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Conxita Simarro, Diario de una niña en tiempos de guerra y exilio, 1938-1944: de Matadepera (España) a Ciudad de México

Aurelia Valero Pie

Historia mexicana,


Sin duda existen pocos géneros tan contradictorios como los diarios, a la vez continuos y fragmentarios, transparentes y marcados por la opacidad, simultáneamente libres y normados con rigidez. Por ello mismo, quizás no haya una forma de escritura más equívoca para el historiador, sobre todo si se deja fascinar por la riqueza factual y vivencial que se aloja, por principio, en registros semejantes. Los peligros se acentúan cuando, como en el libro que aquí se comenta, unas letras redondas, alusivas al candor e impericia de la infancia, anuncian como autora a una niña, cuya fresca y abierta sonrisa nos saluda en el retrato que ostenta la portada. Si ello no bastara para suspender los mecanismos de cautela, es probable que el relato mismo termine por desguarnecer al lector, quien muy pronto se hallará arrastrado por la fuerza propia de ese tiempo vital, que es también un tiempo narrado, acompasado según el singular ritmo de los días que pasan. Inmerso en la lectura, quien se sumerja en estas páginas no tardará en seguir con curiosidad el recuento de momentos y experiencias; en compartir el tedio que con frecuencia se inscribe en la rutina cotidiana; en inquietarse por un futuro siempre incierto, aun cuando éste se encuentra en el pasado; en sentirse contrariado por los hiatos del discurso, en especial si le impiden saber ciertos detalles o el desenlace de algún desarrollo todavía en ciernes; y, por último, en convencerse poco a poco de que conoce íntimamente a Conxita Simarro, autora de este diario, e imaginarse el depositario de todos sus secretos. Cuando por fin se borren las distancias y se olvide, así sea un instante únicamente, que esa voz no le está dirigida, se habrá verificado lo que podría denominarse la “ilusión diarística”, esto es, la ilusión de creer, no sólo en una posible comunicación a prueba del tiempo, sino en que ese diálogo se sostiene en la transparencia, la sinceridad y la inmediatez.

La “retórica de la autenticidad” -aquellos recursos y convenciones que en cada época persuaden de la veracidad del enunciante y, por lo tanto, de la presencia de un intercambio sin artificio- no sólo acecha al lector que sucumba a la empatía. Aunque en distinta escala y dimensión, también amenaza al historiador que interprete este tipo de cuadernos como fuentes neutras de información, como meros repositorios de datos o como fieles espejos de la experiencia. En esa lógica, no faltará quien convierta ciertos pasajes de los diarios de Conxita en material para una historia de género, cuyas marcas aparecen en las actitudes, el estilo y las exigencias comúnmente asociadas al sexo femenino, así como en las normas de conducta que tienden a regir la interacción con el otro. En esa misma línea no se dejarán de mencionar las resistencias, subversiones y pequeñas transgresiones, como el momento, por ejemplo, en que la autora decide vestir pantalones, ofreciendo un leve pero significativo indicio del paulatino cambio en el orden de las representaciones. Sobre el tránsito entre niñez y juventud se podrán extraer también numerosas lecciones. En ese sentido, quizá el investigador se detenga en las actividades y concepciones que en distintos periodos históricos corresponden a cada edad de la vida. Acostumbrado, como la mayoría, a pensar la infancia como una etapa de dependencia con respecto a los mayores, ese mismo estudioso tal vez se sorprenda al descubrir a una niña que juega sin despegar la vista del acontecer mundial, a una niña que no sólo atiende a sus deberes escolares y domésticos, sino que participa en la toma de decisiones -algunas trascendentales- en los ámbitos personal y familiar. De hecho, a tal punto se confunden mimos y obligaciones, madurez y puerilidad, responsabilidad y ligereza, que incluso podrá preguntarse si es posible delimitar los periodos vitales a partir de parámetros vivenciales distinguibles, por oposición a los que pertenecen al estricto campo de la biología.

