amenaza en este cambio de perspectiva. Especialmente dinámicos en este ámbito fueron ciertos sectores intelectuales católicos que enfatizaban el exotismo de algunas propuestas, que incluso podían destruir la identidad misma de la nación argentina, supuestamente basada en el apego religioso y en los valores occidentales.

Esta última situación refleja precisamente uno de los hilos más relevantes a lo largo del relato de Bergel y puede ser útil para analizar otros países o contextos: la relación entre los intelectuales y la identidad nacional. El matrimonio entre ambas partes, surgido a mediados del siglo XIX, es evidente en Sarmiento, Alberdi y otros. Pero se va atenuando cada vez más en el umbral del siglo XX, y hacia la década de 1920 los intelectuales desempeñan una función mucho más independiente y crítica respecto a lo que consideran los límites de la identidad nacional. Esta trayectoria es clave para comprender el papel que tuvieron los intelectuales en la sociedad argentina y los cambios que estos mismos actores enfrentaron durante este proceso. Finalmente, para Bergel, las representaciones sobre el Oriente tuvieron una presencia clave en la creación de un campo intelectual autónomo separado de la política durante el periodo en estudio.

Respecto a las fuentes, el repertorio del libro es impresionante. Si consideramos que las representaciones se construyen de una manera compleja, muchas veces con contradicciones o ambigüedades, Bergel retoma esta situación y la enfrenta mediante el análisis de múltiples manifestaciones culturales y géneros literarios. Esto lo lleva a observar desde la literatura costumbrista decimonónica argentina hasta las prácticas teosóficas, pasando por guías de viaje, cables noticiosos, textos elaborados en Perú, debates que se desarrollaban en México, publicaciones comunistas, entre muchos otros elementos. La heterogeneidad de sus fuentes, si bien le resta profundidad al análisis particular de cada género o conjunto, permite a los lectores percibir un panorama amplio de representaciones culturales, y también la bullente hiperactividad de los sujetos vinculados a estos rubros. La multiplicidad de documentos utilizados también se condice con la idea de que la construcción del orientalismo invertido fue un proceso sinuoso, discontinuo y con diferentes vertientes y velocidades.

En este mismo aspecto, un rasgo interesante del libro es el análisis de los mecanismos concretos que permitieron la circulación de informaciones sobre Oriente. En lugar de detener sus investigaciones en un fluir de ideas sin una materialidad que les diera forma, algo muy común en la historia intelectual, Bergel no pierde de vista la relevancia que este ámbito posee para el resultado final del proceso comunicativo. Su preocupación por las agencias de información, matizando las nociones que ven a estas entidades sólo como instrumento del imperialismo europeo, complica nuestras apreciaciones sobre la interacción de los distintos actores que aportaron en la construcción de un mundo global. La confluencia de los intereses comerciales, los impulsos ideológicos y la preocupación estatal, esto último poco profundizado en el libro, permitió que los entonces nuevos medios de comunicación desplegaran sus apreciaciones sobre el escenario político, económico y cultural en el tránsito del siglo XIX al XX. Los medios masivos recuperaron, sin ingenuidad, las noticias internacionales a partir de nuevas agencias de información y los lectores porteños y del interior, cada vez en mayor número, podían discutir sobre las acciones pacifistas de Gandhi, los conflictos en China o la osadía de Sandino, como si sucedieran a la vuelta de la esquina.

De igual modo, la importancia del viaje exploratorio, no sólo de argentinos hacia Oriente, sino de escritores, científicos e intelectuales orientales hacia Argentina, estrechó las relaciones e hizo más compleja la circulación de ideas. La estadía de determinados personajes afamados y vitoreados a su arribo, contribuyó a fortalecer un debate sobre aquello que se podía recuperar de los países de Oriente. Más allá de las ideas, el contacto físico a través de estos emisarios permitía subsanar las distancias geográficas, aunque con el paso del tiempo esta “presencia” de intelectuales extranjeros en territorio argentino requirió menos de lo corporal y más de las rotativas de los periódicos, de la radio y de las imprentas de las editoriales. La dinámica presencia/ausencia en el espacio público fue un detonador relevante para las inquietudes de los lectores y periodistas, quienes por ejemplo realizaron toda clase de elucubraciones cuando Rabindranath Tagore llegó a Argentina débil de salud y debió recluirse en una propiedad de Victoria Ocampo. Cada situación o cada silencio podía llenar páginas y páginas de la prensa porteña.

