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Paulo Drinot y Alan Knight, La Gran Depresión en América Latina

Marco Palacios*

El Colegio de México

Historia mexicana,


Por esmerado que sea el trabajo de los editores, los libros colectivos casi siempre ofrecen tratamientos desiguales y de calidad diversa. Este libro no es la excepción. Tuvo origen en un seminario internacional que organizó Paulo Drinot en la Universidad de Londres en 2011; el reconocido mexicanista Alan Knight se sumó a las farragosas faenas de edición. El primero presenta puntualmente el tema y los textos de diez autores que tratan sobre nueve países. Knight, quien, además, es autor del capítulo sobre México, cierra el libro con un erudito ensayo bibliográfico que tiene unas 250 notas de pie de página, algunas bastante extensas. La Gran Depresión en América Latina no incluye los casos de Ecuador, Bolivia, Paraguay, Puerto Rico, República Dominicana y Haití, entre otros. Y el capítulo dedicado a Centroamérica no considera a Panamá ni Costa Rica. Pese a estas exclusiones, el libro permite formarse una idea en torno al tema del título o, más precisamente, en torno a la historiografía actual.

Otra característica sobresaliente de este tipo de libros colectivos es que suelen ofrecer a cada autor individual la posibilidad de plantear tesis novedosas y estimulantes. Y este resultó ser un rasgo de La Gran Depresión en América Latina. Quizá no tenga mucho sentido resumir en un breve párrafo cada uno de los capítulos y, a riesgo de caer en el desbalance, nos concentraremos en Sudamérica.

Asuntos como los del mundo del trabajo o “la sociedad” en general, o de “cambio y continuidad”, son medulares en los tres primeros capítulos, referidos al Cono Sur. El caso argentino, presentado por Roy Hora, es una fina y ponderada crítica de la historiografía que, por lo general, liga la Depresión al surgimiento, una década y media adelante, de Juan Domingo Perón, tendencia interpretativa predominante en los años setenta del siglo pasado, que ponía el acento en una tensión o contradicción entre el orden político conservador de la Década Infame (1930-1943) y la sociedad argentina que, al industrializarse aceleradamente, produjo un proletariado industrial excluido de la política. El peronismo lo representaría. Roy Hora va más allá y trata de explicar por qué la historiografía argentina “de los últimos 25 años” cuestiona este enfoque. No subraya tanto la ruptura de la década de 1930 sino que establece una continuidad con la república conservadora u oligárquica fraguada de 1880 a 1916. Desde esta perspectiva resalta no sólo la disolución de formas de protesta típicas del orden conservador (como las propias del anarcosindicalismo que llegó con los inmigrantes europeos), sino la aparición de otras formas identitarias en que, por ejemplo, “los patrones de residencia y de consumo pesan más que los vínculos de inserción en el sistema productivo”. Estas formas de identidad política se decantan por radicales y socialistas y no solo por comunistas. Esto es, antes del ascenso de Perón y su movimiento justicialista. Lo interesante del planteamiento de Hora es que busca integrar estas dos historiografías, su forma de ser “alternas”, en particular cuando examina el recorrido de los efectos de la Depresión en el heterogéneo mundo del trabajo, en las condiciones de vida y formas de conciencia política de amplios sectores populares, sin perder de vista el largo plazo. De esta manera encuentra que es posible “integrar” las dos grandes corrientes historiográficas, habida cuenta de que la segunda deriva del proceso de “desindustrialización” y de la propia heterogeneidad del peronismo.

De manera mucho más acotada Ángela Vergara se detiene en “el efecto devastador” que tuvo la Gran Depresión en la conciencia, capacidad y formas versátiles de movilización de los trabajadores chilenos, y las forzadas y en mucho sentido creativas negociaciones estatales en cuanto a la industrialización, las políticas laborales y de “asistencia social” que, nos dice, perdurarían medio siglo. Esto en el periodo de 1930 al establecimiento del Frente Popular en 1938, que pasó por momentos dramáticos, como los de 1932 de “desempleo, pobreza y hambre” en medio de una creciente inestabilidad política.

Igual que en Argentina y en Chile, la industrialización de Brasil está en el centro del estudio de Joel Wolfe. Pero, igual que la mayoría de los autores, aquí también se sale del lugar común, en particular aquel de los atributos de logro asociados a Getulio Vargas, la figura central y carismática de la política brasileña del siglo xx, central por su acción entre 1930 y 1950, central por el legado para el resto del siglo y que quizás llegue al presente, a la izquierda y a la derecha. Si bien Wolfe destaca el cumplimiento parcial de tres objetivos de unificación del Brasil concebidos por Vargas, el físico, el cultural y el político, de los que deriva el cambio de orientación económica “hacia adentro”, destaca esos elementos subyacentes de dispersión del poder, debilidad presidencial, segmentación social que vienen de atrás, acaso de muy atrás. A este respecto valga añadir que, con otro enfoque, Knight apunta a un fenómeno similar en México con la figura y el papel de Lázaro Cárdenas y el cardenismo que aún persiste, aunque, claro está, apuntando a fenómenos que se nutren del cambio de la revolución mexicana, que no tuvo equivalente alguno en Brasil.