Por otra parte, en el correr pausado de las horas se podrán hallar fragmentos susceptibles de ingresar en una historia de la vida cotidiana, junto con las actividades y costumbres que van definiendo los espacios público y privado, y la relación entre ambos. Una historia de corte económico estará en condiciones de explotar las referencias a los costos de vida y a los hábitos de consumo, mientras que una historia de la educación se enriquecerá con los numerosos pormenores que Conxita, siempre estudiosa, fue consignando con periodicidad en sus cuadernos. En vista de las extraordinarias circunstancias que enmarcan su escritura, casi sobra decir que el conocimiento sobre la guerra civil española y los primeros años del exilio mexicano encontrará significativas oportunidades de ampliarse y ello a partir de un punto de vista, si no inédito, al menos insuficientemente examinado. Se hace así referencia, desde luego, a la perspectiva de los ciudadanos de a pie y, en particular, al de quienes entonces se hallaban, por motivos de edad, un tanto más desprotegidos. Cuestionando los tópicos comunes, el diario pone en evidencia que la vulnerabilidad de la infancia no convierte a los niños en sujetos pasivos ni en testigos inconscientes de lo que sucede a su alrededor, sino que constituyen, al menos en potencia, actores por derecho propio, con capacidad de incidir y producir cambios en el entorno colectivo. Y así también una historia de tipo político puede verse obligada, a partir de esta clase de testimonios, a extender el número y radio de sus protagonistas habituales.

Los ejemplos de usos y funciones podrían multiplicarse, sin alcanzar a agotar la riqueza factual que encierran los diarios de Conxita Simarro. Y es que, a diferencia de lo que sucede en la academia, una existencia difícilmente se escindirá, ni menos aún constreñirá, a los temas y objetos que definen a la disciplina histórica en sus diversas ramificaciones. Ahora bien, y sin ánimo de condicionar la lectura, lo que aquí quisiera argumentar es que, antes de incursionar en estos registros en busca de noticias, es menester entender tanto el género mismo, cuanto los mecanismos que en cada época regulan los procesos de subjetivación. En esa lógica, resulta sin duda oportuno escuchar las enseñanzas de algunos teóricos literarios, quienes desde hace décadas insisten en la necesidad de entender el diario como una “práctica” de escritura y no como un mero repositorio de datos. La razón es evidente: en la medida en que el autor anota aquello que le es ya conocido, “llevar un diario cumple, por definición, propósitos distintos de los puramente informativos. Representa un esfuerzo por asimilar la experiencia, ordenarla, infundirle sentido y, en ese sentido, narrativizarla”.1

Los cuadernos de Conxita no son la excepción; por el contrario, en ellos se plasma el intento, siempre renovado, de ir entendiendo y fijando los contornos de su propia identidad. No es casual, por lo mismo, que las referencias a su personalidad vayan en aumento con el transcurso del tiempo, en tanto signo distintivo de una madurez y definición progresivas. Tampoco lo es la tendencia a consignar las novedades en sus costumbres cotidianas, se trate de cambios de gran alcance, como los desplazamientos que implica una vida itinerante, u otros un tanto más circunscritos, como la decisión de esmaltarse las uñas, probarse por primera vez unos patines o fumar un cigarrillo.

Lejos de representar anotaciones fugaces, sin mayor repercusión en los hábitos o en la conciencia, este tipo de inscripciones apunta hacia los modos en que el individuo introduce pequeñas marcas temporales que le permiten, a su vez, concebirse en términos de semejanzas y diferencias respecto a sí mismo y a su sociedad: “Seguimos esperando los acontecimientos -escribió en ese sentido Conxita, al acercarse el final de la conflagración bélica-, que no dejaré de grabar en estas páginas para que en un futuro, tenga un breve indicio de lo tremendo de esta terrible guerra” (p. 249). En la medida en que implica oscilar entre lo continuo y lo fragmentario, entre un antes y un después histórico y vivencial, un diario permite, por lo tanto, mediar entre el pasado, el presente y el porvenir. De ahí que sus entradas concentren, no sólo lo que es, sino aquello que se quisiera llegar a ser. No escasean muestras de ello en las páginas que aquí nos ocupan, ya sea que su protagonista se proponga conducir una vida tan productiva como equilibrada o que haga votos, como en los días de recogimiento religioso, por “pensar en el amor de Jesús por nosotros, pobres pecadores, tratar de seguir su ejemplo, teniendo paciencia unos para con otros, aprovechar el tiempo en cosas útiles, ahora estudiando; siguiendo el verdadero camino de la virtud, procurar no hacer nada que no se pueda decir a los padres” (p. 241).

