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Teresa Rojas Rabiela e Ignacio Gutiérrez Ruvalcaba, Cien ventanas a los paisajes de antaño: fotografías del campo mexicano de hace un siglo

José de Jesús Hernández López*

Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Occidente

Historia mexicana,


Desde que el acceso a cámaras fotográficas se popularizó, se prescindió del revelado en papel y la transmisión de imágenes por medio de dispositivos móviles se volvió un asunto común, la fotografía se consolidó como una evidencia casi irrefutable, un testimonio de acontecimientos de distinta índole, desde los más irrelevantes hasta los comprometedores. Al congelar segundos de eventos pasados la fotografía se convierte en un testimonio de algo que estaba frente a la cámara, sin importar si ese algo era casual, fortuito, real, común, planeado o artificiosamente orquestado.

Sin embargo, en el libro Cien ventanas a los paisajes de antaño, escrito e “ilustrado” por Teresa Rojas Rabiela al alimón con Ignacio Gutiérrez Ruvalcaba, la fotografía, en lugar de ser un testigo mudo de algo ya sucedido, adquiere valor como documento para mirar desde lo visible y registrado por la lente, hacia el interés del fotógrafo y los factores que estando fuera de foco ayudan a entender lo que ahí quedó registrado. Es decir, en lugar de ser un acta notarial que otorga fe de que algo sucedió, o de simplemente recuperar materiales, sistematizarlos y publicarlos como memoria histórica, en este libro al registro fotográfico se le ha conferido un carácter de fuente etnohistórica para el estudio de un tema, en particular del campo mexicano de una época específica, a saber, los primeros diez años del siglo XX, correspondientes al final del porfiriato.

Para Pérez Monfort la historia ilustrada utilizó a la fotografía como un acompañante visual del dominante texto, mientras en la historia gráfica, la fotografía es un elemento central, generador de información,1 y es en este sentido que la imagen se usa en este libro. Hay una cuidadosa selección de atractivas fotografías a fin de tener una ventana en cada una de ellas para mirar tradiciones, costumbres, técnicas de trabajo o maneras para transportar materias primas o mercancías, y en su conjunto ofrecen un panorama gráfico que, acompañado con información textual, constituye un documento muy relevante y un aporte en imágenes de una época, en un proceder riguroso para su análisis.

Es decir, para el logro de tal cometido los autores construyen una metodología de corte etnohistórico a fin de escudriñar la escena cotidiana tal como sucede frente a las placas fotográficas (un primer plano de la realidad), ubicarla en su contexto histórico (segundo plano) y entender los procesos adaptativos -socioculturales o ecológico culturales- de las sociedades a cada geografía o ambiente, así como sus respectivas transformaciones paisajísticas y los factores regionales, nacionales o internacionales que las explican (tercer plano).

Este andamiaje del libro se presenta organizado en dos secciones. La primera es un estudio introductorio importante para contextualizar la realidad captada por los trece fotógrafos seleccionados, entre 1900 y 1910, en prácticamente todo el territorio nacional. Para ello, los autores del libro se mueven en un tiempo largo y presentan una breve pero erudita historia de la agricultura, la ganadería y algunas tecnologías agrícolas, la cual parte desde el momento del primer contacto de los españoles con los indígenas mesoamericanos, recorre la época colonial y rebasa la temporalidad correspondiente con las fotografías al ofrecer algunos datos para que el lector realice una comparación con el presente. La bibliografía que acompaña esta primera sección es en sí misma una referencia para quienes estén interesados en tener un panorama general de la agricultura, ganadería y demografía mexicana de cinco siglos.

La mayoría de quienes capturaron esas imágenes eran extranjeros y para documentar “lo exótico” o cumplir con su cometido debieron viajar en tren y en otros medios de transporte propios de la época con los pesados e imprácticos equipos. Sólo una de las imágenes fue tomada por una mujer. Las fotografías dan cuenta de cultivos (maíz, arroz, trigo, cacao, henequén, piña, café, maguey, caña de azúcar, tabaco, vainilla, entre otros), relieves (volcanes, zonas lacustres, altiplanos, barrancas, laderas de cerro, cañadas), trabajadores y división del trabajo, aprovechamiento de la naturaleza y de animales como recursos para los procesos productivos agrícolas o industriales, tecnologías y estrategias de comercialización.