Quizá porque en Perú los efectos directamente atribuibles a la Gran Depresión se superaron rápidamente, a diferencia de Chile, los cambios de orientación estatal y de las relaciones sociales pudieron evolucionar sin que fuese menester romper la línea de continuidad tanto en lo económico como en lo político. Esa es la conclusión que ofrecen Drinot y Contreras al recorrer la historia del periodo. Siguiendo una reconocida tradición historiográfica peruana acentúan las diferencias regionales que, en buena medida, dan cuenta de una fuerte diversificación de las exportaciones y contrastes en que resaltan “los enclaves” mineros, de un lado y, del otro, las condiciones propicias (entre éstas una rápida urbanización) para que surgiera una “política de masas” cuya contención marcará la agenda de las élites en las décadas siguientes. En este contexto, sostienen los autores, el Estado peruano se transformó institucionalmente, en función del proyecto exportador, fuente del “progreso”.

Este asunto es el eje de la revisión conceptual ofrecida en el capítulo de Bucheli y Sáenz. Proponen el concepto de “proteccionismo exportador” colombiano que, según los autores, se pone de relieve en el examen de la Depresión. El concepto, abarcador y ambicioso, requiere un primer replanteamiento en el análisis de este periodo económico en la región latinoamericana como un todo. Es decir que, si bien Hora y la mayoría de los autores del libro escapan de la jaula de la historia económica, Bucheli y Sáenz eligen quedarse allí. Recurren a una respetable tradición intelectual establecida en el tardío periodo colonial americano (inglés, español, francés y portugués) evidente desde los orígenes de Estados Unidos: el proteccionismo de Hamilton, es decir, la ideología del nacionalismo económico. Los autores buscan la prueba de este tipo de “proteccionismo” en torno a la exportación de materias primas en una apretada síntesis de los datos disponibles para la economía colombiana entre 1922 y 1934. “La Gran Depresión no hizo surgir un gobierno populista que emprendiera la expropiación de las propiedades extranjeras” (petroleras y bananeras) sino que, por el contrario, los gobiernos elitistas que contaban con amplio respaldo electoral de conservadores y liberales mantuvieron el modelo de una política proteccionista exportadora que, en el caso de una actividad nacional como el café, generó la simbiosis de Estado y economía privada. En el caso de las multinacionales del banano y el petróleo, los otros dos productos de exportación del periodo, creó un enjambre de relaciones contractuales amistosas de éstas con el Estado colombiano.

En la misma línea de apertura interpretativa y urgencia de incorporar al análisis las dinámicas específicas de los regímenes políticos en los asuntos de “ruptura y continuidad” a la luz de la crisis mundial del 29, también es notable el caso de una Venezuela ya petrolizada a la muerte del longevo dictador Juan Vicente Gómez. En 1936 el país parece abrirse al mundo de la política en todo sentido. Pero, claro está, transita sin romper con la nota fundamental de petrolización de la economía y del régimen político que viven de sus rentas. Esto bajo la égida de “una tradición exclusivista y antipluralista en la democracia moderna de Venezuela” de la que alcanzaría a formar parte el régimen bolivariano instaurado a fines del siglo pasado por el coronel Chávez según Doug Carrington, autor del respectivo capítulo.

En este punto quizá valga la pena volver a algunos asuntos mencionados en la Introducción del libro y que tienen un desarrollo en el capítulo final, de Knight.

Para comprender el alcance y sentido de estos estudios hay que aludir a los “antecedentes” interpretativos de la CEPAL, la escuela de la dependencia y la historia económica más reciente, Bulmer-Thomas (1995) y en particular Rosemary Thorp (1998). A este respecto valdría la pena subrayar que explícita o implícitamente el seminario de Londres de 2011 dio por superado un tratamiento general para toda América Latina y el Caribe y cierta “unilateralidad” de la causalidad económica que podría colegirse del “manifiesto” pionero de Raúl Prébisch (1949), que básicamente adoptó la CEPAL a mediados del siglo pasado y fue su plataforma ideológica y de prescripciones de política económica durante unos 25 años.