La capacidad del género para objetivar el yo queda así de manifiesto, como también lo hace, por retomar una expresión de Michel Foucault, su “función ethopoiética”, es decir, el carácter activo, constituyente de la escritura, carácter que permite transformar “la verdad en ethos”.2

Observar cómo esas inscripciones se convirtieron muy pronto en una disciplina cotidiana quizá contribuya a reforzar este último argumento. Si bien sabemos, merced a uno de los primeros registros, que Conxita Simarro se inicia en esta práctica en imitación de sus amigas, el diario no tarda en concebirse como un compromiso ante un cuaderno erigido, no tanto en un espejo, cuanto en un interlocutor a la vez menesteroso y ávido de nuevas noticias. Así, unas cuantas semanas sin relatar los siguientes fragmentos de su vida bastan para que la autora se deshaga en disculpas, como si la página en blanco constituyera un tan severo como silencioso reproche. “Querido diario, perdóname si escribo tan poco” (p. 64); “Querido amigo: Quizás habrás pensado que no me acuerdo de ti, pero no lo habrás adivinado ya que todo el día te tengo presente” (p. 67); “Amigo mío, puedes ya quejarte y con razón de que te tenga tantos días en el olvido y no explicarte nada, ni siquiera pensar en ti, pero ahora quiero que me perdones la falta y veré de hacer memoria” (p. 84), todos ellos son ejemplos de cómo un gusto va adquiriendo los atributos distintivos del deber. Aunados a la obligación contraída, otros elementos apuntan hacia los límites a la espontaneidad que supuestamente vehicula un diario. Entre ellos se cuentan las restricciones del propio lenguaje, de cuya insuficiencia para dar cauce a sentimientos y emociones se lamenta más de una vez la propia Conxita. En otras, esa falta de correspondencia entre palabras y experiencias la obliga a buscar ayuda entre los mayores, como aquella ocasión en que recurre a su padre para proveerse de las expresiones adecuadas para describir Marsella (p. 124). Se trate de modelos literarios, como el que le ofrecen ciertos libros y autobiografías, o las convenciones vigentes al momento de tomar la pluma, patentes en sus consideraciones sobre qué es digno o no de asentar en sus cuadernos, el diario se presta, en los términos de Irina Paperno, como una “matriz genérica para relatar la experiencia personal en un contexto histórico y social”.3 De lo anterior se deriva un hecho elemental, pero con frecuencia soslayado, a saber: que inquirir quién, cómo y para qué escribe constituye el paso indispensable para evaluar cómo un diario, en su condición de documento social, fluctúa entre lo individual y lo colectivo, entre lo singular y lo general. También lo es para determinar qué resulta válido entresacar o concluir a partir de la lectura, y, sobre todo, para calibrar cuán representativas resultan páginas semejantes. Sólo entonces es posible convertirlas en una fuente para la historia.

A quien se detenga en los magníficos prólogos de Alicia Alted y Susana Sosenski, quien se encargó igualmente de obsequiarnos una muy cuidadosa edición, muchas de estas advertencias resultarán innecesarias, cuando no redundantes. Sin embargo, la fascinación que producen los diarios -ora al lector que desea curiosear en una vida ajena, ora al investigador en su incesante búsqueda de datos- exige redoblar la cautela. De ahí que no sobre recordar, una y otra vez, que, entonces como ahora, el yo no se entrega al primero que pasa por la esquina o, en este caso, por una librería.

Aurelia Valero Pie, Universidad Nacional Autónoma de México



Notas al pie:

1.

fn1Alison CASE, “Authenticity, Convention, and ‘Bridget Jones Diary’”, en Narrative, 9:2 (mayo 2001), pp. 176-181, p. 178 (traducción mía).


2.

fn2Michel FOUCAULT, “La escritura de sí”, en Obras esenciales, Buenos Aires, Paidós, 1993, p. 939.


3.

fn3Irina Paperno, “What Can Be Done with Diaries?”, en The Russian Review, 63:4 (oct. 2004), pp. 561-573, p. 572.


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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 2 (278) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 24 de septiembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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