Ahora bien, desde otra mirada, si alguna ausencia notoria se destaca en el libro son precisamente los inmigrantes orientales arribados a América Latina. Las ideas de lo oriental, indudablemente cada vez más complejas y diversas, también se enfrentaron con la presencia efectiva de una inmigración, más o menos relevante, proveniente de distintos países y naciones. Y aunque el autor se previene de esta crítica en la introducción, esta situación tal vez debió ser explorada con mayor detenimiento, ya que contribuyó de manera importante a conformar las representaciones del periodo. Por ejemplo, si Haya de la Torre, junto con retomar las prédicas de la Reforma Universitaria, se acercó a la idea del Kuomintang chino para combinar nacionalismo y revolución, no podemos olvidar que uno de sus recorridos por México fue aparentemente financiado por las ligas antichinas. Al menos de esto lo acusó Julio Antonio Mella, cuya experiencia política cubana lo había llevado a convivir con la comunidad china en La Habana y veía con disgusto la xenofobia que sufría esta colectividad en algunas regiones mexicanas. En Perú, José Carlos Mariátegui, otro de los actores importantes para la estrategia narrativa de Bergel, también convivía con un escenario particular generado por el rechazo de ciertos sectores de la población a los inmigrantes orientales, por lo que sus visiones estaban atravesadas por condiciones concretas y cuestionaban las representaciones idealizadas.

De igual modo, estos grupos crearon sus propios medios de difusión, sus espacios de sociabilidad, sus apropiaciones espaciales, sus proyectos editoriales, mediante lo cual buscaban distintos objetivos culturales y políticos. En muchas ocasiones estas iniciativas entraron en contacto con los habitantes locales y rompieron los círculos cerrados de los inmigrantes. Por supuesto, incorporar estas situaciones en la investigación posiblemente hubiera desviado al autor de sus objetivos iniciales. Sin embargo, no considero que el esfuerzo hubiera sido en vano. ¿De qué manera los sujetos de carne y hueso intervinieron también en la conformación del orientalismo invertido? La respuesta a esta interrogante puede en parte cuestionar las lógicas de homogenización y vaciamiento de contenido con que según Said se retoma al Oriente. De lo contrario, me parece que las dinámicas deshistorizantes, la falta de comprensión y por lo tanto de diálogo intercultural, se mantienen intactas. Si como vimos, Bergel se preocupó por analizar la relación entre las ideas y su materialidad, resulta contradictorio su escaso interés por los inmigrantes, su inserción en la sociedad, sus prácticas sociales, sus medios de comunicación, sus modos de sobrevivencia.

Ahora bien, desde otra perspectiva, siguiendo la propuesta de Raymond Williams de utilizar los conceptos de residual, dominante y emergente para analizar los procesos culturales, tal vez podríamos cuestionarnos en qué posición encontramos al “orientalismo invertido” durante los años en que se concentra el libro. Las pruebas sobre la presencia de Oriente en el debate público son incuestionables. Pero, al contrario, el intento por establecer el “peso específico” de esta temática en el conjunto de representaciones políticas y culturales que circularon en Argentina parece difuminarse a lo largo del texto. La complejización y diversificación del ámbito cultural argentino corre en paralelo a la incorporación de nuevas temáticas, nuevas formas literarias y nuevas prácticas de consumo. Por este motivo el impacto final de las representaciones ligadas al orientalismo invertido debe analizarse en un contexto más amplio, que permita realizar comparaciones y establecer similitudes con otros quiebres en el plano de las representaciones culturales.

Para concluir, el libro que nos presenta Martín Bergel significa sin duda un momento de inflexión para una historiografía latinoamericana que ha venido explorando estas problemáticas en los últimos años. Es en muchos sentidos un punto de llegada para los esfuerzos de investigadores latinoamericanos que han planteado la necesidad de analizar la circulación de ideas, las redes intelectuales, las conexiones culturales, más allá de los espacios nacionales. Y de igual modo, es un lugar de partida que ofrece numerosas aristas para quienes buscan continuar explorando muchos de los problemas que se exponen a lo largo del texto y que continúan desafiando la imaginación de nuestra disciplina. A mi juicio, en esta doble lectura radica la importancia del texto aquí reseñado.

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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 69, Núm. 3 (275) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 5 de febrero de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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