El supuesto fundamental de lo que rápidamente se conocería como el modelo cepalino (adoptado en la España de Franco hasta la “liberalización” de los años sesenta, excepto “la reforma agraria”) era que la naturaleza y el funcionamiento del “capitalismo periférico” o “tardío” difería sustancialmente del capitalismo maduro de los “países centrales”. En un sistema de “centro-periferia”, en que las elasticidades ingreso y precios de las materias primas son sustancialmente diferentes de las de los bienes industriales, la “periferia” es vulnerable a los ciclos de precios de las materias primas en el mercado mundial y a los flujos, igualmente cíclicos, de capitales extranjeros que aparecen como la panacea habida cuenta del bajo ahorro interno; además, lo desestimulaban. Por otra parte, la economía de la “periferia” no podía considerarse como una “etapa” de un supuesto desarrollo universal y lineal del capitalismo que constituía la premisa del “manifiesto no comunista” de Walt W. Rostow (1960). Ya se ha documentado que el planteamiento de Rostow era una deriva ideológica de los intereses imperiales de Estados Unidos liderando el “mundo libre” en plena Guerra Fría, y como tal formaba el corpus teórico de las escuelas estadounidenses de la teoría de la modernización. Sobre este asunto de las “etapas del crecimiento”, enfoques recientes -no considerados en este libro- sostienen que los países de Asia, África y América Latina, es decir, “la periferia”, están en la “trampa del ingreso medio”: nunca alcanzarán los niveles de desarrollo y bienestar del “centro”. No hay “la convergencia” de los países pobres hacia los países ricos, como reza el paradigma dominante de la teoría económica.1

Si bien podría decirse que el modelo estructuralista del CEPAL pretendió dar cuenta del conjunto indiferenciado de las economías de América Latina y el Caribe, recordemos que la historia económica que propuso Celso Furtado (1969), paradigmática del estructuralismo cepalino, empezaba por trazar un mapa diferenciado: países de la zona templada o de la zona tropical; países exportadores con base en la minería o en la agricultura; países en distintos momentos de la Industrialización por sustitución de importaciones.

No tardarían en llegar, empero, críticas sistemáticas, en cierta forma dentro del modelo mismo, comenzando con la llamada “escuela de la dependencia”. Si los dependentistas observaron que era posible alcanzar la “autonomía” dentro del modelo “centro-periferia” y citaban los ejemplos de China y Cuba, nunca elaboraron el punto ni abandonaron el campo de América Latina. Aunque en Europa Central (Rumania, Hungría) se elaboraron tempranamente referentes conceptuales para el abordaje del “intercambio desigual”, del “centro-periferia”, y se refinaron argumentos acerca de la protección industrial, conceptos que trabajó Prebisch, nada en este libro invita a un planteamiento comparativo con la situación de las “periferias”, sea en la misma Europa Central o en Asia, en el Medio Oriente o en África durante la Gran Depresión mundial.

Pareciera que a estas alturas del siglo XXI el encerramiento en América Latina puede ser una falla, acaso un indicio de cierto parroquialismo que impide abrirse hacia una historia global. Se trata, acaso, de una inercia intelectual; el mismo Drinot puntualiza que en la crisis actual (esto es, pocos años atrás) “América Latina ha enfrentado la crisis económica mejor que otras regiones, pero como en los años treinta, el destino de la región se encuentra firmemente atado al resto del mundo” (p. 35). La falla se pone de manifiesto a lo largo del libro y en especial en el capítulo panorámico y bibliográfico que ofrece Knight al final.

Es bien sabido que la historiografía económica reciente sobre América Latina debe mucho a Carlos Díaz-Alejandro, en particular a su poderosa metáfora de “la lotería de mercancías” (café, carne, trigo, cobre, azúcar, petróleo, oro) con la que cada país latinoamericano (Chile o Cuba; Brasil o Argentina; México o Colombia; Perú o Venezuela) enfrentó la Gran Depresión y, en general, salió rápido de ésta; en todo caso, antes que Estados Unidos. Esta diversidad de situaciones nacionales frente a la crisis que estalló en 1929, cuyos mecanismos de propagación son similares desde el punto de vista de salida, es decir, Estados Unidos, ha sido desarrollada en la reciente historiografía económica sobre América Latina, como ya se dijo. Sin embargo, hay un tema que debe mencionarse y que tampoco estuvo presente en el seminario de 2011: la desigualdad, un asunto que muchos historiadores han venido trabajando pacientemente, como Luis Bértola en Uruguay, y que está muy bien integrado en el texto de historia económica latinoamericana que escribieron él y José Antonio Ocampo (2013). La desigualdad, así como “la trampa del ingreso medio”, podrían ser acaso un punto de entrada de una historia de América Latina a una historia global.





References
Alejandro FOXLEY y Barbara STALLINGS, Economías latinoamericanas. Cómo avanzar más allá del ingreso medio, Santiago de Chile, CIEPLAN, 2014

Notas al pie:

1.

fn1Para una síntesis véase Alejandro FOXLEY y Barbara STALLINGS, Economías latinoamericanas. Cómo avanzar más allá del ingreso medio, Santiago de Chile, CIEPLAN, 2014


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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 2 (278) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 24 de septiembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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