Las imágenes tomadas por los fotógrafos de las instituciones especializadas en temas del campo muestran parcelas con cultivos de reciente introducción, campos experimentales o problemas observados en tierras agrícolas y plantas. Otras fotografías muestran, en cambio, con ojo naturalista, paisajes con distintas condiciones medioambientales, no estereotipadas, dado que su objetivo no era representar el “paisaje mexicano” (p. 12).

La segunda parte corresponde a la narrativa visual, misma que a su vez puede subdividirse: en el anverso de la hoja una descripción harto minuciosa de la fotografía presentada en el frente de la siguiente hoja. Algunas de las preguntas que se hicieron los autores para la elaboración de esa narración ficha técnica son: ¿Quién tomó la fotografía, cuándo, dónde? ¿Qué título tenía y cuál es el tema? ¿Cuál fue el propósito de la foto y qué aparece destacado en la misma? ¿Es una fotografía preparada con poses o es espontánea? Esa ficha técnica se acompaña de algunos textos de Karl Kaerger.2

En casi la totalidad de las imágenes las personas son parte im por tan te del paisaje agrícola. Destaca la indumentaria de manta, una increíble cantidad de tipos de sombreros y los pies descalzos del grueso de la población.

De acuerdo con Jackson,3 los paisajes pueden ser estudiados según si son vernáculos o si más bien son políticos. Los primeros son aquellos donde es evidenciable una estrategia adaptativa local a la naturaleza, donde su transformación responde a lógicas comunitarias o étnicas, donde se utilizan los materiales locales y la arquitectura de las construcciones humanas hace juego con el entorno, sea por sus tonalidades, formas o funciones. Por el contrario, los paisajes políticos suprimen el diálogo con la naturaleza e irrumpen en el escenario contrastantes formas racionales, edificadas con materiales ajenos a la región, erguidas como símbolo de la modernidad y de procesos socioeconómicos volcados hacia el mercado.

Las ventanas abiertas en este libro ayudan a pensar en esa transformación de un México eminentemente rural a otro urbano, así como a distinguir un paisaje vernáculo como el de los graneros tarahumaras (pp. 186-187) frente a paisajes políticos como el del puerto de Coatzacoalcos (pp. 80-81) o el de la deforestación de la selva chiapaneca (pp. 10-111), y por último a pensar cómo fue que ciertos artificios introducidos en los paisajes se integraron a las lógicas vernáculas, como la yunta para el cultivo de maíz (pp. 165 y 167), mientras que otros debieron ajustarse a las lógicas políticas (contrástense las plantaciones de agave que aparecen en las fotografías de las pp. 73, 79, 227, 229 y 233 con las de las pp. 157, 169, 171 y 193).

En síntesis, con este libro -que constituye una interesante y soportada propuesta metodológica para acercarse a los archivos y repositorios de imágenes-, Rojas y Gutiérrez reconocen el valor de la fotografía como reservorio de información botánica, antropológica y de cultura material, zoológica, geográfica, tecnológica, paisajística, y lo colocan en el nivel de documento etnohistórico.

Esperamos que el libro tenga una difusión entre los estudiantes universitarios a fin de que al conocer esta propuesta la emulen y enriquezcan.





Notas al pie:

1.

fn1Ricardo Pérez Monfort, “Fotografía e historia: aproximaciones a las posibilidades de la fotografía como fuente documental”, en Cuicuilco, 5: 13 (1988).


2.

fn2Karl Kaerger, Agricultura y colonización en México en 1900, México, Universidad Autónoma de Chapingo, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 1986.


3.

fn3John Brinckerhoff Jackson, Discovering the Vernacular Landscape, New Haven y Londres, Yale University Press, 1989.


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Historia Mexicana, El Colegio de México, Vol. 70, Núm. 2 (278) es una publicación trimestral electrónica editada por El Colegio de México, A.C. Carretera Picacho Ajusco, Núm. 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, México. Tel. (55) 54 49 30 67. Correo electrónico: histomex@colmex.mx. Editor responsable: Rafael Rojas. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm.: 04 – 2016 – 042513161800 – 203; ISSN (impreso) 0185-0172; ISSN (electrónico) 2448-6531, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Beatriz Morán Gortari, fecha de la última modificación: 24 de septiembre de 2020. El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de Historia Mexicana. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea para usos estrictamente académicos y sin fines de lucro, citando la fuente sin alteración del contenido y otorgando los créditos autorales.

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